Archivo de la etiqueta: cubismo

EL MISTERIO DE LA GEOMETRÍA

No me canso de observarlo. Profusamente reproducido en catálogos, Les demoiselles d’Avignon es uno de los muchos óleos de Picasso pero que,  a diferencia del resto, marcó con mayor ímpetu un antes y un después en la historia del arte, también en mi vida. He de confesarlo: desde muy pequeño me atrajo la pintura. Recuerdo las clases de plástica, las maravillosas tardes de los viernes en el colegio. Recuerdo especialmente los dibujos y las pinturas garabateados, diseñados en un bloc que aún conservo: inspirado por esas figuras femeninas del cuadro,  pinté con témperas y con lápices Faber Castel probando diferentes gamas de colores. Sin llegar nunca a la genialidad del maestro, al copiar aquellos rostros, aquellos cuerpos inequívocamente picassianos, me uní a la emoción de sus gradaciones, a la celebración festiva de la vida.

Les demoiselles d'Avignon (1907) de Picasso
Les demoiselles d’Avignon (1907) de Picasso

Yo me pregunto: ¿son las prostitutas de alegres carnaciones oriundas de Avignon o del Barrio Gótico? Todo apunta a que, en realidad, fueron la combinación perfecta, la perfecta materialización en la memoria del pintor de la propia ciudad francesa con los vívidos recuerdos y sueños que tenía de la famosa calle barcelonesa cuando ya no vivía en ella. Ese misterio es fascinante, y nos lleva también a detectar las huellas que otros artistas imprimieron en su obra: ¿No es ese burdel una reminiscencia de los harenes de Ingres? ¿Los cuerpos no son sino sosias de las figuras esbeltas de El Greco? ¿Los rostros representados a la derecha no recuerdan a las máscaras africanas?

Muchos estudios, muchas páginas se han escrito en torno a él, pero ¿hemos llegado a alguna conclusión definitiva? En un golpe de vista, precipitado, podría parecer desordenado, pero si se contempla con mayor precisión, uno no puede dejar de ver un equilibrio “en las cuerdas”, de insinuaciones, de líneas y contornos que se confunden y funden con el espacio de fondo, con gradaciones, de más figurativo a la izquierda a  más abstracto a la derecha.

Existe un secreto inherente en él: ¿qué sentía Picasso al pintarlo? ¿Era consciente de su futura repercusión, de la mezcla de varios planos y perspectivas que tanto conmocionó la realidad artística y fundó las bases cubistas? ¿Qué hay detrás de las miradas de las señoritas que interpelan al espectador o al mismo pintor, ese deseo contenido, esa búsqueda interior, esa sensualidad? Se puede escribir mucho sobre un cuadro, sobre un pintor, sí, pero ¿no estamos siempre inmersos en la incertidumbre? Como en Las Meninas velazqueñas, es mucho más lo que nos oculta el artista que lo que nos deja observar: decimos más cuanto más callamos, lo que queda sin dilucidarse del proceso de elaboración y del destilamiento definitivo.

Yo espero ansioso que venga otra revolución artística y se lleve la vacuidad del presente, ese estar desubicados. Si los tiempos de las vanguardias ya quedaron atrás, si el silencio se ha aposentado en nuestras vidas, una suerte de vacío, torturante e imposible,  ¿qué podemos hacer frente al desasosegante meridiano sentimental de nuestro mundo? ¿No estamos esperando, casi sin saberlo, que una ilusión se haga realidad y nos haga despegar? ¿Y cuadros como este no nos la muestran en todo su esplendor?  ¿No buscamos ahora, quizás más que nunca, de forma consciente o inconsciente, desvelar la magia del arte que nos ayude a sobrellevar la rutina cotidiana? El misterio que nos insufle ganas de vivir, en un intento por alcanzar unos cuantos fragmentos de los sueños nocturnos. Espero que la brújula me muestre otros horizontes. Bienvenida sea una revolución futura como la aventura cubista. Bienvenido sea el arte en nuestras vidas, cayado que nos permite avanzar, aun a trancas y barrancas, en estos tiempos de mentalidades burguesas. Bienvenidos sean, en fin, los herederos de Picasso, llamados a ser algo más que notas a pie de página a su obra.

VOLÚMENES LIGEROS

El hombre de la mochila a rayas negras y blancas va paseando por callejuelas estrechas de un barrio alejado del centro, sin prisa. Va mirando escaparate tras escaparate pero nunca cruza el umbral: su afán aventurero y díscolo no se somete a la tiranía de perfumes ni de vestidos caros, ni de lavadoras ni televisores o aun zapatos, si bien los que lleva, unas botas para andar por el bosque, están deslustradas por el polvo acumulado. Nada: no quiere otra cosa más que vagabundear.

Cuando parece que su andadura va a resultar vacía e inútil, se detiene ante un colmado. Su puerta entreabierta filtra la poca luz de una tarde otoñal. El hombre entra; desea comprarse un refresco. Después de dar una vuelta alrededor, antes de ir a pagar, se fija en el rostro lívido, absorto, de la joven cajera: como no tiene clientes a la vista, se dedica a garabatear en un bloc de dibujo. Está copiando un retrato de un libro de la biblioteca. El hombre no lo reconoce, por su ausencia de familiaridad con el mundo del arte aunque, según reza al pie de la foto, pertenece a Picasso: El acordeonista. La cajera lo copia a conciencia, aunque dándole su propio toque personal.

El acordeonista (1911), de Picasso
El acordeonista (1911), de Picasso

El hombre paga e indaga en el secreto, imagina: esta cajera está estudiando Bellas Artes o se está preparando para entrar en la Universidad. El hombre apenas si sabe que ese cuadro pertenece al cubismo, ni de la sucesión de planos paralelos, de la ruptura con el punto de vista. Solo quiere que le hablen de helechos, de robles, de hormigas, de estorninos. La cajera le sonríe; ante la mirada fija del otro le dice que le gustaría pintar como Picasso, pero que como Picasso nadie va a pintar porque él era único, inimitable. Le dice que ella se refugia en el arte para huir de la tienda, del barrio, de la ciudad. Confiesa que le gustaría vivir en París.

El hombre sale; esta corta conversación le hace también desear, aunque en los términos de lo posible, comprarse un bloc y dibujar árboles y plantas cuando vaya al bosque. Ya sabe lo que no hará: pintar como Picasso. Jamás se guarecerá a la sombra del cubismo, pues este, para él, no es más que una teoría absurda. No se plantea que lo que considera real no existe, que todo son hipótesis: volúmenes ligeros, etéreos, sin consistencia. Para él, la realidad es simple y llana. Picasso queda lejos de su ciencia comprobable. Nunca será consciente de que el cubismo no es más que otra interpretación del mundo; que él también, si quiere, encontrará y poseerá su propia interpretación.