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UNAS PALABRAS ACERCA DE LA SOLEDAD

La soledad total, uno podría decir, no existe, es un constructo, surge de una invención. Como miembros del universo estamos conectados con los demás átomos; se diría que solo se materializa cuando fallan, cuando terminan las fuerzas humanas, cósmicas. Y, sin embargo, como el rocío sobre la hierba, aunque lo barra el viento y el calor, existe en algún lugar mientras discurre nuestra aventura.

viento¿Acaso no habita dentro de cada uno, por más que la azoten las tinieblas, por más que la tierra nos acabe engullendo? Somos fruto de las circunstancias, pero también fruto de una victoria, si bien frágil y efímera, vital, libre de la esclavitud del cuerpo. Unas notas al pie o unas apostillas modestas, conmocionadas por la asfixia, por la angustia que sufre, en medio de una sociedad aniquiladora. Una sociedad que prefiere llenarse de cháchara contaminante para marearnos. Nos niega un espacio de reflexión, desdibujando nuestra única certitud, la muerte, a través de la cual podríamos mejorar nuestras ya poliédricas personalidades.

Bien es cierto que el diálogo artístico, la filosofía, nos ayudan a su encuentro. Son posibles otros mundos dentro de este, más allá del espacio por el que se mueven los hilos de nuestra cotidianidad. Podemos ampliar el círculo, sobrepasar los anillos y vencer la oscuridad, el sueño profundo del milagro interior. Como la amapola que no cortamos para no dañar el prado, de alguna forma, esa soledad, esa reflexión necesaria, pararse a pensar qué queremos, no debería arrancársenos, negársenos nunca.

Como la belleza de unos cuerpos que danzan sin tocarse, sin más música que el hálito de su respiración, que pueblan la escena sin hablar: acaso por instantes, esa soledad es posible y aún valiosa. Así me imagino yo mi vida, libre de ataduras. El “infierno” ya no son los otros. Yo soy otro ya, sin que nada me aniquile, sin despojarme en absoluto de la certeza de la disolución final de mi cuerpo. Es el “eterno” diálogo con la muerte: me sé como hombre un ente débil, no puedo obviarlo, si bien queda reforzado si dejo que el contacto lábil de los demás desaparezca. Mi vida es una lucha sentimental por un territorio escindido, en ocasiones. Sin embargo, al final, como el bailarín, ya no deseo abandonarlo; desearía quedarme en él toda la eternidad.

La noche profunda, el hueco en el corazón, la cicatriz en el cuerpo aún virgen por inexplorado, son intentos de recomponer lo que parecía imposible. Hay una capacidad casi ilimitada en la propia finitud y no lo sabemos; merodeamos siempre por caminos trillados, nauseabundos, por miedo a caer en el abismo. Es una ficción o probatura: aunque la verdad no exista, deberíamos apuntar a nuestra única forma de trascendencia sin una vida eterna. Nuestros experimentos eróticos con las palabras, con los demás, no debería obviar nunca ese espacio de reflexión; la espada que, lejos de herir, o además de herir, sea la caricia, la estrella terrena.