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DE CÓMO ME ENAMORÉ DE VELÁZQUEZ

Me viene a la memoria uno de esos flashes que los manuales de escritura para principiantes dicen que hay que atesorar como si fueran los restos de la Torre del Oro. Deseo volver a ese pasado, aquel en que “vivía” casi por primera vez, aquel en que ni el invierno ni el verano eran tan calurosos, aquel en donde parecía que cada estación del año servía siquiera para saber qué quiero y adónde voy. Hoy en día tengo mucha más confusión: a menudo trastabillo con los términos “felicidad”, “alegría” o “encanto”.

De eso hace ya la friolera de veintisiete años. Estoy muy cerca de los exámenes finales de sexto de primaria. Un sábado acompaño a mi madre a comprar ropa o comida a unos grandes almacenes; y casi al final del recorrido, nos detenemos en la librería. Mamá sabe que me chiflan los libros, pero no es capaz de aventurar nada de lo que va a suceder. Doy un vistazo rápido al mueble dedicado a los adolescentes  y, luego, sin apenas rechistar, olfateo la sección de literatura clásica y de adultos.

Un grueso volumen acapara toda mi atención: es el catálogo de pintura de la exposición que se dedica a Diego Velázquez ese mismo año en el Prado. Mi madre, tras tironearla del brazo y decirle: “lo quiero, lo quiero, lo quiero”, accede a comprarlo. Cuesta cinco mil de las antiguas pesetas. Salgo de allí como si me hubiera tocado la lotería. Cuando llego a casa, no pierdo ni un instante. Hojeo y  hojeo, todavía más atraído por los cuadros que por las letras: observo las fotografías en detalle, en las que se aprecia con claridad meridiana el empaste, la pincelada, el trazo meticuloso del pintor. A continuación, escribo con tinta de pluma en la primera página: 1 de junio de 1990. Ahora me digo que sí, que me gustaba inscribir fechas en los espacios en blanco, sin ni siquiera adivinar que, años más tarde, aquello se convertiría en una auténtica reliquia. Cada vez me alejo más de todo ello, de los libros con ilustraciones; pertenezco a un presente infinitamente más vulgar, más ladino, menos mágico.

A partir de entonces, fui aparcando paulatinamente los libros azules, naranjas y rojos de El Barco de Vapor, los Peter Pans y los Pinochos y los coleccionables del Barrio Sésamo. Adivinaba el mundo de los adultos, más misterioso y complejo, fascinante, sin haber puesto un pie en el umbral, menos idílico de lo que parecía: mi ignorancia era (casi) total. Velázquez pasaba a ser el artista bajo cuyo mando yo iba creciendo. Emparentado con el recuerdo del pintor sevillano, pienso en todo aquello circunscrito a esa edad, a los once años. Son los tiempos en que vivía mi abuela: cuando entraba en silencio en mi estudio y me llamaba “huraño” si me zafaba de su beso. Las largas vacaciones en Sitges. Los tiempos del Ford Fiesta blanco. De la música de Tanita Tikaram, de Tracy Chapman y de Luis Cobos. De las clases de inglés en la academia. De las marinas al óleo. De las mañanas de invierno en que me despertaba a las siete y garabateaba en un cuaderno rayado de espiral palabra tras palabra hasta las nueve, hora de ir a clase. Cuanto escribí entonces fue banal y poco me ha servido después (entre otras cosas, porque mucho de todo aquel empeño acabó destruido), pero me proporcionó la disciplina, la exigencia y la lucha cotidiana contra el tedio, muy necesarias para el noble ejercicio de escritor. Las energías suficientes, en definitiva,  para escribir.

Aquellos tiempos fueron los propios de la búsqueda, de la sorpresa y del descubrimiento; la vida que se desbordaba ante los ojos de un niño. Yo quería ya, desde los nueve o diez años, convertirme en escritor. Quería crecer (como, por otra parte, quieren todos los “hombrecillos”), pero jamás caí en la cuenta de que, para ello, antes debía exprimir todo el jugo de la niñez. Apenas podía escribir nada de gran valor a esa edad, ni menos aún trazar retratos psicológicos profundos. Todo lo más, bosquejar asesinatos a lo Agatha Christie.

