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LOS PLIEGUES MORALES DEL DIABLO

Hoy hablaré de la crueldad. Y empezaré diciendo que las obras artísticas crueles no solamente nos hieren, sino que nos conmueven en el buen sentido. Así, un cuerpo desfigurado en una tela de Francis Bacon nos ataca por dentro, nos horroriza, pero también nos deja la huella de lo sublime. Las palabras, los obscenos gestos del diablo, nuestras canciones tristes y oscuras, son mantras que resuenan; ecos, voces interiores que nos llaman, a fin de que luego nosotros hagamos el esfuerzo de captar la belleza huidiza en medio de ese territorio de destrucción. Hablar de un arte cruel y sublime parece una paradoja, pero no lo es tanto. Es posible.

Autorretrato (1969), de Francis Bacon
Autorretrato (1969), de Francis Bacon

Los artistas de la crueldad renovaron el canon en tiempos difíciles, para bien y para mal. El clima de la guerra y la posguerra facilitó la irrupción de las vanguardias, del expresionismo y, más tarde, del existencialismo. La belleza, pero también la maldad, el horror, debían representarse, sin que ello resultase un mero regodeo intelectual, un simple experimento. El espectador o lector debía asumir que las obras trataran, no solo de la belleza, sino también de la fealdad. El creador no había de embellecer la realidad, sino mostrarla tal cual era.

Algo de eso sucede hoy también. Quería ser pintor, y acabé “pintado” por el mundo es lo que diría cualquier artista del oficio. Se  empieza siendo naif y más tarde uno acaba inundando su obra de violencia. Se diría que la misma vida reclama el horror. El escritor, el artista puede pervertirse y, de hecho, se convierte en el mismo diablo, pero tiene que disimular, si quiere ser grande, tras los pliegues morales insinuados en el ropaje de su obra.

A veces es muy difícil determinar hasta qué punto es sincera la huella que desea dejar en los demás; si, en definitiva, es algo auténtico o postizo. En el caso de Picasso, sí lo sabemos: llegó en su madurez a destruir lo que amaba. Así, los retratos de Dora Maar son crueles, auténticas caricaturas pictóricas. Sin embargo, no habrían sobrevivido sin la mirada espiritual del artista que llevaba a cuestas, la de los saltimbanquis y amazonas de la época azul y rosa, que mucho antes había pintado hasta la saciedad, desnudando su corazón.

Quizás, al final, el diablo y, por ende, el infierno, no sean más que la verborrea mental del escritor, del artista, que reúne en su cabeza todo el mal, toda la perversión posible, como terapia para vomitar su desasosiego. Porque sabe que ha de sacar lo mejor de sí mismo: la ternura, la compasión, la sensibilidad. Porque, ¿qué lector o espectador desea ver las malas artes reflejadas de continuo en una novela, en un cuadro? En una sola página, en una única sala de un museo, puede ser, siempre y cuando no se convierta en un exceso, en un empacho. Todo buen artista debería reflejar la poesía de la vida, una pequeña fiesta que combina el dolor y el placer, el ateísmo y la espiritualidad, el caos y el orden, lo monstruoso y lo erótico, la oscuridad y la luz.

EL APRENDIZAJE DE LA ACEPTACIÓN

personalUna cuestión personal.  KENZABURO OÉ. (Editorial Anagrama). 189 páginas. Barcelona, 2015.

El mundo de Kenzaburo Oé (Ose, Japón, 1935) transita muchas veces entre la pesadilla y la realidad. Sus personajes sufren del tedium vitae cuando no ven más horizonte, mejor perspectiva, que el sucumbir a la locura. Pasionales o débiles, da igual, siempre acaban siendo humanos en sus decisiones y en sus incertidumbres. Oé es fiel a Japón y a su paisaje pero da un paso más y se occidentaliza; va más allá del retrato del Japón tradicional de Kawabata o Tanizaki. Trata de problemas que se desmarcan de las costumbres niponas para abrirse al mundo. Es japonés y ciudadano cosmopolita a un tiempo.

Una cuestión personal, la novela más importante del escritor japonés junto con El grito silencioso, retrata la bajada a los infiernos que no depara ni prevé el milagro; si acaso, un milagro demoníaco. Bird, un profesor de inglés, con una cabeza semejante a la de un pájaro, que deambula, henchido por la rutina y la apatía, por las calles del Tokio contemporáneo, tiene un sueño por cumplir: ir con su mujer al extranjero. La primera escena del libro se sitúa, pues, ante el escaparate de una tienda, cuando decide comprar una guía Michelín y así poder planificar con mayor acierto su futuro viaje a África. Sus planes pronto se vienen abajo cuando su mujer da a luz a un bebé “monstruoso” al que se le diagnostica una hernia cerebral. Los médicos le pronostican una muerte inminente, o, en el mejor de los casos, una vida de vegetal.

El escritor y Premio Nobel Kenzaburo Oé
El escritor y Premio Nobel Kenzaburo Oé

Bird se refugiará en el alcohol y en el sexo. Durante toda una semana, en una suerte de odisea urbana, le “asistirá” Himiko, una antigua compañera de estudios. Esta le propone recurrir a un médico abortista, deshacerse del bebé y así ver cumplido su sueño africano.  El bebé “monstruoso” es el escollo, la barrera que le impedirá vivir la aventura. Sin duda, se trata de un rito de paso sui generis. ¿Ir hacia adelante o hacia atrás? Se da cuenta de que si “mata” al bebé, se mata a sí mismo también, y deja atrás una parte de sí; la responsabilidad frente al absurdo debe redirigirse para enfrentarse a la culpa, que todos, de alguna manera, llevamos impresa en nuestra frente desde el nacimiento: le mal de vivre estilizado, domesticado.

