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LA USURPADORA DE BESOS

Los best-seller no me interesan; dejo que otros los escriban por mí. Los best-sellers pintan bien poco en mi día a día. Si hay algo que me impulsa a mantenerme vivo no es el éxito, ni la fama, sino la escritura, la tarea del escritor por sí misma. Lo único que me importa es escribir, más incluso que los saraos con tufillo intelectualoide, salir de fiesta o ir al cine. Como ya he venido haciendo hasta ahora, voy a dedicar todos mis esfuerzos, toda mi vida, a la literatura, a crear buenos libros, con o sin reconocimiento. Esto me enorgullece: quiero dejarme la piel pero no la decencia en el intento. Quiero invertir el tiempo en la salud de mi alma.

amorHe hecho consciente una decisión que tomé ya hace muchos años, desde la mirada del niño que quería crecer rápido para ser mayor de edad y publicar su primer libro. Dejé enseguida el esnobismo, la querencia de ser famoso o de ganar mucho dinero, cuando franqueé el umbral, la atalaya que la conciencia artística concede al pequeño de la familia, al raro, al original. El aprendizaje en el planeta de la escritura es lento y difícil; requiere apoyarse en un recodo para que las vueltas del camino no sean tan fatigosas. Puedo decir que durante mi infancia, como cualquier otro menor, aún no distinguía los límites: la niebla entelaba mis ojos. Quería crecer rápido, también, para participar en tertulias, para salir por la televisión o la radio.

Ahora sé reconocer cuando el escritor es verdadero, cuando tiene madera de novelista, cuentista o poeta, algo así como el científico de un laboratorio o el conservador de momias disecadas de un museo de cera: un mero observador con la vista afilada, en fin, de lo que muere, de lo que se esfuma, de lo que se debilita, mientras va deambulando, algo desorientado, por este mundo. Esta es mi familia.

El buen escritor, quiera o no, acaba conociendo la regla básica: que cuanto intenta, quizá a la desesperada, es ganar la partida a la muerte; sortear, como buenamente pueda, su fracaso relativo. El fracaso de no poder retener el tiempo, cuyas horas apenas resiste a vivirlas, a soportarlas, ante el rostro frío y marmóreo de la muerte. Esta se lo lleva todo: nuestros yos sucesivos; nuestros esfuerzos, ilusiones y desilusiones. Es una usurpadora, con todas las de la ley, de nuestro itinerario o vía crucis hacia la nada. Es el amor de una amante posesiva; la coprotagonista de nuestras caricias y de nuestros últimos y mejores besos. La que deja que perdamos la vida, pero dejando, al final del túnel, lo que puede sobrevivirnos: el hálito del artista conservado en el papel.

Esta columna podría parecer un auténtico ajuste de cuentas conmigo mismo; por qué escribo y por qué la gloria me parece deleznable e inauténtica. No diría un panegírico de la novela o del cuento o de la obra literaria, sino más bien un hacer evidente lo que ya se cocía por dentro y que hasta la fecha no había sido capaz de verbalizar. Algo de eso hay. Lector del futuro: piensa que un buen libro es la mejor compañía contra la  muerte; lo demás, importa muy poco. Nada más hacen falta buenos autores, buenos libros, buenos traductores, y lo más importante, yo diría: buenos y muy perspicaces lectores. Lo demás no es tan importante como pensamos, como nos incitan a pensar algunos. La usurpadora de besos, si nos arrebata el último aliento, será con el único beso necesario, posible, deseado. El beso final a la palabra escrita, a la palabra consumada.

EL MILAGRO DE LAS SONATAS

El sábado pasado asistí, en el Real Cercle Artístic, al concierto del jovencísimo pianista italiano Daklen Difato. Tocó de memoria, sin ayuda ninguna, sonatas de Scarlatti, Haydn, Mendelssohn y Chopin. Una delicia. Disfruté con los tiempos rápidos, los allegros y prestos, alrededor de aquella sala neoclásica. Difato, de apenas dieciséis años, lo bordó desde el principio. Tanto es así que su espíritu flota, perdura aún en mi memoria, ahora, por entre el espacio cerrado de mi habitación, mientras escribo esta columna.

pianoEl piano es, con mucho, mi instrumento favorito, cuyas notas querría que resonaran como telón de fondo en mi entierro. Adoro las sonatas de Mozart, de Schubert, de Chopin: son el pan del corazón del hombre, como llamó Camus a la necesidad de la pura belleza. Son mis maestros, mis clásicos. Detesto lo experimental. Tiendo solo a aquellas piezas avaladas por el paso del tiempo que, como se suele decir, pone las cosas en su lugar. Todo esto viene de muy lejos, de hace mucho; de hace más de veinte años, del viaje de fin de curso a Mallorca. Allí, a mis catorce años, en la cartuja de Valldemossa, descubrí a Chopin, descubrí su Tristeza de amor. La melodía era cristalina, directa. Fue, ya lo creo, un enamoramiento a primera vista.

