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ALMODÓVAR, ESE DIOS PAGANO

Hoy le toca el turno al cine, el río más caudaloso de nuestro siglo pasado; el arte que, quizás, más haya dado de qué hablar y acaso de comer. El corro de la patata de los mediocres queda, lógicamente, muy lejos del director que hoy nos ocupa.  Afinando: gran parte de cuanto sucede hoy en este mundillo, al menos en el panorama español, se lo debemos a Pedro Almodóvar. Vadeando el río, alcanzando casi todas las otras orillas, las de terrenos aún no inventados ni frecuentados, mezclados con sabiduría: lo kitsch de Fassbinder y lo sublime-grotesco de Fellini; el elogio de la palabrota y de la hibris, ya en los inicios de nuestra joven democracia. Así, floreció y sobresalió, de entre sus coetáneos, el genio de la “movida madrileña”.

Cartel de la película Hable con ella (2002)
Cartel de la película Hable con ella (2002)

Su ya extensa filmografía (veinte películas hasta la fecha), podría dividirse en tres etapas, del todo aleatorias, alguien podría discutir; sin embargo, son necesarias si queremos ahondar en sus justos términos. Empezaría por la de los años primerizos, desde Pepi, Luci… hasta Átame, sin mucha pena ni gloria: tugurios, un lagarto, un capote, una sala de doblaje y unas cuerdas atadas al cuerpo; el tablao primitivo. en definitiva, de una matinée algo caótica. Artista o bailaor, su obra está aún en ciernes, ni vocea ni baila bien del todo.

Una segunda etapa quedaría reservada a películas que van curtiendo al director para llegar a alcanzar la cima de su estilo: Tacones lejanos, Kika, La flor de mi secreto y Carne trémula. Son el ensayo, la mesa de disección de cadáveres, el castillo de artificios posterior, el de la plena madurez.

La última etapa, la que considero más acabada, más perfecta, se compone de cuatro obras maestras, los cuatro caballos de batalla del auriga (el mismo Almodóvar) que suben hasta el cielo y se confunden, finalmente, con la Osa Mayor: Todo sobre mi madre, Hable con ella, Volver y Los abrazos rotos. El cineasta manchego decide, a partir de un cierto día, iluminado o bien aconsejado, ir a buscar la miel de las abejas obreras que liban la flor: la exquisitez. En estas cuatro películas, consigue la perfección, que los diversos elementos de su estética (esto es, a parte de la interpretación: la música, el decorado, el vestuario, el maquillaje, la fotografía…) conjuntaran como un pijama multicolor para el ritual nocturno de los sueños (era inevitable que la palabra “sueño” volviera a aparecer).

Quizás, alguien le daría un consejo de amigo: le daría una palmada en la espalda, animándolo, convenciéndolo de que sus películas debían ir más allá del mero oficio, más allá de lo popular, para convertirse en el retrato más o menos fiel, más o menos libre, de la gente, de las mujeres, sobre todo; de nuestra sociedad, ¿por qué no? Todo para que llegara a captar, dentro de lo local, lo más universal y fuera del tiempo: el regusto amargo del vivir. ¿Qué seriamos nosotros sin el espejo fidedigno, reflejo directo de nuestros kilos de más, de nuestra flaccidez? Entenderlo es entendernos.

No quisiera abandonar esta columna sin dejar de decidirme por una de sus obras, la que justamente le dio su primer Oscar: Todo sobre mi madre. La he visto en DVD una infinidad de veces, y no creo que me canse jamás. Los dioses paganos descienden entonces a la Tierra (quizá alguien se exclame: ¡qué exagerado!, pero es cierto), o, a lo mejor, este buen director es un dios pagano, es Cupido, y va asestando saetas (o bofetadas, da igual) a diestro y siniestro; y así da en reflejar los aspavientos y la sinrazón de la vida amorosa, y la evitable o inevitable búsqueda de la felicidad. Vaya aquí mi pequeña contribución a uno de los mejores rejoneadores de nuestra cultura.

