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EL FILÓSOFO DESPEINADO

El profesor llegaba puntual a clase con su largo gabán gris, raído en las bocamangas. Un mechón le colgaba como un ala de un cuervo por la frente. Acababa de fumar en el pasillo, y abría la ventana para tomar aire. Dejaba su cartera en la mesa y separaba la silla para sentarse: sus actos eran sagrados, idénticos. Siempre se sentaba, apenas estaba de pie, si no era para escribir el nombre de los autores que citaba; y como si fuera lo más normal del mundo, iba desgranando el discurso, “su” discurso, “su” lección, apuntando sus ojos hacia el horizonte, al fondo del aula, con sus gafas de culo de vaso. Sus alumnos atendían a sus palabras con muchísima atención, embobados, sin perder nunca el hilo de su discurso. Gracias a él, descubrieron a Hume, Kant y Nietzsche. ¿Acaso pretendían ser filósofos como ellos, como él, el filósofo despistado?

Las horas jamás eran lentas, por entretenidas. Ellos, sin duda, se dejaban llevar por el poder hipnótico de su mirada perdida, de sus ojos vagando, perdidos, más allá de los cristales de sus gafas. Él lo sabía, pero no se pavoneaba. No tenía un ego desmedido, como pudo suceder por tener una mente tan privilegiada, un aire falsamente distante, incluso con sus colegas del Instituto, porque venía solo al instituto y se iba solo, sin hablar con nadie. Sí, era un hombre solitario, superviviente en la isla del aula.

¡Qué tiempos aquellos! Eran los años jóvenes de la vida, los días en el Instituto, cuando el futuro aún estaba por escribir, cuando los profesores sabían más que nadie, más sabios incluso que el resto de los mayores. Eran los geniecillos de la botella. Él, el profesor de Filosofía, ponía buenas notas, era benévolo; en sus exámenes, todo el temario se reducía a unos pocos nombres. Para las otras asignaturas, los estudiantes se las arreglaban como podían ante aquel inmenso mar. Dormían poco: muchas pruebas y ejercicios y poco tiempo. Con él, no; no hacía mucha falta estudiar porque sus palabras se grababan en la cabeza. Bien que iban aprobando las duras pruebas… Sucedía en el despertar sexual, intelectual: ¿no era acaso pedir demasiado a aquellos mozalbetes?

¡Qué lejanos esos años adolescentes! ¡Y qué buena es la nostalgia para escribir! Ella me dicta esta columna, apuntando hacia el interior. Entonces ningún adolescente se daba mucha cuenta de la enorme ventura de saberse joven y vivaracho. De tener toda la vida aún por amar, por conocer. Ahora les duele que haya pasado el tiempo tan deprisa. Las agujas del reloj son despiadadas: no hace falta que suenen las campanas de la iglesia para que se note el paso de las horas, rápido y triste. ¡Efímera, aunque bella manera de pasar por el mundo!

El profesor de Filosofía parecía ajeno a todo eso: su juventud ya había pasado y estaba en la fase de “educar”, de “formar” y transmitir unos valores, unos conocimientos, a sus pupilos. Estaba totalmente dedicado a sus lecciones; él estaba casado con la Filosofía, eran él y ella, y lo disfrutaba. Cuando hablaba del eterno retorno o de las ideas platónicas, daba lo mismo: se entregaba con todo su cuerpo, desde las entrañas. Con posterioridad (no entonces) ellos, sus pupilos, han sabido valorar sus enseñanzas, su ímpetu lingüístico, su honesta e íntegra manera de encarar el mundo. ¿Qué habrá sido de él? ¿Se habrá jubilado? Uno se angustia no tanto porque este muñeco de guiñol pueda acusar arrugas en el rostro, sino por algo más hondo: por advertir en sus ojos vidriosos la desesperación, la locura, que antes era mera alegría, puro éxtasis. ¿Hacia qué horizonte mirará ahora?

Indelebles son sus pasos pisando fuerte arriba y abajo por la clase. Indeleble su mirada, su miopía lejana. Indeleble, en fin, su generosidad al dar las lecciones, al comentar textos…, obras y autores que no figuraban en el temario pero que él deseaba transmitir para que sus alumnos fueran más preparados a la universidad. A ellos solo les quedan buenos recuerdos de esas enseñanzas. Van pasando los años, con la pesadumbre de no haber detenido, fijado los momentos, por seguir como eran antes.

