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ALMA CANARIA (2)

No está nada mal pagar quince euros para que te lleven en una Zodiak desde el Corralejo hasta la Isla de Lobos, ida y vuelta. Es mucho lo que hay que agradecer a los dioses: sus aguas, limpias y lozanas; unos tímidos delfines, que avistamos cerca de la costa, que daban piruetas con una señal de la mano; sus riscos de piedra volcánica; el faro en el extremo norte; la armonía, en fin, de la escasa fauna en un lugar abandonado de la mano de Dios que te acoge para no soltarte jamás.

img_0146Las horas son más largas en vacaciones, y suena contradictorio, pues si se pasan agradablemente uno diría que vuelan. Pero no: están bien aprovechadas y las vidas de todos y cada uno discurren con alegría y sencillez. Me encuentro al paso con el italiano, el sueco, el alemán, el finés y el holandés errante, y con ellos hablo un poco (puesto que soy políglota, y lo digo sin afán de vanidad), y su simpatía ilumina partes de mí que creía dormidas, ya enterradas. Tenía infinitas ganas de bañarme, de leer una novelita sencilla, de buenos sentimientos, acurrucado con mi toalla frente al mar, frente a las olas que iban a morir a mis pies, una mañana de sol en la isla de Lobos. El viento atlántico, subtropical, me ha traído hasta aquí, me ha regalado la melodía de una guitarra española y he disfrutado con la paella sabrosa con mejillones y langostinos del mar majorero. Como el pintor paisajista, voy tomando apuntes en mi libreta  rayada, que guardo siempre en la mochila, sobre la marcha, sin prisas, en este lugar donde el tiempo se detuvo hace muchas lunas: mis dos columnas canarias vienen de ahí.

Se me están acabando los días de asueto, y lo último que desearía es abandonar estas tierras que tan bien me han acogido. Como cualquier otro vagabundo (pues así me considero: un simple vagabundo), su visión ha  transformado en algo mi carácter, se ha apropiado siquiera de un trozo de tierra de su terreno agreste; se ha imprimido en mis pupilas. Seguramente, quien se encuentre conmigo los próximos días lo captará en el brillo de mi mirada. Se ilumina todo uno, y luego queda patente en los ojos: el regocijo del sol sobre las aguas que chocan, sobre mi cuerpo, que adquiere, de esta forma, otra textura, otra música. No hay secretos de ningún tipo para el que sabe y está acostumbrado a andar por los caminos polvorientos machadianos, el que gusta de hablar con todos, conocidos y desconocidos, aquí y allá; el que aprovecha su tiempo y soporta el viento de cara con humildad y resignación. Fuerteventura ya no es la misma después de que este vagabundo la haya recorrido de punta  a punta, de Corralejo a Morro Jable, a bordo de guaguas.

He vislumbrado el alma canaria durante mi viaje, que mañana toca a su fin: cara a cara ante la belleza de lo desconocido, en las islas y con sus aldeanos. Soy yo, pero también soy otro. Ahora que mis pupilas han absorbido el azur del mar, ahora que he captado tan profundamente como he podido el deje de los majoreros y conejeros, ahora que se diría que he expiado todos y cada uno de mis pecados, puedo respirar y  decir: soy un hombre renovado al haber imprimido mis huellas sobre la arena, antes de que las olas del mar las borraran.

Es lo que necesitan los simpáticos nórdicos y lo que necesitamos nosotros también, los habitantes de la península: un poco de calma y nado revitalizante. Nos declaramos en huelga absoluta: no queremos ni el hielo, ni la nieve, ni el frío. Hemos venido hasta aquí para poner pies en polvorosa de la gran ciudad, para sobrellevar mejor el invierno que pronto caerá, si no se ha adivinado ya, sobre nuestras cabezas. El invierno, que desconoce cómo es el alma canaria.  Este calor se adhiere a la piel del urbanita que soy y me ayudará cuando vuelva a Barcelona. Espero que los dioses sean benignos conmigo; no digo nada más, no fuera que se estropeara la función.