Por esa razón (aunque también por mi soledad intrínseca, por la falta de amistades, por mis gustos literarios) fui relegado de la compañía de los demás, de las triquiñuelas de los niños. Yo jugaba, estaba apuntado a las colonias de verano y todo eso, pero me sentía escindido, lejos de los que se divertían dando patadas a una pelota y lanzaban globos de agua, junto a las fuentes del parque, durante los primeros días de calor. De todo eso me aparté, yo creo, demasiado pronto. Luego me he dado cuenta de la infamia, de la insensatez y de la deslealtad de los adultos. Y del mundo literario: cada rincón de este planeta está lleno de envidias, y las dificultades del novelista, o del poeta o del cuentista, son varias y distintas y son por todos de sobra conocidas. Si he escrito esta columna ha sido para convocar el pasado, para encontrar una horma  a mis zapatos, para reconciliarme con mi ser interior (el producto de mi experiencia, de mis andaduras vitales). Por suerte, siempre me quedará Velázquez.

LA USURPADORA DE BESOS

Los best-seller no me interesan; dejo que otros los escriban por mí. Los best-sellers pintan bien poco en mi día a día. Si hay algo que me impulsa a mantenerme vivo no es el éxito, ni la fama, sino la escritura, la tarea del escritor por sí misma. Lo único que me importa es escribir, más incluso que los saraos con tufillo intelectualoide, salir de fiesta o ir al cine. Como ya he venido haciendo hasta ahora, voy a dedicar todos mis esfuerzos, toda mi vida, a la literatura, a crear buenos libros, con o sin reconocimiento. Esto me enorgullece: quiero dejarme la piel pero no la decencia en el intento. Quiero invertir el tiempo en la salud de mi alma.

amorHe hecho consciente una decisión que tomé ya hace muchos años, desde la mirada del niño que quería crecer rápido para ser mayor de edad y publicar su primer libro. Dejé enseguida el esnobismo, la querencia de ser famoso o de ganar mucho dinero, cuando franqueé el umbral, la atalaya que la conciencia artística concede al pequeño de la familia, al raro, al original. El aprendizaje en el planeta de la escritura es lento y difícil; requiere apoyarse en un recodo para que las vueltas del camino no sean tan fatigosas. Puedo decir que durante mi infancia, como cualquier otro menor, aún no distinguía los límites: la niebla entelaba mis ojos. Quería crecer rápido, también, para participar en tertulias, para salir por la televisión o la radio.

Ahora sé reconocer cuando el escritor es verdadero, cuando tiene madera de novelista, cuentista o poeta, algo así como el científico de un laboratorio o el conservador de momias disecadas de un museo de cera: un mero observador con la vista afilada, en fin, de lo que muere, de lo que se esfuma, de lo que se debilita, mientras va deambulando, algo desorientado, por este mundo. Esta es mi familia.

El buen escritor, quiera o no, acaba conociendo la regla básica: que cuanto intenta, quizá a la desesperada, es ganar la partida a la muerte; sortear, como buenamente pueda, su fracaso relativo. El fracaso de no poder retener el tiempo, cuyas horas apenas resiste a vivirlas, a soportarlas, ante el rostro frío y marmóreo de la muerte. Esta se lo lleva todo: nuestros yos sucesivos; nuestros esfuerzos, ilusiones y desilusiones. Es una usurpadora, con todas las de la ley, de nuestro itinerario o vía crucis hacia la nada. Es el amor de una amante posesiva; la coprotagonista de nuestras caricias y de nuestros últimos y mejores besos. La que deja que perdamos la vida, pero dejando, al final del túnel, lo que puede sobrevivirnos: el hálito del artista conservado en el papel.

Esta columna podría parecer un auténtico ajuste de cuentas conmigo mismo; por qué escribo y por qué la gloria me parece deleznable e inauténtica. No diría un panegírico de la novela o del cuento o de la obra literaria, sino más bien un hacer evidente lo que ya se cocía por dentro y que hasta la fecha no había sido capaz de verbalizar. Algo de eso hay. Lector del futuro: piensa que un buen libro es la mejor compañía contra la  muerte; lo demás, importa muy poco. Nada más hacen falta buenos autores, buenos libros, buenos traductores, y lo más importante, yo diría: buenos y muy perspicaces lectores. Lo demás no es tan importante como pensamos, como nos incitan a pensar algunos. La usurpadora de besos, si nos arrebata el último aliento, será con el único beso necesario, posible, deseado. El beso final a la palabra escrita, a la palabra consumada.

