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FURIA CREADORA

Observo las estanterías de mi habitación, los libros leídos, y me admiro de la cantidad de saber que hay en tan poco espacio. Los libros que han dejado su huella en mi cuerpo, en mi corazón, son filtros de amor, pasiones ignotas, paraguas sin agujerear, mantas eléctricas… Un libro lejano, allí, entre los demás, duerme agazapado, esperando ser abierto, volver a ser transitado. Está callado, ha hecho mutis por el foro hasta que mis ojos vuelvan a iluminar sus páginas; cuando las palabras de hoy sean los mismos espejos de ayer. Podría recordar cómo y en qué lugar lo leí por vez primera, si esperando al metro en la estación gris, arrellanado en el sillón verde de orejas de mi salón, o caminando, absorto, casi trastabillando, de vuelta a casa. Podría dejarme vencer por la nostalgia…, pero hoy elijo llevarme conmigo solo el placer que me reportó. Como en botica, ¡es como los frascos medicinales que aportan elixir de vida!, instrumento para la adivinación, hacia el fondo de mí, siempre al fondo, cavando un pozo desconocido que ve de pronto la luz del día.

Siempre es distinto: sería una pena que yo me privara de esa ocasión de amarlos de nuevo. No vale la pena perder las horas con otros quehaceres, como los videojuegos o la mala televisión. Para eso siempre hay tiempo… Más me valiera (más nos valiera a todos) arrimarme (arrimarnos) a buenas sombras, a buenos libros, que nos quiten el aliento. Porque sí, toda verdadera obra de arte que dejo pasar así, que leí hace siglos y ya no recuerdo, y que por pereza no me digno releer, es como una gacela corriendo campo a través, poco menos que un pecado, un sacrilegio al buen nombre de la literatura.

¡Gracias a los libros, que me conducen a lo profundo! Porque cuando leo, tengo el enorme privilegio de reescribir mi vida. Ato cabos: habría de tenerlo siempre presente. Su luz me guía hacia las estrellas del conocimiento. De pronto, mi vida cobra sentido: es más plena, más pertinente, menos artificial. Reescribo las páginas leídas en mi cabeza, como si musitara, como si respirara todas y cada una de las palabras. Aprendo más de mí: voy labrándome una personalidad. Puede ser la ficción más alejada de mí; no hace falta que yo sea idéntico al protagonista o a ese divertido secundario… Puedo pensar y sentir a través de los demás, los autores o los protagonistas de esa ficción que yo amo, mientras voy leyendo. Me sigue quedando el consuelo de amenizar la tarde con unas cuantas palabras espolvoreadas graciosamente aquí y allá, por entre las páginas.

Hay una capa fina de tierra que esconde el secreto, la tumba del pensamiento, enterrada quién sabe cuánto. Cuando cojo puñados de terruño, se hunden entre mis manos, y me reconozco. Yo soy el amo y señor de esa ficción, más propia que ajena, más allá de lo imaginable. Soy el intérprete exclusivo de lo que estoy leyendo hoy. No puedo evitarlo: el escritor que soy es el lector que fui. Soy tantos lectores como quiera; tengo la plena potestad. Es, en definitiva, como el dolor y el placer de estar vivo; una campanada que suena en sordina al fondo del estanque, que espera cauta para despertar de entre las aguas, y ser descifrada, volver a ser deletreada por mí, el músico de turno, a la sombra de un castaño. La mayoría de los libros no los escribí yo, pero también sé que yo soy parte activa en el juego: llevo también como lector la furia creadora.

ALGUNAS CERTIDUMBRES

Las mil luces de los pisos de viviendas que se pueden contemplar en lontananza se encienden casi al unísono. Sentado en un banco del parque, veo anochecer. A primera hora de la tarde cuando llegué, la luz primaveral iluminaba los parterres de césped y los chorros espumosos del agua estancada brotaban como salidos del corazón de la tierra. En este momento, a excepción de un par de parejas jóvenes con sus perros, no hay nadie más. Antes, había un poco de animación, pero no mucha. El parque se parece más a un desierto que a un lugar de encuentros. ¡Ojalá mi vida se rigiera en todo momento y circunstancia por este mar de placidez!

El camino de vuelta deja de ser bonancible y se torna peligroso: es el turno de los borrachos; de los borrachos, de los tahúres y de los facinerosos. Las tabernas se van llenando de parroquianos que, tras una larga y penosa jornada laboral, desean olvidarse hasta de su sombra. Me doy prisa por salir de ahí. En el mismo anochecer, es como si habitase un macabro teatro de guiñol, con el fantasma de la guadaña y el payaso reidor que da más pena que risa. Paso por delante del garaje, ahora desmantelado, en el cual, durante más de veinte años, moraron el Renault 5 rojo, primero, y luego el Ford Fiesta blanco, conducidos en diferentes épocas por mi madre; el Renault de mi infancia y el Ford de mi adolescencia.