Puede que este filósofo despeinado haya existido realmente, no lo niego y que lo que yo he escrito no me lo haya inventado del todo. Pudo existir en el pasado, en mi vida; o tal vez, no, tal vez lo confunda, tal vez mi memoria me juega malas pasadas, y, al fin, sus gestos o palabras se mezclan, y pertenecen a otros profesores. Tal vez, haya leído por ahí algún relato y mi memoria se lo ha apropiado, y ahora piense que existió aquel profesor y no sepa distinguir lo verdadero de lo falso. Lo único que yo deseaba es que esta historia, totalmente cierta o no, eso da igual, saliera del pozo del silencio y viera la luz. El único remedio ante el asedio de la fantasía y la venganza del presente, que vuelve de nuevo en espiral, tal vez sea inventar, recrear y recordar los años de Instituto.

ZANCADILLA A LA MEMORIA

He soñado que volvía a la Universidad, que estudiaba el primer año de Filosofía, como si yo fuera, sí, alumno universitario, pero no de Comunicación Audiovisual. Mientras habitaba el sueño, como si hubiera trastocado la memoria, por un instante me lo he creído: es la alquimia de los recuerdos, el enorme privilegio de transformarlos. Ya más cuerdo, tras despertar y, solo después de tomar el primer café del día, me he dicho que eso ya no será posible, que es demasiado tarde. Ya no es tiempo de volver a la Universidad: tengo que ser testigo de otras resurrecciones del espíritu. Yo tenía, por entonces (y aun ahora) múltiples y varios intereses, fraguaba o proyectaba pequeñas locuras. Eso fue lo que me perdió.

En un intento por reparar lo que yo he considerado muchas veces un error, pero que no lo fue en absoluto, durante los cuatro años de carrera, estuve continuamente peleándome por no haber cursado Filología o Psicología. Si se pudiera reconducir la memoria, ¡qué de errores no volvería a cometer! Pero eso ya no me vale. Yo soy más yo con mis errores que con mis aciertos. Mi vida no es una sinfonía, sino una mazurca de Chopin, melancólica; sombra y luz, con el silencio y el ruido. No puedo apartar mi pasado de mí, pero está bien, me digo. No soy más bizco entonces que ahora: ahora sigo “viendo”, solo que de modo diferente. A menudo pienso más en imágenes que en palabras.

Que ahora aterrice con ideas cinematográficas, pues bienvenidas sean, si parten de ese meollo interior, de las pesadillas. Debo ser obediente y transcribir esos sueños como descubrimientos en el círculo vital.  Debo vencer esos escollos que me impedían ser artista: ¡estaba tan obsesionado con escribir la gran obra maestra! Y ahora estoy mucho más sereno: reconozco al lobo y no le dejo entrar en la cueva de mis obsesiones. Me mantengo a resguardo. Solo pretendo abrazar los árboles cuando salga al bosque, y confraternizar con la voz de la naturaleza.

Encendidos destierros: arboledas con su aura, locuras de juventud, el cine abre caminos machadianos. Desgarro del ánimo, ilusión en el horizonte, espero no separarme nunca de la conciencia creadora que me identifica. No se trata tanto de tener un espíritu enciclopédico como de encontrar el espejo de mi cuerpo con el cine. La grey del séptimo arte aparece ante mí: muchos los llamados, pocos los elegidos. Y ahí reside la magia: la incertidumbre. La escorrentía de recuerdos gana terreno. Desearía rematar todos estos proyectos en ese loco torbellino, en ese veneno. Las fronteras del bosque, con sus espinas, pero también su perfume, ahora lo sé: no vale la pena maldecir la memoria, hacerle la zancadilla, y herirme. El pasado me pertenece, y en ese reconocerme está el quid de la cuestión: no es repugnancia por lo vivido, sino alegría, aun en los silencios más embarazosos. Es rehacerlos, reconvertirlos. Es coger el pasado por la cola y lanzarse al monte; volver a él con la nueva mirada, con el hambre sin saciar del cineasta que será.