HACIA UN PASADO CHINO

Cuando me he levantado esta mañana a las siete, como de costumbre, aún me roía la mala conciencia de no haber sido capaz de escribir nada ayer. Aún más: a pesar de mis muchos esfuerzos mentales, no había podido pensar en nada bueno durante el resto de la semana. Solo ha sido con ayuda de un café entre las manos, con la vista fija en el ordenador, como he podido verme a mí mismo, “vislumbrarme” entre el espíritu magmático de las palabras. Hay columnas que se resisten, y esta era una de ellas. Son las columnas “regurgitadas”, concebidas tras partos dolorosos, recuperando lentamente los recuerdos, trenzando las frases. Solo de esta manera son posibles de criar, de amamantar. De darles vida: con las imágenes propias de un pasado ahora más nítido, amas y señoras de una futura autobiografía.

chinoMediadas las horas de esta nueva jornada, sobrevenida finalmente la chispa, el arcoiris a través del terrón de azúcar, compruebo el resultado, más bien modesto: una sinfonía sin concierto ni concertistas, venida de un lejano país, del País de la Memoria. Y digo modesto porque el recuerdo siempre lo es: nunca conseguimos explicarlo todo, explicarnos a nosotros mismos, especialmente si aquello que recordamos pertenece a otra época, con un rostro en gran medida desfigurado; solo nos son fieles las fotografías que conservamos, lo que vemos más que lo que sentimos. Mi botín, mi modesto botín es una fotografía de carnaval a mis cuatro años, disfrazado de chino: un quimono de dos piezas, con estampados en la tela (siluetas de pagodas y de árboles milenarios), con la coleta postiza colgando de un gorro. Aún hoy, el cuerpo “recuerda” y parece impregnarse del tacto fino, suave, agradable del traje de seda roja; el único disfraz que sobresale del batiburrillo, más o menos desordenado, de personajes dispares que he encarnado en años sucesivos: cowboy, gnomo, payaso o monstruo de las galletas.

Poco a poco, se despierta en mí el olor a lejía de las aulas recién fregadas, y el olor dulzón de chocolate a la taza, y los restos de tiza, de lápices de colores, de rotuladores permanentes, inundando para regocijo de la vista y del olfato cada uno de los rincones de la guardería. Apenas importa si llovió o hizo sol. Apenas recuerdo nada más: se me difumina el día. No importa: ese “eslabón perdido” me lo invento si es necesario. Tengo la sonrisa perfecta. Y me siento alrededor de mis compañeros de aula, con una sonrisa perfecta también, vestidos de hada, de capitán, de mosquetero, de juglar. Podría decirse que encarnan la ingenua fragilidad de los pequeños hombrecitos.

Es la época en que vivía mi abuela, la época en la que creía que los únicos que morían eran los personajes famosos, y el mundo todavía estaba por escribirse, por explicarse. Vulgar y anodinamente, sin poner ningún sentimiento, era la tan manida y manoseada “tierna infancia”. ¿Cómo me sentía entonces? Ahora miro con otros lentes, empañados de melancolía. Quizás sea verdad que no era tan feliz: a pesar de esa sonrisa perfecta en esa tarde perfecta de carnaval, recuerdo que era solitario, terriblemente solitario; aunque con deseos gregarios, sin muchos amigos.

Probablemente por eso, por anhelar las futuras tardes de silencio, la soledad ya conquistada y degustada, me convertí más adelante en novelista, cuentista, columnista. Entiéndase: el ser solitario sin convicción, más tarde por vocación. Y me digo que son nuestras vidas, las que decidimos vivir con todo el arrojo y el tesón por mucha desesperación que experimentemos. Escribir a pesar nuestro. Respiro hondo y me observo en el ordenador, el espejo de mis emociones; terminado el café que me ha “despertado”, me imagino ese traje de chino rozando mi piel, ese pasado. Eso sucedió hace mucho tiempo. Lo dejo atrás, abandono definitivamente aquel disfraz, ahora convertido en escritor.

EL SOL SE HA LEVANTADO SOBRE EL MUNDO

Me despierto con la luz matinal que atraviesa la persiana del dormitorio. El sol camina hacia su cenit con sus matices diferentes de luz; yo me acomodo al nuevo día, después del recogimiento nocturno, y me abro al mundo, a lo bueno y a lo malo que pueda ofrecerme, sin apenas sentir el desgarro de hace unos días, mi mal de amores, mi decepción.

solEn mi itinerario hasta el baño, tarareo Volver. La melodía resuena en mi cabeza; no puedo ignorarla. E inmediatamente después medito en torno a esta canción: pisar las mismas baldosas devuelven un eco diferente. Lo mismo ocurre con las calles, con los museos, con las tiendas, con los jardines que visito: Como un lobo de Miguel Bosé de viaje en AVE a Madrid o el Everything de Michael Bublé cuando volaba hacia Nueva York son distintas si las escucho ahora, en casa. Cada canción ofrece una visión nueva: una ciudad, un mismo lugar es muchas ciudades, muchos lugares.

