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MUSEOS HUMANOS

Hoy fui a que “me esquilen un rato” como le digo coloquialmente a mi barbero. Soy casi siempre yo el que lleva la conversación, el que la inicia. Le hablo esta vez de mi último viaje a Madrid, de mi reencuentro con Las Meninas, hojeando una revista del corazón. No me gustan, solo las leo en la peluquería, solo me entretienen cuando no sabemos qué decirnos; aunque confieso que también me sirven para ponerme al día de lo que se “cuece” en sociedad, saltando de una fotografía a otra, implacable, sin demasiadas ganas.

Museo del PradoUna vez en casa, ya con el pelo corto, corto, reflexiono. El Louvre, El Prado, El Museo Picasso: da igual. Los artistas que han creado una obra sustantiva, un magma centrífugo que emana de su persona, se ven reflejados, retratados en los cuadros gracias a sus pinceladas: es nuestro alimento espiritual. Se respira mucha más verdad en los museos que en las pronto caducas revistas del corazón, donde pululan los rostros de esos seres que idolatran la mentira, la mayoría trepas redomados: una pinacoteca fea, cursi y adocenada.

Los artistas han sido, son y serán reverenciados por nosotros, o por los que vengan después, a título póstumo: observamos impertérritos su nacimiento y su muerte, escritos en una breve nota informativa junto al título del cuadro y el nombre del autor. Ahí quería yo llegar: no hay nada más aterrador que admirar esas dos cifras, nada más horrible y a la vez más humano. ¡Cuánto me aterran las fechas consumadas, cerradas, sin opción a cambiarse, a sustituirse por otras! Cada vida es única, cada entrada y salida de este mundo. Solo nos cabe la impunidad del paso del tiempo sobre nosotros; nuestra impotencia y fragilidad. Como en esas salas de arte, las calles, avenidas y plazas de mi ciudad, y por ende de todas las ciudades, tienen nombre de seres ya fallecidos, esas vidas lúcidas, preclaras, fruto del azar y de la terquedad. La ciudad es un museo de figuras de cera que corren como fantasmas, que nos recuerdan nuestra finitud. Pero si hay alguna cosa valiosa en nuestra existencia es la lucidez ante la muerte, que nos hace vivir más intensamente. Nos reconocemos en esos retratos, somos más humanos por imaginarnos en el lugar y en la época representada: es la verdadera pinacoteca de las emociones, y no la de los chismorreos que no provocan más que vergüenza ajena.

Hoy tenía ganas de hablar de estas cosas; creo que es necesario, de cuando en cuando, hacer una reflexión sobre lo que somos y hemos sido y lo que fueron los individuos anteriores a nosotros. Este es mi ideal: que los museos sigan provocando la admiración y el debate, que nuestra mirada se desplace hasta llegar a esos cuadros, ahora felizmente observados, apreciados por nuestro ojo humano. Que se dejen de leer las revistas del corazón y los programas rosas televisivos, y haya una masa de gente que se acerque al arte en mayúsculas, porque esos retratos de hombres y mujeres muertos son ángeles “fieramente humanos” como nosotros.