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CANJE DE ILUSIONES

Rubiela: ella, la mujer que cada día me encuentro en la parada del autobús cuando voy a trabajar, se llama Rubiela, y es peruana, madre de tres hijas y sin nietos todavía, viuda, y ama, eso sí, de un gato. Nació en Lima, y se vino para aquí ya hace muchas lunas. Lleva quince  trabajando de camarera de pisos en un hotel próximo a la plaza Urquinaona. Es una mujer de conversación generosa, como si pretendiera, con las palabras, cubrir vacíos. Llevo coincidiendo con ella mucho tiempo.

Ello me lleva a reflexionar y a pensar que muchos de nosotros no tenemos derecho a quejarnos. Apenas hemos padecido la crisis económica; Rubiela, desde chica. Las injusticias no son para mí; es más, me indignan, no las soporto. Ya llevo incubando la idea de hacer algo con todo esto. En una de esas, me reafirmo en que creo que ha llegado la hora. Una de estas mañanas frías de invierno incipiente de finales de año le digo que quiero escribir un ensayo, un libro con los testimonios de tanta gente ―estudiantes, parados, mendigos, pensionistas― que han visto peligrar su mundo, su existencia, cuando sus ingresos estaban por debajo de la media y no subían a pesar de la carestía de la vida. Rubiela se muestra encantada con mi proyecto, piensa que por fin dará voz a los “desheredados”.

Enseguida me habla de su única hermana, como si ya ella no tuviera más cuerda y ya no pudiera contarme nada más. Débora, su hermana ―este nombre y no Deborah, con el que le nacería seguramente un halo cinematográfico en torno al rostro―. La suerte quiso que también se viniera a España. Me dice que quizá Débora me ayudará a completar esta crónica de desamparados. Débora trabaja en un quiosco del Raval, y con lo que gana no llega apenas para pagar los gastos de la tienda y del piso contiguo. Pero ahí sigue, me dice, “sin pestañear”.

Rubiela me dice que tanto ella como Débora se vinieron a Cataluña “para que nuestras hijas y sus futuros hijos ―porque no ha nacido de ellas, cosa curiosa, ningún hombrecillo― pudieran celebrar las Navidades y tuvieran cada año los regalos de Reyes”. Un día de estos, después de mi jornada laboral, con mi grabadora en ristre, me llego al quiosco de Débora y su marido, no muy lejos del hotel en que trabajo. Accedo a visitarla, movido por algo más que la curiosidad: por la compasión.

Nada más trasponer el umbral de la tienda, observo cómo ella, Débora, hojea el Nuevo Estilo. Suena la campanita de la puerta al cerrarse y ella deja de un lado la revista de decoración y alza los ojos hacia mí, como si fuera un pasante fortuito, de esos que quieren comprar prensa deportiva. Le digo que conozco  a su hermana y que estoy preparando un libro. Sus ojos se vuelven achispados, (“¿acaso es usted escritor o periodista?”), llama a su marido, que refunfuña, para que la reemplace, y acto seguido me hace pasar a la rebotica. Enseguida, el tema de la charla pierde todo el peso muerto de las entrevistas, diciéndome que desearía tener una de esas casas que aparecen en esas fotografías a todo color y llenan una página entera. Su  mayor sueño sería  tener una casa con parquet y todos esos espejos de plata y esas camas con dosel y esas estanterías de caoba y esas bañeras con patas de león. Me doy cuenta de que también son mis deseos, los de muchos de nosotros. “Soñar”, me dice, “es gratis, ¿a quién le hace daño fantasear para olvidar, por instantes, la realidad?”

Y me parece, no se lo digo, saliendo del quiosco, una vez saciada mi hambre de verdad o tan solo realidad, que todo consiste en un canje de ilusiones: dejar a los padres y familia cercana en Perú y venirse para la Península, en pos de un billete para la estabilidad. Es un canje porque dejan el mundo precario pero feliz de su lugar de nacimiento: el seguro útero de la madre y la blandura del padre campesino, al que las labores del campo le encallecieron las manos, pero lo cual nunca fue una excusa para no abrazar a sus hijas.

Rubiela/Débora. Las dos hermanas de Perú que, a pesar de no cobrar lo que deberían, lo que es de justicia, sonríen. Esas dos mujeres de apariencia frágil a las que, sin embargo, el corazón les late con fuerza y no se encogen ante el trabajo duro; antes bien, lo reciben con muchas dosis de serenidad y no poca resignación.