Más allá de la compañía de la música, cuando la soledad teje muros de araña triste en torno a mí, cuando podría compartir lo que veo y escucho con alguien más, si viajo al extranjero, suelo alojarme con familias autóctonas, y si es por España suelo ir adonde tenga amistades. No se me ocurre ir a Toledo o a Salamanca, hoy por hoy, aunque me encantaría, pues allí no conozco a nadie, y no quisiera sumirme en un estado melancólico. La soledad solo es buena en tanto pueda transformarse en creación, en tanto que reflexión: solo cuando el escritor se aísla para convertir sus aventuras en materia novelable. Yo, como artista, necesito ese resquicio para construirme, para saber hacia adónde voy.

Quizá eso tenga que ver con lo que decía Susan Sontag en una entrevista: un escritor es alguien que presta atención al mundo y escribir es una vocación heroica. Al final, un escritor, y por ende un artista, el verdadero artista, no es más que alguien un poco más sensible que el resto, que se preocupa por entender la vida, analizarla y exprimir todo su jugo para después transformarla en arte. Esa vocación es “heroica”, en tanto en cuanto debe aceptar el dolor o la tristeza y reconvertirlas: observar el itinerario del sol sobre el cielo, captar su esencia y corresponder a ella. Transcribirla, aun a riesgo de idealizarla. Es, en el fondo, la razón de tanto viaje y tantos caminos transitados: dar testimonio de ese día que empieza, de que nosotros estábamos ahí, todavía en el mundo, en ese dejar de estar solos, justo cuando se levantaba el sol.

OBRAS INCOMPLETAS

He cogido el autobús para venir hasta esta biblioteca. Me dispongo a pasar otro día aquí, para devorar montañas de libros. Selecciono unos cuantos, los llevo a la mesa para consultarlos; inspirado por ellos, me dispongo a escribir. Mi mano empieza a teclear en el ordenador,  el antídoto perfecto a la monotonía cotidiana. El tema ha surgido a raíz de observar reunidas tantas obras completas, en un intento por abarcarlas. La libertad que respiro me hace reflexionar: he llegado a la conclusión de que, si algún día publico las mías serán, por defecto, obras incompletas.

¿Por qué incompletas? Porque no sé si sobreviviré a la muerte, si habré escrito suficiente, tanto como quisiera, ni si la fatiga de la existencia y, sobre todo, si la guadaña mortal segará las ideas que solo podrán ser publicadas póstumamente. Mis poemas, mis novelas, mis cuentos no son ni serán más que la suma imperfecta de una vida dedicada a los libros: imperfecto el tono, imperfecto el alcance.

Pío Baroja
Pío Baroja

Así, he llegado a la conclusión de que el arte solo es importante, necesario, precisamente gracias a esa finitud, a esa imperfección, a la muerte, no a pesar de ella. La muerte llama a la misma vida; solo su límite nos completa, nos transforma. El tema de la vida es infinito y ningún artista puede agotarlo ni contenerlo totalmente, lo que lo hace grande, porque se mueve en las aguas del misterio, en la música de la ensoñación. Las desavenencias que al artista le tocaron en suerte le sirven para sobrepasar los límites de su precaria existencia, difícil, inevitable. No basta con un solo sujeto: el mundo está hecho de siglos, de milenios, de vidas pequeñas. El gesto del artista es el testimonio frágil, poderoso que apresa las migajas esparcidas inútilmente por el viento.

El conocimiento está por encima de él, muy arriba, le sobrepasa; solo si escribe, si crea, se siente abarcando, por instantes, el mundo que observa desde el balcón al despertarse por la mañana. Como las ideas platónicas, la totalidad se encuentra en alguna parte: el artista lo único que puede hacer es siquiera nombrarla, sugerirla, vislumbrarla. Eso es a lo que aspira: a convocar a sus lectores alrededor de esas palabras que surgieron misteriosas, opacas, pero que, sin embargo, le identifican. Que sobrevivan no es tema para esta columna, ni es importante para mí. Solo aspirando a cosas mortales, puedo crear obras maestras, grandes en su finitud, como el claroscuro de un dibujo al carboncillo, el fragmento de otra obra mayor, la vida.