 

DE FILOSOFÍAS Y FOTOGRAFÍAS

Esta tarde tuve un rapto de nostalgia, de querer hacer perdurable lo efímero, y me vino a la cabeza una exposición del fotógrafo mallorquín Toni Catany que recientemente visité en La Pedrera de Barcelona. Tres años después de su muerte, sus fotografías lo sobreviven y no envejecen, como sucede a menudo con nuestras creaciones, las de nosotros, los artistas (mientras los críticos, aquellos que escribirán los prólogos o epílogos de nuestra obra, no nos releguen a la fosa común del olvido).

bodegónReza la muestra que Catany se colocaba enseguida frente a frente a los fotografiados, hacía tratos con ellos (como si se les apareciera el genio de la lámpara maravillosa), y los convencía para que posaran. Vivía sin prisas, aprendiendo. La visión intuitiva (la intuición, también) era el tranquilo avizorar con ojos y alma de brujo. Sabía que necesitaba poco para hacer grande el universo: las loas al Mediterráneo son celebración de la vida, del acontecer diario. En la superficie de las placas fotográficas refulge la intrahistoria: la armónica serenidad de los retratados, el equilibrio perfecto de los bodegones, acariciando el ojo de quien los admire. Su obra fue oficio y ahora es arte, por gracia de sus cualidades pictóricas que trascienden el instante del trabajo artesano y lo eternizan.

Da la casualidad de que yo he andado leyendo muy recientemente a Séneca, y puedo, sin apenas dificultad, trasponer una analogía entre esa filosofía y la  obra de Catany. Quizás sea la mezcla de clásico y de contemporáneo, algo del éxtasis ante el Carpe diem. Esas mujeres y esos hombres (como distraídamente, desviando la mirada, porque no miran a nadie, solo al fotógrafo que captó lo mejor de sí mismos, por efecto del azar), quizás ni siquiera han oído hablar de él y, sin ser lectores del sabio latino, lo reflejan.  O tal vez sea la captación del instante inefable. Los dioses se los llevaron a ambos lejos, al Olimpo. Lejos únicamente de renunciar al fuego de la pasión y del placer, sublimaron el momento y los hicieron acaparadores del pacífico y resistente dominio de los sentidos.

La costumbre de contemplar tantos nacimientos y tantos decesos en mi vida diaria podría tornarme impasible, si no fuera por el arte y la literatura; por la obra de artistas como Toni Catany, que me detienen por un momento a reflexionar. Probablemente, los acontecimientos más importantes de nuestra existencia giren en torno a esta mirada que huye hacia el horizonte sin apenas apercibirse. Los dioses nos son propicios, para bendición de los artistas y maldición de los agoreros, cuando contemplamos el mundo y proyectamos sobre el paisaje una ventana que ordene los objetos y las miradas.

UNAS PALABRAS ACERCA DE LA SOLEDAD

La soledad total, uno podría decir, no existe, es un constructo, surge de una invención. Como miembros del universo estamos conectados con los demás átomos; se diría que solo se materializa cuando fallan, cuando terminan las fuerzas humanas, cósmicas. Y, sin embargo, como el rocío sobre la hierba, aunque lo barra el viento y el calor, existe en algún lugar mientras discurre nuestra aventura.

viento¿Acaso no habita dentro de cada uno, por más que la azoten las tinieblas, por más que la tierra nos acabe engullendo? Somos fruto de las circunstancias, pero también fruto de una victoria, si bien frágil y efímera, vital, libre de la esclavitud del cuerpo. Unas notas al pie o unas apostillas modestas, conmocionadas por la asfixia, por la angustia que sufre, en medio de una sociedad aniquiladora. Una sociedad que prefiere llenarse de cháchara contaminante para marearnos. Nos niega un espacio de reflexión, desdibujando nuestra única certitud, la muerte, a través de la cual podríamos mejorar nuestras ya poliédricas personalidades.

Bien es cierto que el diálogo artístico, la filosofía, nos ayudan a su encuentro. Son posibles otros mundos dentro de este, más allá del espacio por el que se mueven los hilos de nuestra cotidianidad. Podemos ampliar el círculo, sobrepasar los anillos y vencer la oscuridad, el sueño profundo del milagro interior. Como la amapola que no cortamos para no dañar el prado, de alguna forma, esa soledad, esa reflexión necesaria, pararse a pensar qué queremos, no debería arrancársenos, negársenos nunca.

