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PEQUEÑO AUTORRETRATO

Recuerdo el famoso soneto de don Francisco de Quevedo y Villegas, repetido a machamartillo en la escuela elemental, que empieza diciendo Érase un hombre a una nariz pegado…. El poeta madrileño ridiculizaba así a su coetáneo don Luis de Góngora y Argote, el “personajillo” enemigo en lo literario y en lo privado. Salvando las distancias y los siglos ya transcurridos, podría decirse de mí: Érase un hombre a un físico mediocre pegado, siguiendo el vano o no tan vano ritual de mofa satirizante.

El poeta Luis de Góngora, por Velázquez
El poeta Luis de Góngora, por Velázquez

¿Qué os diré? Soy del montón, y de ello ni me escondo ni me avergüenzo. Si bien mido 1,80, a nadie voy a ocultar que vivo con unos ligeros kilos de más; hasta tal punto que alguien dice o dirá (si ya no lo ha dicho) que estoy “rellenito”. Para contrarrestar, me mantengo en forma mediante el ejercicio: voy al gimnasio dos días por semana y hago unas cuantas piscinas cada vez.  A parte de esto, no soy nada del otro jueves: ojos castaños claros, pómulos y mentón sin pronunciar, cabello castaño corto. ¡La genética, la dichosa genética!

Estos rasgos me alejan, seguro, de los primeros puestos en el podio de la belleza. No soy ningún ligón ni ningún “chulopiscinas”, y lo digo por si no había quedado suficientemente claro. Ni lo soy ni lo seré ni nunca lo desearía; confío en que mis cualidades sean otras, las de la sabiduría lectora y escritora, las de la razón y el pensamiento. No sé si estoy del todo de acuerdo con la máxima Mens sana in corpore sano: Hemos de estar sanos y tener cuerpos saludables, ¿quién lo duda? Pero la obsesión hoy en día de ser musculoso, fibrado y atlético; esa obsesión por conquistar a todos y siempre, no es una didáctica precisamente “aconsejable”. ¡Qué queréis que os diga!: yo preferiría atrofiarme pero conservar la mente bien amueblada y lúcida hasta el aliento final.

Dicho lo dicho, he de confesaros una cosa: no me gustaría ser objeto de deseo a lo Brad Pitt o Antonio Banderas; que todos los ojos me  miraran a mí pero no por mis cualidades interiores, por mi riqueza interior, sino por mi físico, por mis encantos lozanos. No: preferiría pasar desapercibido, y no juntarme con aquellas personas que se mueren por mis huesos y nada más. No. No, me  niego a  ser la cobaya humana al más genuino estilo de glorias universales de misses y místers. Sin llegar al “vitriolo puro” del soneto de Quevedo, querría que de mí, a modo de epitafio, con más modestia que presunción, se dijera: “He aquí un hombre que solo destacó en una cosa: en escribir medianamente bien, en ensayar una y otra vez, con resultados no del todo brillantes, el más difícil de los dones: el de la imaginación”.