Tal vez sea cierto que los que escuchamos encandilados un concierto como los ya mencionados, podemos llegar a idealizar la fama. Esto puede ocurrir cuando pensamos en músicos  obsesionados en elaborar grandes composiciones; la obra total wagneriana, sin ir más lejos, que espera tener una gran repercusión mundial. Sin embargo, estoy seguro de que los jóvenes intérpretes, y sobre todo los no tan jóvenes, sienten que su vida no es solo el deslumbrarse por los aplausos del público, o por los CD que editan, sino algo mucho más grande: el milagro de la fantasía. Yo añadiría: en mi caso, el milagro de las sonatas; su inmediatez, su proximidad. Detesto las sinfonías por su grandilocuencia. Puedo tolerar los valses y las óperas, pero apenas la ampulosidad, la solemnidad de las sinfonías. Prefiero un solo instrumento: los solos me sosiegan, me ayudan a ser fuerte, a tener esperanza, a seguir adelante. Las sinfonías lo único que consiguen es enfurecerme.

Dicho esto, quizá para entender mejor a los grandes compositores, inconscientemente, en más de una ocasión me ha tentado aprender solfeo. Sí, y para que mi escritura fuera más musical; para que uno cuando leyera mis libros sintiera la música de las palabras. Pero no: sé que, los que abrazan, leen y respiran las partituras, pueden y tienen que dedicarse solo a eso, a su carrera de virtuosos, como el que aprende parsimoniosamente a escribir caligrafía china; no tienen tiempo de nada más, ni de ir de flor en flor, como a mí me gusta. Yo bastante tengo con salir airoso, con juntar palabras, una detrás de otra.

Quizás exista una verdad universal: que estamos predestinados a un solo arte. Y entonces las mazurcas, los impromptus, las sonatas, al fin son, como las novelas o los cuentos, como si una luz naciera, apareciera en medio de la noche y nos iluminara. Como si entráramos en otra dimensión, en la que no caben solo las palabras sino los gestos en el aire, los sonidos escondidos, eternos: bolas de fuego o copos de nieve que nunca cesan de caer del cielo. El  misterio del mundo, pues.

 

 

EL FANTASMA DE LA FAMA

A menudo me he representado yo solo, en flashes de imágenes, mi futuro como novelista y el salto que seguramente tendré que dar desde el anonimato hasta la popularidad. Este es el riesgo que entraña el querer ser reconocido, el riesgo especialmente si eres novelista y deseas llegar a un público amplio. ¿Debería, por ello, rechazar la publicidad con que me puedan acoger los medios y aislarme, sin que me hagan fotos ni entrevistas ni videos promocionales y adscribirme así a la categoría de ermitaño? ¿No es mejor el destino del poeta del que sabemos que solo llega a “la inmensa minoría”, sin que apenas un humilde recital o una sola presentación empañen su tranquila existencia?

Por supuesto, esto no debería plantearlo así: ser poeta o novelista  (o convivir con ambas dotes artísticas) es, por encima de todo, convicción. Es absurdo que una persona se levante un día y diga: quiero ser poeta. Tampoco, por otro lado, nadie elige una carrera por sus ventajas sino por méritos propios. Desde luego, quien elige solo por las ventajas que se le ofrecen está condenado a ser un pésimo artista. Al arte hay que tratarlo con mucho mimo. Las veleidades artísticas (que no la auténtica vocación) jamás han engendrado arte en mayúsculas.

Cela recogiendo el premio Nobel 1989
Cela  recogiendo el premio Nobel de Literatura 1989

Preguntándome todo esto, no consigo sino aumentar mis temores ante ese futuro incierto como escritor. ¿Perderé así ese resquicio de privacidad, cuando vaya a comprar el supermercado, o vaya por la calle y me haya dejado las gafas de sol en casa? ¿Estaré condenado a la hecatombe de la fama? Un cúmulo de sentimientos encontrados se agolpan en mí: desearía difundir mi voz para que los demás la acojan favorablemente y, al mismo tiempo, desearía no matar del todo la tranquilidad, sin la nostalgia de recordar tiempos mejores en que, recluido en mi piso, el silencio solo era enturbiado por el reloj de péndulo del comedor.

Da miedo y respeto. Supongo que el escritor tiene que encontrar la manera de lidiar con el problema; desde luego, no es tarea fácil. Si se concentra en el marketing, dedicará más horas a la promoción. Si, en cambio, se aísla “del mundanal ruido” para producir su obra, corre el peligro de perder a su público y de caer en el olvido. ¿Qué hacer, pues? Todo un reto: no perder del todo la privacidad. Un desafío difícil de afrontar. Aún no estoy capacitado para dar con la solución. Estad atentos por si veis a un escritor a la vuelta de la esquina o en el supermercado; si no se escabulle podrá daros la respuesta a tanta pregunta, ¿o no?