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EL CAMINO HACIA GRINDA

Esta mañana encontré, revolviendo en uno de los cajones de mi mesa de estudio, un folleto escrito en inglés, cuya primera cara reza: “Grinda, una isla llena de atractivos”. Ya me gusta un poco más esto del vagabundeo. Mi ligero desapasionamiento a contar mis periplos o a andar y desandar los caminos una vez que estos ya han sido recorridos, se torna cariño, afecto y pasión hacia la travesía que realicé alrededor del archipiélago de Estocolmo. Las pupilas de mi alma aún se regocijan con el trayecto de dos horas en ferry hasta Grinda, a mitad de camino entre la ciudad y el mar abierto. Sucedió uno de los cuatro días en que visité la capital sueca, viaje organizado por el Instituto Nórdico de Barcelona, donde tomé clases durante algunos años.

La isla de Grinda, en el archipiélago de Estocolmo
La isla de Grinda, en el archipiélago de Estocolmo

Fui solo, nadie quiso acompañarme. Los demás se lo perdieron; tanto rondar aquí y allá, visitando los museos, los majestuosos edificios del centro, los lugares comunes y, del relajado paseo por mar, lo que estaba más a trasmano, se olvidaron. No exagero si digo que fue hallar el paraíso en la tierra o la tierra  en el paraíso, tanto da. La huella honda: el embarcadero, las casitas de madera, las aguas cristalinas y frías, el bosque. El puerto con cien barcazas, las gaviotas, las culebrillas. Es como si ahora estuviera alojado en una cabaña trasnochando, en esta diminuta isla que los dioses (que hoy, que ayer, fueron benévolos conmigo)  tuvieron a bien regalar a los suecos.

No es lo mismo escribir una columna como esta que un libro dedicado por entero a las conquistas, un diario de bitácora a la manera de Cristóbal Colón, lo sé, …pero uno intenta, con su mejor voluntad, trazar ni que sea un ínfimo y somero itinerario sobre la página. Ya nada puede ser igual: hay un antes y un después de Grinda, un desasirse de la realidad, bañándome en el pasado que es presente en las mismas orillas del recuerdo. Rememoro Un verano con Mónica. Doble deuda: con el país septentrional y con el cine de Bergman. Años después, la visión de esos pacíficos horizontes (lo que significó curtirse los cueros con otros soles) habita en algún lugar remoto de mí mismo.

Lo enterrado en el alma flota, como el corcho, a la superficie. Eso es resolver el viejo enigma de la memoria, tan antiguo como el invento de la rueda o el descubrimiento del fuego que Prometeo robó y entregó a los demás hombres un día mientras habitaba en las cavernas y su imaginación era más bien escasa. ¿No es acaso cierto que estas playas, estos embarcaderos, son el descanso, el refugio, cuando la pena nos apesadumbra? Grinda: te quedas ya en mí, bien adentro, para que su sueño revitalizante me descargue en un futuro de las penas acumuladas por el trajín diario.

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DEFENSA DE LA LITERATURA

Voy a explicaros por qué me parece útil la literatura, por qué leer y escribir son actividades tan importantes. Cuando leemos o escribimos, frente a la página atiborrada de letras que, a simple vista, puede provocarnos un empacho, permitimos que se desarrolle nuestra imaginación. Accedemos a otros mundos, vivimos otras vidas, pasadas, presentes, futuras, que nos liberan del aburrimiento y la rutina. Podemos entrar en la cabeza de un arquitecto de las pirámides egipcias y saber lo que hablaba con sus subordinados; de un esclavo mestizo en una galera, que en tiempos de Colón escribía un diario; o asistir a la muerte de María Antonieta en la guillotina… Los ejemplos son miles. Se nos ofrece la posibilidad de viajar sin movernos de casa y cuando queramos, sin colas en el aeropuerto, ni empujones en el avión, sin hacer escala en ningún sitio, a los países remotos que aún no conocemos o bien a los que queremos volver a visitar.