 

PASIÓN NEORREALISTA

Hoy quiero escribir acerca del Neorrealismo, ese cine que nació de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial y se radicó en Italia durante apenas dos décadas. Cada vez que veo estas películas me fascina la extrema honestidad con que se nos muestran los mundos cotidianos, el golpe de inspiración y espiración con que nosotros como espectadores respiramos ese tedio vital. Fue algo más que superación de la era fascista o transición indispensable entre el clasicismo y la modernidad: fue una forma de investigación, de reflexión sobre los vicios y virtudes de sus gentes proyectados en el paisaje, en la atmósfera; eran historias como pequeños esbozos difuminados, prolongadas, desplegadas más allá del cuadro dentro de la mente del espectador.

No hubo grandes atalayas sobre las que filmar. Era bien simple: la filmación huía de lo ornamental, de lo superfluo; los actores y actrices no eran profesionales, a diferencia de las estrellas del Hollywood clásico; se rodaba con luz natural, sin decorados. Cine casi o totalmente documental únicamente sostenido por el hálito poético de sus artífices, que con muy poco conseguían mucho, siempre a partir de materiales pobres. Podríamos encontrar sus equivalencias en el Arte povera de Michelangelo Pistoletto y de Antoni Tàpies en su reivindicación de lo cotidiano como algo plenamente artístico.

La strada, de Fellini
La strada, de Fellini

“¿Cuál fue la función, el logro principal del neorrealismo?”, alguien me preguntará. Y yo contesto: la pérdida de toda heroicidad grandilocuente, la muerte de las grandes ideologías. Al abarcar la cotidianidad, se difuminaron los contornos que separan la realidad de la ficción, y lo que era anodino, insustancial para Hollywood, adquiría verdadero peso dramático en este movimiento artístico. Los personajes, tal como los vemos en la pantalla, son pequeños héroes, son artistas de variedades cuyas caravanas levantan el polvo de los caminos y que sobreviven al calor o a la intemperie como buenamente pueden. El canto de Orfeo es, en este caso, el que nos desnuda, sin filosofías baratas, la existencia.

“¿Hacia dónde vamos ahora?”, podríamos preguntarnos también. Han pasado muchos años desde todo eso; muchos de nosotros incluso no habíamos nacido. Yo diría que la esencia de esa forma de entender el cine se ha mantenido todavía hoy en el cuaderno de navegación de algunos cineastas; la cera de la vela aún no se ha derretido en el territorio de la grisura. No es extraño encontrar en algunas obras artísticas esa cercanía, esa mirada compasiva ante la herida abierta del individuo que rompe definitivamente con la indiferencia, el arte de contar y crear sobre la base de los sentimientos, sin los circunloquios estéticos que otorgan los grandes presupuestos.

Esta debe ser, sin duda, la lengua materna del arte: un arte fundido con la vida, que no la imite ni la corrija ni la suplante, sino que solo la muestre. Solo hablando esta misma lingua franca accedemos a la universalidad de nuestros actos y a la comprensión de nuestros defectos, porque lo que observamos no es la parafernalia de efectos especiales de una película de ciencia ficción, sino el individuo sin maquillaje, retratado como uno de los nuestros. Ya no será más la aventura sin ton ni son sino un viaje iniciático a las raíces del ser humano, la búsqueda de su autenticidad, el encuentro del yo en el nosotros, volviendo a vivir lo vivido: reflexión sobre nuestra cotidianidad como solo los grandes saben hacer.

YASUJIRO OZU O LA AVENTURA JAPONESA

Pienso con cierta nostalgia, con cariño también, en aquella primera juventud marcada por las ínfulas de convertirme en cineasta. Recuerdo, viendo Cuentos de Tokio, cuando tenía catorce años menos, cuando mi vida se gobernaba exclusivamente por imágenes y estaba abrumado por un sinfín de teorías cinematográficas. Más exactamente recuerdo el trabajo universitario que presenté sobre la obra de Yasujiro Ozu. El Japón antiguo y el moderno confluyen y animan a emprender la aventura japonesa a través de los ojos del espectador.

cuentos de tokioHe vuelto a ver esa película: la reunión familiar de una pareja de ancianos que visita la capital japonesa, cuyos hijos, marcados por el egoísmo, desatienden, y a los cuales solo su nuera Noriko se entrega con ternura y generosidad. Mi vida, una vida del todo gris, quedó (y ha quedado ahora) totalmente atrapada en el ritmo milagroso con que se destilan las emociones de seres tan alejados y, sin embargo, tan cercanos, tan especiales y espirituales. Me ha vuelto la respiración casi sin darme cuenta. Es, por así decirlo, una suspensión temporal, una gramática pendular: un ir y venir de planos estáticos que desfilan ante mí como una sinfonía lenta de imágenes.

