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EL LEJANO PAÍS DE OZ

Resulta que perdí un libro; no se lo presté a nadie, no salí con él de casa. Aún no lo entiendo: ¿acaso está escondido entre la maleza de ejemplares acumulados en las estanterías? ¿Acaso se lo llevó alguien mientras curioseaba mi biblioteca y yo andaba despistado? C’est fini, y ya no sirve de nada ni el malhumor ni la tristeza que arrastro desde hace una semana. Me veo incapaz de recuperarlo.

Lo busqué en el catálogo de las bibliotecas públicas y en la sección de libros de Amazon, aunque supiera de antemano que no iba a dar precisamente con el ejemplar firmado cincuenta años atrás por su autor. Me acerqué a unas cuantas librerías de viejo de la calle Aribau, sin mayor éxito: los libreros se encargaron de frustrar mis esperanzas diciéndome que habían perdido el rastro del último comprador. De cualquier forma, constaté que solo hubiera podido hacerme con él a un precio realmente exorbitante, puesto que formaba parte de una tirada menor, un raro volumen encuadernado en piel que perteneció a mi abuelo y que yo hubiera hecho bien en conservar bajo llave. ¿Cómo no se disgustaría él ante mi mala suerte, si ahora con pesar me observara desde las estrellas?

Fotograma de la película El mago de Oz
Fotograma de la película El mago de Oz

Jardines europeos era algo más que el típico libro de viajes. Aún puedo recordar párrafos enteros: “El camino que lleva al parque está vedado al ciudadano de a pie; si queremos penetrar en él, hemos de conseguir el pase del rey o del príncipe, o aun el del señor de las Tierras Mágicas…”. Sin duda, me hubiera gustado ser su autor. Qué bien escrito. ¡Qué ganas de adentrarme en Villa Borghese, de recorrer el Hyde Park!¡Qué ganas de ser por unas horas el dueño de lo lejano, del terreno aún virgen para mí!

Parecía haber llegado el momento de poner en práctica todo lo que juntos habíamos leído. La decisión ya estaba hecha: tú y yo de viaje por Europa, fuera de nuestra ciudad. Juntos íbamos a escribir el libro con nuestros propios ojos, iluminando los hitos del camino, el recorrido tanto tiempo atrás soñado. Se nos había despertado la curiosidad.

Dicen que las desgracias nunca vienen solas. Tengo otros motivos para mi desazón: justo hace un mes cerraron la agencia de viajes de debajo de mi casa. Habrá otras agentes turísticas en toda Barcelona, muchas otras, no me cabe ninguna duda, tanto o más expertas que esta, ¿pero alguien se ha preguntado acerca de los viajes organizados o lunas de miel que ya no se celebrarán, que S. no podrá ya nunca más planificar? Ni a las cataratas del Niágara ni al parque de Serengheti: nada será igual, sin que S. tienda con sus delicadas manos en el mostrador prospectos, mapas y rutas.

¿Alguien se acuerda de El mago de Oz, de una jovencita Judy Garland con trenzas? Tú eras el Espantapájaros, el León y el Hombre de Hojalata juntos. Yo soñaba, como seguramente haría Dorothy, con visitar los jardines más grandes de Europa en tu compañía. ¿Acaso has sido tú quien se ha apropiado del libro y ahora no dices nada, en medio de un silencio culpable? ¿Fuiste tú?  En ese caso, devuélvemelo. No creo demasiado en tus palabras, en tu sinceridad. Lo único cierto. lo único que sé es que no pisaremos juntos ya el camino de baldosas amarillas.