Como la belleza de unos cuerpos que danzan sin tocarse, sin más música que el hálito de su respiración, que pueblan la escena sin hablar: acaso por instantes, esa soledad es posible y aún valiosa. Así me imagino yo mi vida, libre de ataduras. El “infierno” ya no son los otros. Yo soy otro ya, sin que nada me aniquile, sin despojarme en absoluto de la certeza de la disolución final de mi cuerpo. Es el “eterno” diálogo con la muerte: me sé como hombre un ente débil, no puedo obviarlo, si bien queda reforzado si dejo que el contacto lábil de los demás desaparezca. Mi vida es una lucha sentimental por un territorio escindido, en ocasiones. Sin embargo, al final, como el bailarín, ya no deseo abandonarlo; desearía quedarme en él toda la eternidad.

La noche profunda, el hueco en el corazón, la cicatriz en el cuerpo aún virgen por inexplorado, son intentos de recomponer lo que parecía imposible. Hay una capacidad casi ilimitada en la propia finitud y no lo sabemos; merodeamos siempre por caminos trillados, nauseabundos, por miedo a caer en el abismo. Es una ficción o probatura: aunque la verdad no exista, deberíamos apuntar a nuestra única forma de trascendencia sin una vida eterna. Nuestros experimentos eróticos con las palabras, con los demás, no debería obviar nunca ese espacio de reflexión; la espada que, lejos de herir, o además de herir, sea la caricia, la estrella terrena.

RELEYENDO EL PASADO

Estamos condenados a ser libres, dijo Sartre. ¿Es cierta esta afirmación? No creo demasiado en la libertad absoluta. Estoy más bien convencido de que las personas reaccionamos ante los acontecimientos mediante fuerzas internas o externas, inconscientes, a menudo incontrolables; gracias a ellas, o a pesar de ellas, andamos por el mundo. ¿Hasta qué punto es viable esa libertad? No pretendo escribir ningún ensayo filosófico, ni es mi intención aquí ser sistemático ni exhaustivo. Hablaré brevemente sobre la imposible libertad, sobre la fatalidad de la vida: cómo no podemos desprendernos del todo de lo que hemos sido; cómo nuestro carácter, en el fondo, no puede cambiar sustancialmente. Estoy seguro de que no podemos dejar de ser en cierta medida aquello que fuimos.

bibliotecaQuizá el mejor ejemplo de esta inevitabilidad pueda encontrarse en la experiencia lectora. Cuando era adolescente, en Sitges, en los muchos crepúsculos de agosto, la hora propicia para la lectura, me obsesionaba con abandonar el libro que tenía entre manos y dedicar unas horas a la escritura; no quería dejar de leer. No era consciente de lo que sucedía mientras escribía, pues con los años me di cuenta de que no hacía falta que estuviera todo el rato leyendo. También cuando escribía, reflexionaba y dejaba traslucir, con otras palabras, aquellos textos que había leído. Llegué a la conclusión de que no somos más que los intermediarios, el eco de lo que leemos. Bueno, también del resto de sucesos de nuestra existencia. Escribiendo, recordando, nos sometemos a las fuerzas del pasado.

Rememoro las palabras de Platón, de Hume, de Kant, de Nietzsche, sin pretender adoctrinar a nadie, ni siquiera a mí mismo. No hace ninguna falta que yo vuelva a leer esos discursos. ¿Cómo, si no? Aflora inevitablemente en la memoria ese aprendizaje capital: mis dieciocho años y la historia de la filosofía del curso preuniversitario. Es imposible, aun a riesgo de que suene algo pomposo, ridículo o engreído, que no me haya “manchado” con esos textos. Puede que, además, me haya encariñado con esas lecturas, pues la memoria reelabora los textos y hace que ganen en calidad y sabor como el vino añejo: aumenta el valor de lo recordado cuanto más antiguo sea. Aquí la metáfora de la experiencia lectora es la vida. ¿Qué me hace ser como soy? No puedo desatar, como es de suponer, el nudo gordiano de esa cuerda.

Ahora, cuando releo con el pensamiento, me gusta escuchar, perseguir, adivinar la voz del texto en la cabeza, la de quien lo escribió: distintos narradores, registros, autores, épocas. Me basta coger un libro de la estantería y volver a leer una frase, un párrafo, para reencontrarme con la voz del autor, y de paso con el chico que leyó esos libros, y experimentar cómo se sentía y en qué pensaba. Estos signos, estos rastros intrigantes del pasado son inevitables, fatídicos, son las fuerzas ciegas que nos mueven en nuestro presente, consubstanciales a la naturaleza del ser humano; pero nadie nos lo explicó en su día en la escuela. Voy a volver a las aulas, a escuchar el reloj en la pared, a fijar la vista en la pizarra verde manzana, a escuchar los ruegos inútiles del profesor al silencio mientras dura la lección. Esto que recuerdo es, sin duda, el destino que se va escribiendo desde el pasado hasta nuestro presente y nuestro futuro.