Ya no voy a ser director de cine: ahora tengo otros intereses. A pesar de todo, Ozu me sigue interpelando como individuo; necesito su clima poético y que este se prolongue el resto del día. Su interés humano trasciende las barreras del yo: no es en absoluto un arte narcisista. Llega a fundirse con lo espiritual en el arte de Kandinski hasta alcanzar una profunda religiosidad. Los haikus de Basho que recientemente he descubierto, tan cerca del mundo pequeño de Ozu, también han conseguido alejar a mi cuerpo, por momentos, de lo meramente terrenal. Estos poemas de tres líneas, en tan poco espacio también condensan un mundo, una vida entera, una visión cultural. La naturaleza, el ser de los humanos o el instante detenido: una mirada universal.

Naturalmente, no todos se emocionan y no a todos les atrae lo mismo; cada persona tiene una sensibilidad diferente. Yo he buscado intencionadamente un cine alejado de los parámetros comerciales. Más de uno empezará a bostezar de aburrimiento al minuto de iniciarse la proyección. Pero para el espectador que navega al margen del cine que nos tiene acostumbrados la “factoría” Hollywood, el que quiera elevarse por medio de la poesía (¡qué vida más limitada sería la nuestra sin ella!), poder recurrir a Ozu supone un oasis de felicidad en medio del desierto. Es el amigo confesor que nos espera para consolarnos de nuestras vidas minúsculas, engrandecidas por el milagro cinematográfico.

UNA TARDE CON BLANCANIEVES

Unos ojos asombrados (mis ojos) escrutaban la enorme pantalla de cine de barrio. Aquella tarde dominical entré a formar parte del círculo cinéfilo con Blancanieves. ¿Quién no recuerda la primera película que le conmocionó? ¿Y las viejas butacas desflecadas de terciopelo rojo? ¿No era esa la mejor manera de celebrar un cumpleaños? Cuando salimos del cine, recuerdo que le pregunté a mi madre si existían de verdad aquella muchacha, aquella bruja madrastra y aquel príncipe azul, y me contestó:

−Uno debe creer en ellos aun cuando no existan.

Mi primera lección existencial fue, sin saberlo, el imperativo categórico de Kant.

Aquel cine de barrio, el único que teníamos en un kilómetro a la redonda, fue a menos y cerró, y con él el variado repertorio de comedias de las anodinas tardes de domingo. El dueño optó por venderlo y las excavadoras lo demolieron sin compasión y, en su lugar, ahora, desde hace muchos años, hay un frío concesionario de coches. ¿Qué era más importante: un automóvil o los sueños de un niño?

Hace unos días (y por eso vuelven a mí lo recuerdos de aquella tarde) un amigo mío me insinuó que había sido un error que nadie antes me hubiera llevado al cine, al torrente de imágenes de hora y media de duración. Y quizá ahora pueda comprender ese misterio a la luz de las palabras de mis mayores (mi madre y mi abuela) que lo consideraban “un capricho que los niños no pueden entender”. Jamás se lo he preguntado a mi madre. Lo intuyo: nos habíamos aficionado a los concursos que daban en televisión.

Blancanieves
Blancanieves

Quizá sea creyendo un poco, echando la vista atrás, la manera que aun hoy tengo de alimentar lo espiritual en mí “aunque Dios no exista”, mientras afloran mis primeros recuerdos con la fuerza con que manan de una fuente. Puedo creer a pesar de todo, a pesar de las brujas malhechoras. El cine significó (y aun hoy) el placer por instantes de volar, de grabar y poseer en la retina imágenes de cuerpos etéreos, esas primeras películas, ese panteón particular, inocente, fantástico: el arte efímero de las películas de Disney.

Así comprendí que las verdaderas lecciones no se aprenden en la escuela; las pérdidas en la vida, como la ausencia de un padre, pueden sobrellevarse con algo más que palabras. La vida era capaz de recompensar el dolor de un niño. Quizá, algún día, yo sea ese príncipe azul, el príncipe de la infancia, el príncipe que salve a una muchacha infeliz de la muerte, más allá de los libros aburridos y sesudos de las primeras lecciones matutinas.