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UNA TARDE CON BLANCANIEVES

Unos ojos asombrados (mis ojos) escrutaban la enorme pantalla de cine de barrio. Aquella tarde dominical entré a formar parte del círculo cinéfilo con Blancanieves. ¿Quién no recuerda la primera película que le conmocionó? ¿Y las viejas butacas desflecadas de terciopelo rojo? ¿No era esa la mejor manera de celebrar un cumpleaños? Cuando salimos del cine, recuerdo que le pregunté a mi madre si existían de verdad aquella muchacha, aquella bruja madrastra y aquel príncipe azul, y me contestó:

−Uno debe creer en ellos aun cuando no existan.

Mi primera lección existencial fue, sin saberlo, el imperativo categórico de Kant.

Aquel cine de barrio, el único que teníamos en un kilómetro a la redonda, fue a menos y cerró, y con él el variado repertorio de comedias de las anodinas tardes de domingo. El dueño optó por venderlo y las excavadoras lo demolieron sin compasión y, en su lugar, ahora, desde hace muchos años, hay un frío concesionario de coches. ¿Qué era más importante: un automóvil o los sueños de un niño?

Hace unos días (y por eso vuelven a mí lo recuerdos de aquella tarde) un amigo mío me insinuó que había sido un error que nadie antes me hubiera llevado al cine, al torrente de imágenes de hora y media de duración. Y quizá ahora pueda comprender ese misterio a la luz de las palabras de mis mayores (mi madre y mi abuela) que lo consideraban “un capricho que los niños no pueden entender”. Jamás se lo he preguntado a mi madre. Lo intuyo: nos habíamos aficionado a los concursos que daban en televisión.

Blancanieves
Blancanieves

Quizá sea creyendo un poco, echando la vista atrás, la manera que aun hoy tengo de alimentar lo espiritual en mí “aunque Dios no exista”, mientras afloran mis primeros recuerdos con la fuerza con que manan de una fuente. Puedo creer a pesar de todo, a pesar de las brujas malhechoras. El cine significó (y aun hoy) el placer por instantes de volar, de grabar y poseer en la retina imágenes de cuerpos etéreos, esas primeras películas, ese panteón particular, inocente, fantástico: el arte efímero de las películas de Disney.

Así comprendí que las verdaderas lecciones no se aprenden en la escuela; las pérdidas en la vida, como la ausencia de un padre, pueden sobrellevarse con algo más que palabras. La vida era capaz de recompensar el dolor de un niño. Quizá, algún día, yo sea ese príncipe azul, el príncipe de la infancia, el príncipe que salve a una muchacha infeliz de la muerte, más allá de los libros aburridos y sesudos de las primeras lecciones matutinas.