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PLAYA DE LAS PIEDRAS

Mongofra Nou (Menorca), 28 de abril de 2016

Pertenece a la prehistoria: para los que nacieron con el nuevo siglo nunca existió. Era el Sitges, el Aiguadolç, sin tanto hotel ni apartamento. En aquella playa, adonde nosotros, individuos de otra época, íbamos en son de exploradores, ahora no hay más que una mastodóntica urbanización. Aún recuerdo cómo mis primos y yo descendíamos por el camino de mar en busca de piedras desbastadas (con motas grises en la superficie como los restos de un naufragio), que luego enterrábamos en el fondo de un jarrón de cristal. La Playa de las Piedras ha quedado muy lejos; su belleza, dilapidada y vencida, encerrada en sí misma, patrimonio del tiempo detenido. Prueba de ello es que nadie se inquieta si ya no aparece en el mapa; si se cambian, en definitiva, guijarros por arena, rocas por cemento. Los constructores sin escrúpulos existen en cualquier lugar. Solo podía recuperarla frente a esta cala de Menorca, Sivinar de Mongofre, entre colinas verdes, salinas y pequeños bosques, con el mar de fondo, a ratos amable, por momentos embravecido. Y me digo una y otra vez cómo me gustaría contemplar este mismo paisaje todo el verano, para consolarme en la distancia de lo que ya no existe, para inaugurar una nueva etapa aquí, lejos del despropósito arquitectónico urbanizado y urbanizable.

piedrasLas horas son idílicas, fluyen lentamente, sin que suenen los cláxones, sin ver anuncios de Coca-Cola, sin el marasmo de neones incendiando la ciudad. Contemplando esta cala, estas dunas de arena fina, siento cómo un minuto se alarga y ocupa milagrosamente el terreno. Caigo en la cuenta, y me duele aun hoy, de que mi vida no esté anclada en aguas tranquilas; podría vivir aquí, sin que mi vida fuera el despojo de nubes de polvo con que acostumbro a dejar pasar los días, en comparación con el mundo cerrado y protegido de los isleños menorquines; y acto seguido me viene un rapto de envidia. No soy todo lo valiente como para dejarlo todo y quedarme en el paraíso.

Con el sinsabor de la distancia, voy impregnándome de nuevo del salitre en la piel, sintiendo el tacto de la arena fina, el color dulce del agua incontaminada. Avanzo primero casi a tientas, casi desnudo. ¿No soy consciente de que esto también me será arrebatado con mi muerte? Desearía que mis ojos recordaran la luz de aquellas piedras, las de la infancia, que proyectaran dentro de mí una fotografía, si no feliz, tampoco demasiado melancólica. Un resto de luz, el de otras civilizaciones que vieron este mismo mar, que escribieron sobre él mientras oteaban el horizonte en días de tormenta. La brisa marina me sugiere que esta cala menorquina, en que mis ojos descansan la mirada, son todas las playas que he vivido, que otros han vivido antes que yo. Vuelve la Playa de las Piedras a poseerme. El contacto al recuperar un solo grano de arena es el momento de la efímera celebración.

Y concluyo que todo es infancia, lo que perdimos y aun así no hemos olvidado: el hálito al hilo del recuerdo. Lo que en verdad importa siempre queda atrás. La infancia, tan irrecuperable como ver volar por encima de ti no estas, sino las golondrinas de otros veranos, muy distintos. La infancia no podía volver sino en ráfagas de tramontana. ¿Es que nadie, excepto unos pocos como yo, se molesta por salvaguardar lo que creía seguro? Los límites naturales del santuario del pasado, el de la Playa de las Piedras, se van desdibujando. Y constato que ningún fajo de billetes de quinientos euros podría comprar este recuerdo: ningún otro privilegio sería mayor que el de volver a nacer.

TELEVISIÓN Y KLEENEX

Televisión
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La vida no imita al arte. La vida imita a la mala televisión”, dice Woody Allen en una de sus películas. Y es cierto: por eso cada tarde me declaro en huelga y opto por no encender el televisor. Cada vez me interesa menos asistir a ese campo de batalla, cuyos contertulios están cada vez más desprestigiados. Salvo programas de libros y debates culturales retransmitidos a horas intempestivas, estamos plagados de personajillos embroncados, dispuestos a todo con tal de tener sus cinco minutos de gloria, que incluso se animan a publicar libros (y no diré nombres), quién sabe si habiendo contratado a un escritor a sueldo.

Estas celebrities deberían saber que, al final, las cosas caen por su propio peso y que las sombras amenazadoras del olvido acabarán cerniéndose sobre ellos y sobre estos programas execrables, kleenex de usar y tirar. En el magnífico ensayo titulado La civilización del espectáculo, Mario Vargas Llosa afirma que asistimos a un mundo cada vez más perezoso, donde el esfuerzo está mal visto y donde, en el intento por democratizar la cultura, la crítica ha perdido su valor hegemónico, su espejo iluminador. Tal vez sea esa la llamada muerte de la cultura, eterno debate posmoderno entre apocalípticos e integrados, allá donde los haya.

No soporto las voces que me hablan, los fantasmas que se pasean por la pantalla y pretenden hacerme reír o llorar fácilmente (y tengo que decir que no lo consiguen), que solo me provocan asco y vergüenza ajena. Echo en falta concursos como el Un, dos, tres o El tiempo es oro, series como Las chicas de oro o Los problemas crecen. Los tiempos pasados, como se dice, fueron mejores. Echo en falta un espacio para el diálogo, para el aprendizaje. Hace veinte años era más ingenuo que ahora y, sin darme cuenta, me introducía en el mundo de unos personajes insuflados de cotidianidad, de cuya experiencia siempre aprendía.

Quizá recuerdo todo esto porque mi nostalgia televisiva se va intensificando, porque voy haciéndome mayor; ya no lo sé. Creo que esta nostalgia es indirectamente proporcional a la calidad estética que estos programas despliegan. Apretar el botón de encendido del mando a distancia es cada vez más arduo. ¿Dónde ha ido a parar la televisión de autor? ¿Dónde están esas series que nos hacían soñar y nos hacían despertar a la vida? Me interesaban por su frescura y espíritu vital. Ya no sé si volveré a toparme con un programa lo suficientemente interesante como para que cambie mi punto de vista. O tempora, o mores…