En pocas palabras: llegamos aquí al aprendizaje de la aceptación. Como dice Himiko: intentarás justificarte y salvar tu matrimonio a expensas de distorsionar la realidad (…) Y acabarás destruyéndote (pág. 138). Uno ha de resurgir de entre las cenizas si quiere seguir viviendo: es la gran enseñanza del existencialismo francés que Oé recupera para sí, para Bird y, de paso, para nosotros, los lectores. He aquí una única certeza en un mundo absurdo e inabordable: podrás engañar a los demás, pero nunca a ti mismo.

Lo mejor de Oé está entre las páginas de este volumen: su estilo sobrio y depurado, la tensión narrativa de la frase corta, las constantes comparaciones de personajes con animales. Todo le sirve para el mismo fin: debatir extremos, situaciones algo remotas pero posibles. El lector ideal del libro sería el lector osado al que le guste filosofar, pronosticar, ponerse en la piel de los demás e improvisar soluciones, hasta decirse como el sabio Terencio: hombre soy y nada humano me es ajeno.

CULPA Y LIBERTAD

la caidaLa caída. ALBERT CAMUS. (Alianza Editorial). 127 páginas. Madrid, 2003. Traducción de Manuel de Lope.

Durante mucho tiempo Albert Camus (1913-1960) fue considerado el emblema ético e intelectual en una Europa casi apocalíptica, la tabla de salvación frente a tanta ruina moral. El “no” final del viejo criado de El malentendido, triste, condenatorio, absurdo, es la transposición, el símbolo, en lenguaje verbal, casi onomatopéyico, del nihilismo que floreció entonces, que deseaba negar la realidad posbélica al tiempo que intentaba rehacerse de las heridas. Territorio este fácilmente extrapolable al momento incierto que vivimos ahora, cuando de nuevo la derrota de las ideologías en plena crisis económica nos hace plantearnos los modelos, buscar desesperadamente los caminos seguros con que transitar en medio de la incertidumbre.

La caída, publicada en 1956, es la tercera novela de Camus que tengo el honor de leer. En ella, un personaje llamado Jean-Baptiste Clamence va hilando ante nosotros, los lectores, la historia de una vida ya mediada, analizando de paso, con detalle, buena parte del comportamiento humano. Recorre los canales, las islas y los bares de Amsterdam acompañado por un hombre anónimo al que se dirige durante toda la narración, interpelándolo, interpelándonos. Trasunto del hombre mediocre, vencido por el cauce desbordante de la realidad, sometido a la opinión y el juicio de los demás, Clamence está ensuciado por la vida y no puede evitarlo; le corroe, le rodea, le oprime, igual que la neblina holandesa que cubre los rostros de los transeúntes que pasan junto a él.

La caída, alegato contra la pasividad, testimonio que mueve rápidamente a la acción para superar ese clima de amoralidad, de mediocridad, contiene imágenes y pensamientos de mucho aliento. Somos culpables de nuestros actos ya desde el nacimiento (no hay inocentes, pues cuando no actuamos también somos corresponsables de lo que sucede) y toda nuestra actividad se centra, consiste precisamente en demostrar nuestra inocencia, en ser inocentes ante los demás, en que nos perdonen, para lo cual el fin justifica los medios y conservar las apariencias es el juego favorito. Como dice el narrador “cuando todos seamos culpables, entonces viviremos en democracia” (pág. 118).

albert camusHemos de asumir nuestra libertad. Estamos destinados, condenados a ser libres. El tono existencialista recuerda a los mejores textos de Sartre. Aparecen pequeñas gemas, pequeñas perlas filosóficas. Clamence afirma que, frente a esa terrible o fantástica libertad de acción o pensamiento (todo depende de cómo se mire) nos supeditamos al juicio y a la aprobación de nosotros mismos y de los demás: “La sentencia que uno aplica a los demás termina por volverse contra uno (…) No podemos condenar a los demás sin juzgarnos” (pág. 119). Para salvaguardarnos, no dudamos en usar la mentira y nos enfrentamos a las pequeñas hazañas cotidianas sin demasiado cinismo aunque sin demasiada virtud. El abismo es profundo: aparentemente todo vale en un mundo desprovisto de dioses benefactores. El protagonista es, por ello, un hombre vil y un hombre lúcido al tiempo, como muchos de nosotros, que reflexiona compasivamente sobre su propia derrota y la de los demás, pormenoriza su vida y la disecciona sin clemencia.

Rescatar, desempolvar un libro como este me ha permitido bucear, profundizar en la obra de Camus y en su ideario, que nos sigue interrogando desde algún lugar del pasado hasta este presente. El título remite al destierro del Paraíso de Adán y Eva; apartados de esa existencia plácida, se enfrentan, son arrojados a la vida, a la atmósfera ruinosa, al infierno vital, dibujada sobre el telón de fondo de ese Amsterdam de canales, puentes y barcos. El absurdo nos acucia: somos, sin distinción, perdedores y ganadores a la vez, no hay buenos ni malos. Precisamente ese “no juzgar” del protagonista-narrador y del propio Camus contribuye a que no sea un panfleto facilón de azucarados tonos pastel, sino una profundísima autocrítica moral e intelectual de aquella posguerra, cuando las heridas y la sangre eran todavía muy recientes y donde la humanidad debía recomenzar, tomar aire y seguir adelante.