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EL ABRIGO DE DELIA MARTÍN

No habrá más realidad humana si no la crea, también, la imaginación humana.

CARLOS FUENTES

 

“Yo te presté mi abrigo. Respóndeme, eh, ¿por qué no me lo devolviste?”

*

Estaba claro: se le aparecía el fantasma de un hombre, su único hombre. Quizás, Delia Martín se había portado mal con alguien en otra vida. Quizás, tenía enemigos, y eran, esta entrega y devoción, sus mejores galas para entrar en el Paraíso. ¡Podían ser tantos los motivos!

*

Yo la conocí por casualidad. Vi un anuncio en la calle, su anuncio. Yo había venido del Este, la tierra de mis padres, y aquí me establecí. Mis dos hermanos mayores desaparecieron sin dejar rastro: nuestro padre era un maltratador, y querían estar lo más alejados de él que pudieran. Se inventaron otras identidades; hoy es imposible seguirles la pista, como no sea contratando a un detective privado. Pero a mí no me van esas cosas, prefiero no investigar.

Huí de mis padres, y ahora tampoco deseo saber nada. También yo cambié de identidad; como mis hermanos, me registré en la comisaría con otro nombre, para que fuera más difícil dar conmigo, y ahora soy Marco (no Marcos) Blues, por eso de la tristeza de los desarraigados de nacimiento.

Yo no querría haber tenido nada que ver con Delia Martín. Pero es que el azar (o simplemente la vida) me la ofreció en bandeja.

 Aún están ante mis ojos su extrema delgadez, su rostro de lechuza. Su manera delicada de coger los cubiertos. Poseía un piso enorme, se dice que de resultas de una herencia. Era dueña, desde hacía mucho, de una papelería, situada en el callejón frente al instituto de secundaria.

 Se sabía que no tenía mucho dinero, ya se lo habría gastado en decorar y modernizar el piso. Lo poco que ganaba lo dedicaba a la beneficencia:  admitía en su hogar a chicos y chicas sin hogar o que habían huido de él. Hijos de extranjeros que hablaban perfectamente el español, como yo. Adolescentes con problemas, inadaptados; estudiantes, las más de las veces, del mismo instituto que el mío. Menores que aún no podían vivir solos. Es de suponer que Delia Martín vencía, así, su aislamiento y tenía una razón más para vivir. Estoy convencido de que quería dominarnos, más allá de prepararnos para el porvenir, cosa que no podía hacer en la papelería, con los chicos que se abalanzaban en el mostrador.

Las malas lenguas decían que se enamoró de un cliente asiduo, un tipo de su edad, más o menos, y que cuando sufrió un desengaño, uno nada más, ya no quiso saber de los hombres. ¿O tal vez esperaba que alguno de nosotros se convirtiera en su nuevo amante? Iba perdiendo su antiguo atractivo mientras se le presentaba en sueños el fantasma de aquel hombre…, o eso me parecía.

El primer día que llegué, hizo gala de un protocolo generoso, el mismo, me contaron, que con el resto de estudiantes: “Toma estas sábanas limpias y este neceser con jabón; tu habitación está al fondo del pasillo, la última a la izquierda. El baño, justo a la derecha. Algún día me lo agradecerás”.

¿Qué quería decir con eso? Yo aceptaba porque no tenía otra alternativa.

Mi cuarto tenía balcón, y eso me gustaba. Me despertaba con el rumor de las palomas grises y retozonas. Mimosa, la gata de la que se enorgullecía Delia, las alejaba con sus zarpazos las contadas ocasiones que salía al balcón.

“Esta es vuestra casa; cualquier cosa que necesitéis, me lo decís. Os ayudaré, pero, por favor, no cojáis lo que no es vuestro, lo que sirve para todos, ¿me habéis entendido?”

¿Qué habría detrás de tanta filantropía?

Yo siempre había podido soportar las mentiras que me contaba a mí mismo, no las de los demás.

Aun así, la mujer parecía bondadosa, ¿de qué podía yo culparla?

 La rutina era la siguiente: Delia se levantaba a las siete. Dejaba el café y los bollos, sobre la mesa de la cocina. Desayunaba (porque la pillé un día que me desperté antes de las ocho) un horrible pan de centeno con margarina y un queso que apestaba en la nevera. Luego, a las diez, hora del descanso de los alumnos, abría la tienda, hasta las dos o las tres. Y luego, por la tarde, cuatro horas más. ¡No sé cómo no se hartaba de vender golosinas y libretas a estudiantes maleducados!

*

“Cómete todo. No tienes que dejar migas. Hay muchos chicos como tú a los que les gustaría vivir aquí, tener tu suerte”.

*

   Y, un día, sucedió…

Ocurrió una tarde. Era invierno, pronto tendríamos vacaciones en el instituto. La casa estaba caliente, estaba encendido el radiador. Mimosa revoloteaba de aquí para allá, mientras la música del tocadiscos sonaba a todo trapo. Delia Martín era una mujer de la vieja escuela, se conoce que, para rendir tributo a sus muertos, razón segura de por qué en aquel piso no había televisión, ni ordenador, ni microondas; solo radio.