PAISATGISME

A l’escola i, més endavant, a la universitat, sempre m’asseia al costat del passadís. El company que es trobava a 90º o bé a 180 º de mi de ben segur que es mirava diferent el professor i hi projectava uns altres pensaments. Per exemple: “parla pels descosits”. Potser jo, en canvi, sobre el mateix professor pensaria: “és molt interessant tot el que diu”. I això seria determinant en les nostres vides. Abocaríem aquestes visions, aquests enfocaments sobre la realitat, en llegir, en parlar, en fer els deures a casa: allà on hi anéssim, indefectiblement. No era merament un caprici. Els nostres raonaments eren, sens dubte, els models per sentir i pensar.

Casa BatlloEncara a la universitat, una vegada em van prestar una càmera de vídeo per filmar un documental. Era un diumenge i el fet de matinar no em preocupava gaire. Vaig convidar un company de classe a la meva aventura. Anàvem ben contents, Passeig de Gràcia avall, mirant de fixar-nos en cadascun dels detalls de les façanes per fer-los servir després: aquesta balustrada, aquell frontó triangular, aquest esgrafiat, aquelles columnes dòriques. Assajàvem els moviments de càmera; enquadràvem, estudiàvem els enfocaments. Hi havia els ulls del meu company, els de la càmera i els meus. Tres subjectes, tres mentalitats. O bé dues mentalitats, perquè la càmera no es podia defensar més enllà de nosaltres: nosaltres, en un intent d’apropiar-nos de la realitat, encara que aquesta un cop enregistrada fos “irreal”, “desfigurada”, “malmesa” per les lents de l’objectiu; nosaltres, en definitiva, enfrontats a la càmera, interposant-nos-hi, com a subjectes mediadors. La realitat respirava, es transformava a través nostre.

Pensant en aquests records universitaris, m’adono que, ara, mentre escric aquestes línies a l’ordinador, puc triar diverses lletres. Potser una Arial o una Garamond ofereixen, “mostren”, una visió diferent del món. Quantes vegades, si no, m’he entrebancat en la lectura si el cos de lletra era petit? O bé he llegit amb més avidesa si era una edició de butxaca, que pogués manegar bé; amb més atenció, si tenia una portada lluent, o amb més fàstic, posem per cas, si les tapes estaven rebregades?

Vull arribar, i hi arribo, al nucli del meu raonament: la defensa de les diferències entre els individus i la màxima grega que diu que “l’home és la mesura de totes les coses”. Caldria interessar-se, també, per l’individu concret de l’existencialisme que afirma que “l’existència precedeix l’essència”. A través dels signes i dels símbols que troba pel camí, l’individu es configura o intenta configurar-s’hi. Els ulls fiten i interpreten, emmarquen el “paisatgisme” dels records, dels somnis, gravats en la retina dels nostres ulls, sobre una realitat inassolible, imperfecta, com un quadre allargassat on hi pintem uns arbres. Els colors de la paleta brillaran amb el to vermell de les roselles i de blau ultramar d’un capvespre d’estiu.

EL FILÒSOF VITALISTA

kunderaLa festa de la insignificança. MILAN KUNDERA. (Tusquets Editors. Col·lecció L’ull de Vidre, 54). 138 pàgines. Barcelona, 2014. Traducció de Xavier Lloveras.

Els amants de la bona literatura, de la de debò, la tardor passada vam estar d’enhorabona perquè Milan Kundera, que feia molt de temps que no publicava, ens va regalar el seu últim llibre, escrit en francès, com passa ja des de fa anys. I vet aquí el resultat: una novel·la breu sobre la futilesa de l’existència i la inutilitat de la vanitat i de la brillantor. La crítica oberta i sense embuts, en definitiva, amb molt d’humor , però, cap a aquells qui cerquen una transcendència més enllà del quotidià.