Todos sabemos que ampliamos y alimentamos nuestro conocimiento; nuestra conversación se hace más fluida y amena si leemos, subrayamos o memorizamos pasajes enteros. Leer o escribir, a la larga, nos ayuda a recordar las tareas que ha mandado el profesor para el lunes próximo, a organizar los pensamientos en nuestra cabeza y hablar claro, sin titubeos. No solo es necesaria la literatura para escribir una novela o hablar ante el tribunal de la tesis doctoral. No solo desarrollamos las capacidades intelectuales. Las actividades que mejoran son también las físicas, de las que nunca o casi nunca nadie habla, las que ayudan a prevenir o postergar enfermedades degenerativas; ayudan a mejorar la salud de nuestro corazón.

Johannes Gutenberg
Johannes Gutenberg

Vosotros, los descreídos, que echáis pullas contra la literatura: ni Internet ni los videojuegos, ni la tele, ni el cine, ni los Smartphones. Hay un antes y un después con la invención de la imprenta por Gutenberg hacia 1440. La aparición de los libros electrónicos, recientemente, es verdad, nos ofrece herramientas que no debemos desaprovechar. Las nuevas tecnologías no necesariamente van reñidas con los libros. Algunas veces, sin embargo, nos facilitan tanto las tareas que nos vuelven, en consecuencia, más incultos y estúpidos. La cultura del esfuerzo es necesaria: leer para aprender, para atrapar el mundo, para conocernos más y conocer al otro. Leer un libro como un privilegio y desafío, no como una maldición divina: una llamada a ampliar nuestros horizontes, a mirar más allá, a elevarnos, a ver el mundo desde el cielo.

VIAJES Y AZAR

Nunca le ha gustado demasiado viajar pero, para cambiar de aires, a un hombre de mediana edad se le ocurre comprar un billete de autocar para ir de Barcelona a Madrid. Nada más subir, muy animado, encuentra sitio junto a la ventanilla. Es de noche y el único paisaje observable es la oscuridad, con las luces deslumbrantes de los coches en dirección contraria. Para no aburrirse, empieza a hablar con su compañera de asiento, una chica joven con mochila. Están así, charlando sobre el tiempo, sobre el devenir del mundo, sobre el mismo viaje. Pasan Lleida y el conductor para el vehículo. Todos los viajeros se sorprenden; no se encuentran en un área de servicio, sino parados en una cuneta. ¿Qué ha sucedido?, se preguntan con cierta inquietud.

Son las tres de la madrugada y apenas han llegado a Zaragoza. El conductor dice que una de las ruedas delanteras se ha pinchado; nadie de la compañía lo había previsto. El conductor anuncia que han de esperar a que vengan los de emergencias; él, por lo visto, no sabe poner la rueda de recambio. El hombre que subió dos horas antes al autocar desearía huir de allí, del malhumor de algunos viajeros quejicas e impacientes que insultan al conductor. Y recuerda algo que leyó en no sé qué periódico acerca de un tal Douglas Corrigan, un piloto de avión que, aparentemente por error, recorrió el Atlántico, de Nueva York a Dublín, cuando se le esperaba en California, achacándolo todo a la niebla. Un desafío, semejante al de Cristóbal Colón, que acabó, sin proponérselo, en un lugar opuesto al previsto.

Viaje en autocarHarto de la espera, el hombre que dos horas antes subió al autocar se despide de la amable compañera de asiento, pide al conductor que abra el compartimento de equipajes y se va de allí, algo desilusionado, con su maleta de ruedas. Se dirige al motel más cercano y alquila una habitación para el resto de la noche. Al día siguiente, se acerca a la capital aragonesa. Se queda un día más, otra noche más, y se olvida de Madrid. Quién sabe, si no, si hubiera podido nunca admirar de cerca El Pilar, ni las casas al borde del Ebro, ni haber disfrutado de la amabilidad de la recepcionista. Si no se hubiera pinchado la rueda del autobús, él no habría visto nada de todo esto, igual que Douglas Corrigan no habría conocido Dublín. Afortunadamente, no lo tomarán por loco ni preguntarán por lo inexplicable. Porque el azar, lo misterioso, es decisivo: se entra y sale del mundo hasta dar con el milagro fortuito. Porque los viajes fascinan por su azar.