Después de la cena, todos estábamos aburridos y cansados, no queríamos salir a la calle por el frío y no hacíamos nada más que eso, vagar:  estábamos (cuatro inquilinos para cuatro habitaciones) sentados en los sillones, en el sofá, en la alfombra del cuarto de estar. Pedro, tocando la guitarra; Fermín cuchicheando, en la alfombra, con Martina. Y yo, aún más abúlico que el resto, garabateando en mi libreta.

−Pandilla de holgazanes… ¿así es como queréis que sea vuestro porvenir? ¡A estudiar, vamos!

Sus palabras me hicieron sentir incómodo, y yo deseaba vivir la historia que había estado escribiendo. Quise huir de allí, huir lejos. Cogí la mochila y un abrigo, el abrigo de Delia Martín, colgado en el perchero del recibidor, y me fui sin avisar. Aquella mujer era una mujer extraña.

Mientras bajaba las escaleras, de dos en dos, oí cómo Delia abría la puerta y decía:

−¡Marco! ¿Adónde vas, corriendo? Espera… , ¡el abrigo! Te llevas mi abrigo de marta…

Yo le respondí:

−Adiós.

−¿Por qué? ¿Es que no me porto bien contigo? Vamos, dímelo…

−¡Tengo que vivir!

Y no le hice el menor caso. Me sentía poderoso. Salí y corrí, corrí, como si fuera hasta la playa y atravesara el mar, nadando con todas mis fuerzas. Lejos, donde no me alcanzara, ni Delia Martín ni su voz ni sus fantasmas, casi sin poder respirar, exhausto.

*

Pero mi huida tenía, en efecto, fecha de caducidad. No podía permanecer en la intemperie demasiado tiempo. Pasaron una, dos semanas. Había querido estar lo más lejos posible de todo y de todos. Fundirme con los pobres; experimentar su misma ansiedad, su hambruna. Me escondía, ¿de qué o de quién? ¿Lo sabía? Era un acto suicida dejar el instituto, justo antes de los exámenes. No tenía lugar dónde estudiar, la calle estaba húmeda y las noches, más frías que nunca. No fui al centro de acogida que la profesora encargada de Asuntos Sociales nos había nombrado en una charla el primer día de clase, que habría sido lo más sensato por mi parte. No quería ver a mis compañeros de instituto. Prefería dormir en la calle.

Cuando se me acabaron los ahorros, regresé a casa de Delia. Allí estaban también el resto de mis pertenencias que no me había llevado en mi huida. Entonces, nadie contestó en el interfono. Era, lo recuerdo bien, por la noche; no había luz en las ventanas. Nadie. No me atreví a llamar a los vecinos, puesto que no quería despertarlos. Entonces, me dirigí tan rápido como mis fuerzas me lo permitieron hasta la papelería.  En él, un cartel anunciaba: “Cerrado por defunción de la propietaria”.

¿Tendría el abrigo algo que ver con todo esto? ¿No tendría propiedades mágicas para todo aquel que lo llevara consigo? Aún hoy, oigo la voz imaginaria de Delia, suplicando, requiriendo su prenda de vestir: “¡Devuélvemelo! ¿Es que no sabes que mi madre me lo regaló cuando yo era una niña?”

Salí del tiempo, y yo llamaba a los hijos que nunca tuvo, para darles el pésame. Soñé que Delia me regalaba el abrigo… “¿Cómo vas a ir por la calle, con el frío que mete?” Nunca se lo devolvería. Yo sabía que era medio salvaje, como me decían a menudo los profesores. Por eso lo había robado. Había aprendido costumbres zafias, sin padre, sin madre, sin hermanos a la vista. Había aprendido a sobrevivir.

No había podido despedirme de ella. ¿Me perseguirían sus fantasmas?

A pesar de que ya era medianoche, volví al edificio de Delia y llamé, ahora sí, consciente de la gravedad, a uno de los vecinos. Era él que había colocado el anuncio en la persiana de la papelería…Me lo explicó todo, con pelos y señales. Me dijo dónde estaban los demás estudiantes, ahora que la casa estaba sin un alma: en el centro de acogida.

Todos suspendimos al menos una de las asignaturas en los exámenes de Navidad de tercer curso.

*

Volví al centro de acogida, junto a Pedro, Fermín, y Martina. Justo en la entrada, observé cómo un viejo pordiosero daba de comer una lata de atún a un gato (quise creer que era Mimosa), que sujetaba con la correa, me observaba con los ojos en blanco. Era igual que yo, unos días antes, en mis peregrinaciones nocturnas por la ciudad. Quería deshacerme del abrigo de marta, así que se lo regalé.

No fue por altruismo, sino por miedo. Miedo a caer en el hechizo, la maldición de una mujer fallecida por consecuencias inesperadas, extraordinarias. Daba mala suerte. No me gustan los fantasmas; nunca quise ser Hamlet.  El abrigo me había llevado a la autodestrucción; había desintegrado mi ser. Solo sin él, en el centro de acogida del ayuntamiento, me restablecería.

*

¿Qué pasó con el viejo pordiosero? ¿Murió por llevar el abrigo demasiado tiempo? Lo ignoro. Lo cierto es que ya no se quedó pidiendo limosna allí, junto a la entrada del centro de acogida. Tal vez sea un nuevo inquilino del cementerio.

 Que los hados me protejan: ya nunca, nunca más, robaré ni regalaré nada.

 

Barcelona, 6 de julio de 2020.