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PASEO DE LOS PINTORES

Si algo he aprendido en esta vida es que, en efecto, muchos de nosotros, sino todos, necesitamos hacer uso de nuestras habilidades y no desaprovecharlas. El estribillo que tarareamos no solo consiste en el estudio, la lectura o la contemplación, sino también en crear, en dejar algún tipo de huella. ¿De qué me serviría, al final del camino, conocer por menudo todos los libros de mis escritores favoritos si yo no hubiera sido capaz de construir algo propio? Debo demorarme en las letras del abecedario contenidas en los cuantiosos volúmenes de mi sin par biblioteca, a la vez que dedicarme enteramente a escribir o a pintar. Masticar, en fin, el sabor quemante del fuego que anida en mi corazón y mostrarlo a las claras.

He de confesar que la pintura me salvó. Me salvó contemplar las pinceladas y brochazos, las veladuras y empastes, la celebración de la línea, desde muy pequeñito, allá por las vacaciones de verano. Inquieto y voraz, visitaba todas y cada una de las galerías de arte de Sitges: la desaparecida Galería Altarriba de la Calle Mayor, la Galería Foz, las salas de la calle Parellades, el Escorxador…, como si se tratase de un largo Paseo de los Pintores, unido por hilos invisibles que yo trazaba. Me detenía por lo menos cinco minutos en los cuadros más atrayentes y, más tarde en casa, como si me hubiera bebido el elixir de la felicidad, el recuerdo de las formas y el impacto de los rojos y los amarillos y los azules permanecían en lo hondo de las pupilas; permanecen aún hoy mientras escribo esta columna. ¡Dichosos primeros años, inundados por la fuerza de la pintura! Desde que mi madre me compró un caballete y una maleta de pinturas al óleo, yo fui otro muy distinto. Me abstraje de todo y de todos.

Esta educación en el terreno artístico me ha ayudado a vivir, incluso  hoy, cuando se resiente mi espíritu. Estaba melancólico; subido a la bicicleta, en unos pocos minutos aterrizaba en una de esas galerías, en busca del color, como un paisaje nevado o un resplandor solar. Nada podía ni aun hoy puede compararse a aquello. También me encantaba ir a la tienda de pinturas y echar un vistazo a esos lienzos enormes en los que yo deseaba pintar pequeños bocetos: un bodegón, un paisaje, un cuerpo de niña. Óleos, acrílicos y barnices, espátulas, carboncillos y atriles, los útiles del artista se multiplicaban.

Voy a volver a coger los pinceles. Me gustaría ser un hombre del Renacimiento, a lo Leonardo o, imitar, en la medida de lo posible. el arte total a lo Wagner. Que la música de las palabras y de las formas triunfe en todas partes, sea por donde sea. Que coexistan dentro de mí, bajo mi piel, planetas palaciegos. Que salga victorioso tras haber perdido la partida.  Con ese porte, va el artista, saludando a conocidos y a desconocidos, portando sobre la frente el mar de sus esfuerzos, la tensión en torno a las comisuras de los labios, para anunciar el milagro, el dulce milagro que no podría ser, que no tiene que ver ni con el Bien ni con el Mal: porque el arte no entiende más que de la consigna de hacer bello lo feo, visible lo invisible, alegre lo triste.

Digo todo esto porque, precisamente, en estos días convulsos, bullangueros y caóticos, enemigos del orden y de la caballerosidad, precisamos del placer artístico en la cocina de la existencia: los cuadros propios y ajenos. Espero que la furia creadora me acompañe en el dolor, la abulia y lo amargo. A fe que es lo único que me importa: las obras que puedan brotar de mis manos, de mi inteligencia, del festival creador que aguarda el instante en que esparcirse por doquier, inundando los ojos de los que miran y que, también, algún día serán capaces de crear.