Milan Kundera és un autor que no precisa de llargs prolegòmens per presentar-lo. Arrelat sempre a la vida, als seus llibres hi traspua experiència, vivència pels quatre costats, amb aquesta seva filosofia entre Schopenhauer, Nietszche, existencialisme sartrià o fins l’absurd. Qui no ha gaudit de la seva prosa encantadora i musical? Qui no ha gaudit de la seva filosofia planera i vitalista? Qui no s’ha sentit identificat amb els seus protagonistes, des de La broma a La insuportable lleugeresa de l’ésser, que es prenen el món com una llarga ironia, que malden per ser esperits lliures?

Tot passa a París abans, durant i després de la festa que D’Ardelo, ja a les acaballes, celebra pel seu aniversari. D’Ardelo està preocupat per la mort, i amb pesar, amb soltesa després, a aquesta “malaltia”, a aquest fatalisme, l’hi planta cara. Amb molta joie de vivre, que en dirien els francesos. Diversos amics són els convidats: Alain, l’artista, fascinat pels melics femenins, que amaga la història fosca de la seva mare; Charles i Caliban, encarregats de les viandes i les begudes del còctel i que es fan passar per estrangers; i Ramon, que amb els seus discursos que només la vellesa pot proporciona, ens parla sobre la insignificança:

La insignificança és l’essència de l’existència. És amb nosaltres a tot arreu i sempre. És present fins i tot allí on un mateix no la vol veure: en els horrors, en les lluites sagnants, en les pitjors desgràcies. Sovint cal tenir coratge per reconèixer-la en condicions tan dramàtiques i per anomenar-la pel seu nom. Però no es tracta només de reconèixer-la, cal estimar-la, la insignificança”. [pàg. 135]

kundera_2Aquesta cita del llibre il·lustra a la perfecció les dèries actuals i antigues de Kundera, que il·lumina el nostre present i passat. S’hi reflecteixen els estralls de les dues guerres mundials i del nazisme, de les dictadures mundials i de la guerra, tothora vigent. Alhora la gent grisa, vulgar, “normal”, a vegades grotesca. L’autor es permet també, com a d’altres obres seves, introduir-hi personatges històrics que trepitgen el mateix fang que els altres, aquí cruels fins a l ‘extenuació: em refereixo a Stalin i la seva escopeta de caçador, que diuen que un dia va matar vint-i-quatre perdius.

La saviesa d’aquesta nouvelle rau, precisament, en la lleugeresa. Sembla com si, tot d’una, ens fes igual tenir uns quilos de més, tenir bosses a sota els ulls o ésser relegats del poder. No: davall de tot el gran i el més baix no hi ha sinó foteses. D’aquí la vacuïtat, de voler ser més intel·ligent o més savi que els altres. Això, diu Ramon en un moment de la novel·la, a poc de començar:

Quan un paio brillant intenta seduir una dona, aquesta té la impressió que ha de competir. Se sent obligada a brillar ella també. A no donar-se sense resistència. Mentre que la insignificança l’allibera. Li estalvia les precaucions. No exigeix cap presència d’esperit. La torna despreocupada i, per tant, d’accés més fàcil.” [pàg. 24-25]

Kundera, sovint tendre, sovint irònic, ens deixa captivats amb aquest reguitzell de frases encadenades que ens animen a parlar sense complexos i no prendre’ns ni a nosaltres mateixos ni als altres massa seriosament. Aquesta és la clau de volta de la novel·la: viure amb humor, sense complexos. El lector subtil té una doble interpretació davant dels seus ulls: la festa d’aniversari que té per amfitrió a D’Ardelo és, sens dubte, la nostra festa quotidiana: la vida. Com el títol de la novel·la La veu melodiosa de Montserrat Roig era, també, aquella veu que se sent per sota de les altres, que ens encanta i ens transforma. Kundera, tanmateix, és més discret: es reconcilia i es resigna a la vida tal com raja, sense falses vanitats: la modèstia del filòsof de carrer.

Si aquesta fos la seva última obra, si ja no en publiqués cap més, tancaria de veres un gran cicle existencial: la barreja de filosofia, de personatges històrics reals i els més anodins, els més vulgars, que no es resignen però que tampoc no fan gaires escarafalls a la realitat, al dia a dia. Tothom que tingui a Kundera per un gurú literari, s’ha de permetre el luxe de llegir aquesta perla.