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EL CASETE DE MI ABUELA

El otro día, haciendo limpieza, rebuscando por casualidad entre mis muchos casetes, hoy prácticamente inservibles, que almaceno bajo el somier de mi cama, di con uno, especialmente valioso (aunque a primera vista pareciera que los CDs, más nuevos, apilados en las estanterías, le hicieran la competencia. Pero eso es igual ahora. Soy melancólico pero no me arrepiento de ello, a pesar de que, para algunos, peque de cursi, en un mundo, como el actual, poco dado a la tristeza.) Lo escuché en mi pequeña grabadora Sanyo, reliquia de otros tiempos, el único dispositivo de que dispongo para escuchar casetes. Los escasos diez minutos de la entrevista que grabé a mi abuela (cuando yo contaba trece años y ella, ochenta, antes de su terrible demencia, que la separó definitivamente de nosotros, de los demás), son una especie de testamento: se reavivan sus buenos modales, su labia, su simpatía. En resumen: su valiosa personalidad, su persona. Su ciudad: Zaragoza. En esta conversación (me hubiera gustado haber grabado mucho más, pero ¿quién podía prever su muerte, especialmente un niño que nada sabía de la vida, que creía que los miembros de su familia eran inmortales solo porque aún no habían muerto?) se recopila el encuentro con la pintura, el arte de sus mayores.

Dejemos que hablen sus mismas palabras que la hicieron remontarse, por momentos, al río de la infancia: Todos estos dibujos y pinturas son de cuando yo era muy pequeña; tendría nueve años, estábamos pasando el verano en la Torre. Eso mío que hay por aquí, en el cuarto de tu madre, ese cuadro me lo hizo el tío Benito en la Torre. Mi padre dibujaba y mi tío Benito dibujaba y pintaba mucho. Lo hacían como un pasatiempo. Mi padre y mi tío Benito. Mi tío Benito, el padre de los Benitines. Vio mi uniforme con la caperuza blanca, ese gorrito como holandés, que llevábamos en el colegio para salir al jardín, le hizo mucha gracia, y una mañana me lo hizo poner. Me dijo: “venga, Anita, estate ahí sentada que voy a hacerte un apunte”.  En otras ocasiones, mi padre me enseñaba a dibujar bien, pero yo lo hacía fatal; una vez estaba dibujando un racimo de uvas y me dijo: “¡estos granos de uva son melones…!” Y tantos otros óleos y dibujos: a mí me gustaría que vieras esas pinturas, ¡pero sabe Dios dónde estarán!

La ternura, a través de sus palabras. De hecho, esta conversación la había escuchado, después de su muerte, algunas otras veces; incluso en la carrera de Comunicación Audiovisual reproduje en un video de cuatro minutos la historia de un pintor y su modelo, al estilo de El retrato de Jennie (la famosa película de William Dieterle, protagonizada por Jennifer Jones y Joseph Cotten), con el cuadro de la caperuza holandesa ¡llevado hasta el estudio de grabación en taxi! Pero eso es arena de otro costal, que quizás, ¿por qué no?, algún día explique más en profundidad…

Intento trasladar al papel la cadencia de su voz, como si fuera una obra de teatro y yo un dramaturgo que caracterizara pacientemente a cada uno de los actores y actrices. Y pasa a ser un personaje más de mi vida, de mi ficción, de mis libros. Mi abuela y su pasado. Mi abuela, y mis bisabuelos, que nunca conocí. Fue testimonio de una vida dura, marcada por el temprano fallecimiento de su madre, de su padre y luego de su hermano y de su marido; atravesada por un siglo tan innoblemente sangriento y despiadado, con dos Guerras Mundiales y la Guerra del 36 en España. Mi abuela Ana María, a pesar de todo, nunca dejó de sonreír, a pesar de quedar viuda muy pronto, con seis hijos que cuidar, con mi madre como la benjamina de la familia. Eso sí, de vez en vez le venían lloreras como ella decía: le hubiera gustado volver a Zaragoza con el resto de su parentela, pero se quedó ya hasta su muerte en Barcelona.

Todo esto que yo creía enterrado en el fondo del saco de la memoria, que pensé que había muerto definitivamente con mi abuela en la cama del hospital, ente sus sábanas blancas desapacibles, revive ahora gracias a este casete y a su pequeñísimo discurso grabado, y vuelve el cariño y la estima que todos le profesábamos. Me digo que haré lo mismo con mi madre, que la grabaré para cuando ya no esté, presente en mí cuando vengan otros tiempos y sea necesario echar mano de las grabaciones, hasta mi final. Sé que, gracias a ello, ahora puedo recordar mejor a mi abuela; puedo reproducir fácilmente su voz en mi cerebro y  hacer que se expanda como en ondas por un riachuelo virgen; que permanezca en el aire de esta habitación. Y, entonces, es posible que otras palabras del pasado algo remoto, de otros momentos de mi vida con ella, reaparezcan dentro de mí.

Sus bromas, entre burlas y veras: ¿Me quieres ni que sea un poquito? ¡Qué arisco que eres, no te gustan mis besos! Por una vez en la vida, la melancolía ha servido para algo. Sí, normalmente es cosa de viejos ponerse a pensar en estos términos. Pero, ¿quién no desearía albergar para sí toda esta poesía? Más que en recitales, los rapsodas son los recuerdos de las abuelas de este mundo que, sin saberlo, fueron poetas por días, horas, minutos. Ese es el mejor regalo: saber que otros te recordarán y te inmortalizarán, como aquí, en esta columna. A lo mejor este recuerdo se extenderá por Internet y quién sabe si llegará a la otra punta del planeta, donde entiendan el español o lo quieran traducir en el Google Translator. Alguien más podrá saber someramente quién era mi abuela, y cuánto amor le debía a sus mayores y a su infancia en el colegio de monjas. Allí aprendió francés, sin sospechar que un día su nieto lo hablaría con la misma fluidez y la misma soltura que ella, que no se cansaba de repetir, sin embargo, que lo había olvidado casi por completo. Ningún otro de sus nietos pudo disfrutar tantísimo de su compañía ni compartir tantos buenos momentos juntos. Quede este casete como remedio a la pena y a la desmemoria.