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RÍOS SIN REMANSO

Escribo sin saber hacia dónde irán mis palabras, mis frases. Como el viento, me pregunto hacia qué colina soplarán, hacia qué estrellas se dirigirán. Miles de historias fluyen en mi cabeza. Como un torrente, como las cataratas del Niágara, siguen hacia adelante, salvando cualquier escollo, sobre las piedras, sobre las riberas, sin esperar a nadie. En la liturgia del aprendiz: se mezcla lo verdadero con lo falso, hasta que ni él sabe distinguirlo. Siempre fue así y siempre será así, mientras exista en la capa de la tierra un solo narrador inquieto al que no le baste la realidad; que, si acaso no precise mundos fantásticos ni historias interminables, sino relatos cotidianos transformados en ficción para vivir la vida más profundamente.

Avanzo por una selva, sin temores, sin apenas resistencia; lo he hecho desde el principio de mi escritura, desde los primeros poemas. Hay algo en lo hondo que me impulsa a seguir, aun cuando no tenga certezas. Aun cuando vaya a ciegas, lo prefiero a no haber sido capaz o no haberlo siquiera intentado. Es la suerte del principiante, el que juega al billar sin tener muchas nociones, pero acaba haciendo carambolas. El escritor pasa por la misma situación. ¿Cuántas veces he empezado a escribir con una idea fija, o tan solo una imagen, que pensaba que iba dirigido a alguien, y al fin descubro que ese personaje esbozado era yo? O, al revés, ¿cuántas veces empiezo desde una perspectiva personal y, poco a poco, voy construyendo el edificio ajeno? Escribir es misterioso; escribir es más que una terapia. Es un conato de explicación: es el aliento de la llama en la vela de los mortales. De los mortales que tienen derecho a creerse inmortales por unas horas…

Y no sabía, no supe hasta hoy mismo (o sí, lo intuía, pero me daba manotazos en el rostro porque no quería aceptarlo), que no hay mayor gratificación que la propia tarea, que la misma escritura. Todo lo demás es superfluo. Es como el panadero, el médico, el maestro: lo más seguro es que jamás ganarán un premio, un golpe de fortuna. ¿Por qué hay tantos artesanos, que cuecen el barro o que cinchan sillas, y son felices? Precisamente por eso: porque, consciente o inconscientemente, llegaron a la conclusión de que nadie mejor que ellos mismos podría premiarles por su trabajo. Son personajillos que cargan piedras a la espalda, que van viviendo como pueden. Han de ser felices, y empiezan por no anhelar imposibles, por no desvivirse por conseguir lo inalcanzable.

Eso es a lo que yo debería aplicarme, pero, el caso es…, ¿quién no sueña? ¿Quién no proyecta futuros, ideas locas, ríos salvajes? No es tan importante lo que elijamos: en todo puede haber felicidad o desgracia. Pero la indecisión siempre conduce al fracaso. Da igual que sea pintor, novelista o cineasta. Es difícil escoger, pero una vez decidido y emprendido el camino, no hay que buscar más reconocimiento que el de la propia creación. ¿Quién no ceja en el empeño? Quizás, no, quizás nadie de nosotros será nunca un genio de su especialidad. Más bien, vivimos con la esperanza de entrever la sabiduría, la genialidad, aunque sea un solo instante. Ser permanentemente genial es, a todas luces, imposible; intuir ese resplandor al fondo de la mente sí es posible…  Lo funesto, ya lo conozco: yo voy siempre buscando la perfección sin encontrarla jamás. Todos los asuntos humanos son imperfectos, ya lo dijeron los clásicos, ya lo dramatizó Shakespeare en sus tragedias… A mí me toca aprender a no dejar pasar ninguna idea de mi mente, por muy estrafalaria que parezca; anotarlo todo porque, ¿quién sabe? Tal vez, esa frase que hilé pueda inspirar a otros, pasar de la imperfección a la perfección.

Solo dejo de asustarme si huyo de la rúa ridícula y decepcionante de los disfraces, de la mojiganga. La vida, tal vez solo conste de este presente, hecho de telarañas, pero también de sedas, de damasquinados. Necesito con urgencia la literatura, el arte, para cerrar las heridas, en medio de esta mascarada. Cada uno representa un papel, y yo aún no sé qué demonios hago aquí, (tampoco me importa demasiado) además de escribir: voy andando con mucha parsimonia mientras las agujas del reloj murmuran a mi espalda, utilizando las palabras con cuidado, frenando toda impaciencia. Escribir me hace sentir más artista de lo que me consideraría si no asumiera parte en esta obra de teatro majestuosa. Por eso, nunca pierdo la esperanza, y no me duele que de vez en cuando aparezcan en mis historias personajillos raros, absurdos, bufones de sí mismos… hasta configurar historias, ríos sin remanso posible.

