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ALEGRÍAS IGNORADAS

Hace una semana escasa fui a la biblioteca de la Fundació Tàpies, como ya viene siendo habitual en mí, buscando la inspiración que a veces se me niega encerrado entre las cuatro paredes de mi piso y, hurgando por aquí y por allá, me topé con dos o tres libros de cerámica picassiana. La curiosidad me mató, como aquel que dice. Hoy he hecho acopio de una ingente fuerza interior, en un intento de ver más allá de los libros; he vencido la pereza inicial y he cogido el metro hasta el Museo Picasso en esta mañana de viernes lluviosa, de principios de diciembre, en busca de terracota y de barro cocido, ese terreno completamente desconocido para quienes no somos estudiosos del artista malagueño. He tenido que aguantar quince minutos de cola reglamentaria en la calle hasta que, por fin, he podido entrar.

Nunca me ha atraído la cerámica de ninguna clase ni de ningún autor tanto como ahora. En mis años de escuela, al tiempo que se despertaba mi interés por la pintura, cuando visitaba el Museo Picasso siempre pasaba de puntillas por las salas  dedicadas a la cerámica. Admiraba más los óleos de la época rosa, los dibujos a sanguina de amazonas o sus visiones y versiones de las Meninas velazqueñas al final del recorrido.

Así, estas obras de arte se han convertido en mis nuevas alegrías; son, en realidad, mis alegrías ignoradas, las que precisamente ahora se me han revelado. Nunca es tarde, me digo. Sí, no han muerto, no han quedado en el limbo, sino que permanecen en  mi memoria la amalgama de criaturillas, bestezuelas de la noche, de su noche; del goce, de su goce; también del dolor, del subsistir.

Se diría, y es a lo que voy, que su cerámica es una mezcla de arte culto y popular, de torno, mitad escultórica, que recoge con maestría la belleza y el espíritu del Mare Nostrum, nuestro Mediterráneo ibérico, griego, romano y fenicio, con sus tradiciones y sus ritos: las mujeres, los faunos, los pastores; los toros, los pájaros, los búhos, las palomas de la paz; los bodegones. La cotidianidad, en fin, del presente y de la antigüedad, reunidos en Picasso para hacer de nosotros no meros espectadores, sino valiosos interlocutores.

He salido del Museo renovado, deleitado (lejos de la zahúrda en que se convierte a veces mi vida), gracias a ese pequeño mundo íntimo de platos, jarrones y boles de fruta. Los tengo en el día a día y no los aprecio; sin darme cuenta, me limito a ir matando las horas, sin darme cuenta de que la realidad está en ocasiones como abierta en canal en la mesa de disección de la morgue. Ahora puedo decir que Picasso, más que ningún otro es, a pesar de todo, a pesar de El Guernika, el artista chirigotero, el artista festivo, el que me  hace renacer de las cenizas, al mismo nivel que Miró, el orfebre telúrico por excelencia. Un arte casi infinito para Picasso, empeñado en descubrir, en abarcar todos los estilos, en mostrar su joie de vivre, su alegría vital. Él, más que ningún otro, fue y todavía es y será el ímprobo músico de la línea y del color: gracias al trazo firme de su mano, las líneas se vuelven música a mis ojos, integrando arte y vida.

No me cabe la menor duda de que no solo los grandes lienzos captan el alma de este artista. La cerámica puede y debe hacer las veces de la pintura. Es más: la cerámica es, también, según como se mire, pintura. Es su prolongación, no un mero ensayo o una prueba de obras mayores. Igual que el que escribe cuentos no puede considerarse un aprendiz de novelista, sino un artista en toda la extensión de la palabra, por derecho propio. Esas figuras de terracota o de barro cocido, que sobresalen de la jarra o del platillo, son también, cómo no, parte privilegiada de él. Sería injusto relegarlas a un segundo plano. El genio debería apreciarse como parte de una evolución, de un renacer constante. Nos empeñamos en que solo la pintura o el dibujo tienen validez artística. Estoy convencido de que estudiar y comprender la cerámica es y será una tarea inaplazable para mí; se ha convertido en una nueva obsesión, una necesidad; una afirmación del propio mundo y una llamada a la armonía en la desarmonía, de paz en la guerra, de sabiduría visionaria.