Una vez en casa, empieza el ejercicio: valorar lo que tengo y no lo que anhelaría, lo que me falta. Y encuentro algunas certidumbres a las que aferrarme: esta mesa, los cuadernos abiertos, la pantalla blanca del ordenador. Estos volúmenes, que me recuerdan a los colocados en las estanterías de mis amigos. La ingenuidad de saberme, ahora sí, a salvo de la noche. Hace tiempo escribí unos apuntes, lejos de casa, sin trasponer más que el umbral de la memoria, de cómo recordaba mi habitación; y, más tarde, comparé ese recuerdo con la realidad. Y observé cómo edulcoraba el espacio; cómo imaginé cosas inexistentes, tal vez aquello que deseaba tener: la estancia ideal. Los detalles de mi mundo, sobrevalorados.

¿Acaso estoy soñando todo lo que veo? ¿Acaso mi percepción de las cosas es diferente de las de los demás? ¿Acaso esto se parece al show de Truman? No es hora de hablar ni de la filosofía empirista de Hume ni de los imperativos categóricos de Kant. Aún no he cenado y necesito pequeñas certidumbres antes de ir a dormir. Me encierro en mi cuarto; nadie más me molesta. Me preparo la cena y, justo cuando oigo el chirrido de las persianas del bar de abajo, observo frente a mí, tras un traslúcido cortinaje, una figura que no logro distinguir bien. Enciende la televisión, su parpadeo me deslumbra; supongo que va y viene de la cocina hasta la sala de estar, que espera a su novio, y le sorprenderá con una ensalada de quinoa y bacalao al horno. Pequeñas certidumbres de los sentidos.

Sé que mi vida apenas me ofrece garantías; estoy en medio de la ciudad y a lo único a lo que puedo aspirar es a no soñar más de la cuenta y a pisar firme. Veré de nuevo Hannah y sus hermanas en el ordenador. Woody Allen, el maestro en describir matrimonios psicológicamente fracasados, despierta una tolvanera de emociones.  Imagino que yo soy el actor de esta película y que observo mi vida desde el otro lado. Y concluyo: no se está tan mal aquí, en mi piso, con mis trastos. Es la mejor, la más limpia y reconfortante certidumbre. Y no es poco.

LA HABITACIÓN DE VIRGINIA WOOLF

Releo Una habitación propia, en donde Virginia Woolf reflexiona sobre la independencia económica de la mujer y en donde argumenta que para escribir novelas, lejos del reclamo de los maridos y de los hijos, esta debe poseer un cuarto privado. Las mujeres, la gran mayoría, aún a principios del siglo XX, solo escribían novelas: debían compartir con el resto de la familia el espacio del salón si querían escribir y redactar poesía exigía aún mayor concentración. Es un libro sabio, escrito de pies a cabeza para que el lector se entretenga y, al mismo tiempo, que se interese por la situación de la mujer, que aún hoy me sigue pareciendo de una bárbara injusticia.

No puedo evitar preguntarme si no ha evolucionado en algo la especie humana y me digo que no, que aún hay mucho por hacer. Eso salta a la vista: todavía vivimos en una sociedad fuertemente patriarcal. Sí, ya sé: desde 1919 las mujeres pueden votar; además, pueden opinar libremente y estudiar en la universidad. Pero también se enfrentan a retos distintos: deben conciliar el trabajo con la maternidad, cosa que no siempre es posible. Siguen percibiendo menos ingresos. Y no pueden acceder tan fácilmente a determinados oficios. Por poner un claro ejemplo: la presencia de las mujeres en la Real Academia es muy escasa: actualmente solo son 5 del total de los 46 académicos de la institución.

Todo esto es así porque los hombres temen perder su estatus social y sus prebendas al aceptarlas y acogerlas. Los defensores de los derechos de la mujer topamos con la indiferencia de la sociedad. Ya no es solo para defender a aquellas que sufren violencia de género. Es también lo más elemental: leer a nuestras escritoras y escuchar una voz mágica, una voz propia, que atrapa y fascina; leerlas con profunda admiración y cariño. A menudo es una mirada diáfana, otra sensibilidad para describir el color de los sentimientos.

¿Cuántas piedras le quedan por cargar al Sísifo inmortal de la montaña? ¿Cuándo se detendrá y dejará de existir el (casi eterno) suplicio de las mujeres hasta que caigamos en la cuenta del absurdo deshonor al que se enfrentan? Si ahora Virginia Woolf levantara la cabeza, quizá escribiría otro libro, muy semejante a Una habitación propia, y sus palabras apenas cambiarían. Seguiría muy indignada; seguiría ultrajada. Porque Woolf fue muy valiente y sabia y ahora hacen falta palabras valientes y sabias contra la indiferencia; faltan otras palabras para que las mujeres conquisten el centro y la plena igualdad.