HACIA UN PASADO CHINO

Cuando me he levantado esta mañana a las siete, como de costumbre, aún me roía la mala conciencia de no haber sido capaz de escribir nada ayer. Aún más: a pesar de mis muchos esfuerzos mentales, no había podido pensar en nada bueno durante el resto de la semana. Solo ha sido con ayuda de un café entre las manos, con la vista fija en el ordenador, como he podido verme a mí mismo, “vislumbrarme” entre el espíritu magmático de las palabras. Hay columnas que se resisten, y esta era una de ellas. Son las columnas «regurgitadas», concebidas tras partos dolorosos, recuperando lentamente los recuerdos, trenzando las frases. Solo de esta manera son posibles de criar, de amamantar. De darles vida: con las imágenes propias de un pasado ahora más nítido, amas y señoras de una futura autobiografía.

chinoMediadas las horas de esta nueva jornada, sobrevenida finalmente la chispa, el arcoiris a través del terrón de azúcar, compruebo el resultado, más bien modesto: una sinfonía sin concierto ni concertistas, venida de un lejano país, del País de la Memoria. Y digo modesto porque el recuerdo siempre lo es: nunca conseguimos explicarlo todo, explicarnos a nosotros mismos, especialmente si aquello que recordamos pertenece a otra época, con un rostro en gran medida desfigurado; solo nos son fieles las fotografías que conservamos, lo que vemos más que lo que sentimos. Mi botín, mi modesto botín es una fotografía de carnaval a mis cuatro años, disfrazado de chino: un quimono de dos piezas, con estampados en la tela (siluetas de pagodas y de árboles milenarios), con la coleta postiza colgando de un gorro. Aún hoy, el cuerpo “recuerda” y parece impregnarse del tacto fino, suave, agradable del traje de seda roja; el único disfraz que sobresale del batiburrillo, más o menos desordenado, de personajes dispares que he encarnado en años sucesivos: cowboy, gnomo, payaso o monstruo de las galletas.

Poco a poco, se despierta en mí el olor a lejía de las aulas recién fregadas, y el olor dulzón de chocolate a la taza, y los restos de tiza, de lápices de colores, de rotuladores permanentes, inundando para regocijo de la vista y del olfato cada uno de los rincones de la guardería. Apenas importa si llovió o hizo sol. Apenas recuerdo nada más: se me difumina el día. No importa: ese “eslabón perdido” me lo invento si es necesario. Tengo la sonrisa perfecta. Y me siento alrededor de mis compañeros de aula, con una sonrisa perfecta también, vestidos de hada, de capitán, de mosquetero, de juglar. Podría decirse que encarnan la ingenua fragilidad de los pequeños hombrecitos.

Es la época en que vivía mi abuela, la época en la que creía que los únicos que morían eran los personajes famosos, y el mundo todavía estaba por escribirse, por explicarse. Vulgar y anodinamente, sin poner ningún sentimiento, era la tan manida y manoseada “tierna infancia”. ¿Cómo me sentía entonces? Ahora miro con otros lentes, empañados de melancolía. Quizás sea verdad que no era tan feliz: a pesar de esa sonrisa perfecta en esa tarde perfecta de carnaval, recuerdo que era solitario, terriblemente solitario; aunque con deseos gregarios, sin muchos amigos.

Probablemente por eso, por anhelar las futuras tardes de silencio, la soledad ya conquistada y degustada, me convertí más adelante en novelista, cuentista, columnista. Entiéndase: el ser solitario sin convicción, más tarde por vocación. Y me digo que son nuestras vidas, las que decidimos vivir con todo el arrojo y el tesón por mucha desesperación que experimentemos. Escribir a pesar nuestro. Respiro hondo y me observo en el ordenador, el espejo de mis emociones; terminado el café que me ha “despertado”, me imagino ese traje de chino rozando mi piel, ese pasado. Eso sucedió hace mucho tiempo. Lo dejo atrás, abandono definitivamente aquel disfraz, ahora convertido en escritor.