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EL MILAGRO DE LAS SONATAS

El sábado pasado asistí, en el Real Cercle Artístic, al concierto del jovencísimo pianista italiano Daklen Difato. Tocó de memoria, sin ayuda ninguna, sonatas de Scarlatti, Haydn, Mendelssohn y Chopin. Una delicia. Disfruté con los tiempos rápidos, los allegros y prestos, alrededor de aquella sala neoclásica. Difato, de apenas dieciséis años, lo bordó desde el principio. Tanto es así que su espíritu flota, perdura aún en mi memoria, ahora, por entre el espacio cerrado de mi habitación, mientras escribo esta columna.

pianoEl piano es, con mucho, mi instrumento favorito, cuyas notas querría que resonaran como telón de fondo en mi entierro. Adoro las sonatas de Mozart, de Schubert, de Chopin: son el pan del corazón del hombre, como llamó Camus a la necesidad de la pura belleza. Son mis maestros, mis clásicos. Detesto lo experimental. Tiendo solo a aquellas piezas avaladas por el paso del tiempo que, como se suele decir, pone las cosas en su lugar. Todo esto viene de muy lejos, de hace mucho; de hace más de veinte años, del viaje de fin de curso a Mallorca. Allí, a mis catorce años, en la cartuja de Valldemossa, descubrí a Chopin, descubrí su Tristeza de amor. La melodía era cristalina, directa. Fue, ya lo creo, un enamoramiento a primera vista.

Tal vez sea cierto que los que escuchamos encandilados un concierto como los ya mencionados, podemos llegar a idealizar la fama. Esto puede ocurrir cuando pensamos en músicos  obsesionados en elaborar grandes composiciones; la obra total wagneriana, sin ir más lejos, que espera tener una gran repercusión mundial. Sin embargo, estoy seguro de que los jóvenes intérpretes, y sobre todo los no tan jóvenes, sienten que su vida no es solo el deslumbrarse por los aplausos del público, o por los CD que editan, sino algo mucho más grande: el milagro de la fantasía. Yo añadiría: en mi caso, el milagro de las sonatas; su inmediatez, su proximidad. Detesto las sinfonías por su grandilocuencia. Puedo tolerar los valses y las óperas, pero apenas la ampulosidad, la solemnidad de las sinfonías. Prefiero un solo instrumento: los solos me sosiegan, me ayudan a ser fuerte, a tener esperanza, a seguir adelante. Las sinfonías lo único que consiguen es enfurecerme.

Dicho esto, quizá para entender mejor a los grandes compositores, inconscientemente, en más de una ocasión me ha tentado aprender solfeo. Sí, y para que mi escritura fuera más musical; para que uno cuando leyera mis libros sintiera la música de las palabras. Pero no: sé que, los que abrazan, leen y respiran las partituras, pueden y tienen que dedicarse solo a eso, a su carrera de virtuosos, como el que aprende parsimoniosamente a escribir caligrafía china; no tienen tiempo de nada más, ni de ir de flor en flor, como a mí me gusta. Yo bastante tengo con salir airoso, con juntar palabras, una detrás de otra.

Quizás exista una verdad universal: que estamos predestinados a un solo arte. Y entonces las mazurcas, los impromptus, las sonatas, al fin son, como las novelas o los cuentos, como si una luz naciera, apareciera en medio de la noche y nos iluminara. Como si entráramos en otra dimensión, en la que no caben solo las palabras sino los gestos en el aire, los sonidos escondidos, eternos: bolas de fuego o copos de nieve que nunca cesan de caer del cielo. El  misterio del mundo, pues.

 

 

CHOPIN O LA APOTEOSIS DEL DRAMA

Sí: muchas veces me escondo del mundo, apago la luz y escucho baladas de Chopin en la minicadena. Y conecto con eso tan fieramente humano: el nombre primigenio de las cosas, la esencia de la realidad. Dejo de olvidar que estoy vivo. Sin ir al otro lado de la ventana, me muevo por caminos azarosos y me identifico con el dolor ajeno. Basta con seguir el ritmo que la sangre me impone. Como la escritura, que tiene su propia respiración, que fabrica corazones más sensibles o más insensibles, cada vez.

piano
piano

Buscar el propio latido. Quizás, ya lo buscaba inconscientemente, cuando empecé a escribir a los nueve años: compraba libretas de espiral a cuadros y escribía de corrido. No conocía los tachones; eso aconteció más tarde. Escribir para conocer que el mundo es una invención personal; invitar a la duda, a la pregunta de quién soy, qué es lo que quiero, a quién amo, cómo proyecto mi futuro en el tiempo presente, para ahogar mi dolor en el dolor ajeno.

Entonces, cuando escribía, no lo pensaba, pero ahora creo firmemente que emborronar es igual que los intentos de muerte en el suicida: pequeñas escisiones, desarreglos, luchas interiores, saltos al vacío. Los suicidas desertan de su propio discurso, del mundo, porque no quieren seguir emborronando, porque se han cansado. La batalla del escritor es mantenerse vivo, a pesar de las tachaduras. Lo único verdaderamente importante es mantener los latidos de ese silencio, el silencio sonoro de la creación. Cuando ya no importe el silencio, entonces podré morir.

Esos latidos, esa apoteosis del drama que he ido a buscar en Chopin son, al final, como la herencia existencialista: el compromiso de los griegos con el hombre como preocupación primordial, como medida de todas las cosas. Como un niño salvaje, como la visión perpetua del niño que tropieza, aprendo a vivir desde cero, a fuerza de ser libre, de elegir mi error. Estoy en la luz de mi centro: la imagen de un sueño, de mi propia existencia, el vocabulario para nombrar el mundo, para no olvidarlo; la conquista de lo sencillo.

Chopin es aquello que quiero experimentar por mí mismo, vivir de nuevo en el arte. En sus muchas funciones y ficciones, mi propio aliento transforma el dolor de los demás. Son otros, soy yo mismo, siempre preferible al tedio. Mi sangre se debate al ritmo de las baladas que suenan en la minicadena y reconozco al escritor que vive en mí, mi centro, mi escisión, mi luz, mi oscuridad; el privilegio que me da la escritura, tantas veces emborronada, única, viva.