Este libro no verá nunca la luz. No lo escribiré más que nada por falta de ganas. Siento que mi cuerpo no dispone del aliento necesario para sostenerme, elevarme a las alturas, luego bajar a los infiernos y redactarlo. La idea es buena: hablar del contraste entre  las personas valientes, fuertes, dúctiles en el trabajo, y aquellas tocadas con la mala suerte de la debilidad, los que no consiguen salir adelante, sean los obstáculos grandes o menudos. Rubiela/Débora son como Hércules: siempre en la arena de los gladiadores. Me sorprendió su fuerza de voluntad, sus esperanzas en que el futuro de las hijas sea algo mejor. Quizá, me digo, podrían haber aspirado a ser otra cosa que camarera o quiosquera, pero hoy en día no se puede escalar la montaña mucho más. Hay luz más allá del horizonte: tal vez su descendencia sea algo más afortunada. Ellas dos se mantienen enteras dentro del iris de mis ojos. Dejo a Débora que siga leyendo y que Rubiela vaya a fregar suelos y embadurnarse con lejía. Tal vez este torpe homenaje sirva para avivar su esperanza, que sepan que no están solas y que la lucha por la vida al final puede triunfar sobre la incertidumbre y le mal de vivre. Que así sea.

KAURISMÄKI, POR EXIGENCIAS DEL GUIÓN

Aquel año vi más películas que nunca. Aún no había cumplido los veinte y cursaba mi primer año universitario. Fue en una de las sesiones dobles del cine Maldà, a la que acudí junto a dos compañeros de clase, donde descubrí a Aki Kaurismäki, el director de cine finlandés. Vi, por este orden, Nubes pasajeras (1996) y La vida de Bohemia (1992). Las dos me deslumbraron, pero especialmente la primera. Solo ahora, al escribir esta crónica, he caído en la cuenta de por qué me gusta tanto. Los años pasan, y nuestra humilde memoria trabaja en un viaje del presente al pasado, inquiriendo, separando el dolor del placer, iluminando aquellas zonas que son importantes de las que no lo son.

Cartel de Nubes  pasajeras (1996), de Aki Kaurismäki
Cartel de Nubes pasajeras (1996), de Aki Kaurismäki

Entonces, sin saberlo, sobrellevábamos todavía la experiencia virgen del mundo, poco a poco transformada en costumbre, en abotargamiento. Estábamos en la edad del shock, el de las novedades y de los descubrimientos, y cualquier detalle era capaz de trastocarse a los ojos todavía adolescentes. Era el tiempo de apelar a los dioses de la belleza, ante la falta de un paraíso idílico, ante la muerte de muchas ilusiones.

Lauri e Ilona, la pareja protagonista de Kaurismäki, pierden sus trabajos: conductor de tranvía y maître de restaurante, respectivamente. A lo largo de la cinta, asistimos a su vacío existencial, a sus intentos desesperados de recomponer el traje de sus vidas, hasta llegar al clímax final. De Nubes pasajeras me gustó entonces, aún sin distinguir del todo el plano estético del moral, el gusto por las combinaciones cromáticas, del rojo, el azul y el verde, y el juego con la banda sonora: un perfecto compendio de poesía visual y sonora. Pero, ahora que la he vuelto a ver en Dvd, veo como bajo esa superficie estética, Kaurismäki araña nuestros corazones con papel de estraza y nos lleva, a partir de un exacerbado minimalismo, al interior de unas vidas rotas. Contemplarla supone una experiencia estética pero, sobre todo, una experiencia ética.

Vivimos un momento de incertidumbre, de injusticias sociales, de falta de oportunidades en nuestro país, con una de las tasas de paro más altas de Europa. Los políticos intentan arreglarlo pero sabemos que, aun así, muchas veces, si no todas, se desentienden; por doquier, descubrimos sobornos y descubiertos: el excesivo número de parados en nuestro país debería ser un tema acuciante por encima de otros. Intentan desviar nuestra atención, pero no lo consiguen, al menos, mientras existan espectadores de películas como esta.

Lo que les ocurre a Lauri y a Ilona podría habernos sucedido a nosotros: la odisea de mucha gente que, de la mañana a la noche, pierden todo cuanto tenían. Eso no les hace ser ni mejores ni peores; o en todo caso sí, mejores, por cuanto luchan por la dignidad de sus vidas, por atajar de raíz los problemas económicos, una nube con forma de dragón que pasa por el cielo, por encima de nosotros, hasta desaparecer. Personajes que apenas sonríen, que continuamente fuman, que han de beber para olvidar: ese es el universo de Kaurismäki. En un tiempo convulso como el que ahora experimentamos, por exigencias del guión, películas como esta deberían ser, más que necesarias, imprescindibles.