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UNA DISCOTECA EN LA COCINA

El mundo da muchas vueltas. Nadie habría pronosticado, hace ya unos años, recién terminadas las clases de la universidad, que acabaría de ayudante en el restaurante de un hotel. Educado para la industria del cine, o para labrarme un futuro en la radio o en la pequeña pantalla, los vientos soplaron en otra dirección. No encontré trabajo en las ondas. Tal vez, por eso, tengo una pesadilla recurrente casi cada noche. Es la villanía del sueño; pero la dicha de fabular, siempre, también, mientras duermo. Son las aguas turbias del pasado que vuelve: verme en el bucle de no acabar la carrera de Comunicación Audiovisual.

Sueño que me faltan tres o cuatro asignaturas por aprobar, pero nunca voy a clase, por lo que no logro licenciarme nunca. Guiado por el delirio nocturno, doy ahora con una interpretación, con la razón de los miedos, de la incómoda realidad. Si esos sueños se hacen crónicos, si no reculan y me persiguen una y otra noche, sean quizás el reverso de mis días. Tengo pavor de algo y lo proyecto en mi pasado. Tan simple como que no he podido colocarme en nada de lo que estudié.

Borrón y cuenta nueva. Mi jornada laboral hoy no tiene misterios. Me levanto a las seis, me sirvo un café justo después de asearme. Hago tiempo leyendo la novela de García Márquez que comencé la noche pasada. ¡Un poco de realismo mágico para inaugurar la jornada, señores! Después, media hora de metro. Ficho a las ocho. Son los días del congreso de móviles en Barcelona. El hotel es, entonces, un hervidero de cazuelas, de platos y de boles de yogur, de cubiertos, del ruido sordo del lavavajillas; un trajín de camareros entrando y saliendo al comedor. Los viajeros, sentados a las mesas, saborean los huevos revueltos, o al menos lo intentan, porque van muy escopeteados, o untan de mantequilla y mermelada una tostada. Y en medio del desierto, el vergel descomunal de la música: el móvil conectado a Spotify. ¡La cocina es una discoteca! Sin esos sonidos y esas voces no serían tan llevaderas las primeras horas. Bailar al ritmo de Aretha Franklin le alegra a uno el día, aunque no sean muchos los decibelios, para no espantar a nadie.

¡Pero bendita mi suerte! Trabajar aquí me curte, es caldo de cultivo para mi vocación de novelista, porque me acerca de lleno a las personas: descubro sus interioridades o, en cualquier caso, imagino sus vidas allá donde no logro trasponer las fronteras de la piel y del pensamiento. Inventar historias, contar verdades y mentiras, me ancla a la existencia. Esos instantes en que los viajeros miran el reloj o salen como un torbellino de la sala, yo imagino lo que piensan, la familia que tienen, o cuanto les depara el día aquí, en mi ciudad.

Para los deseos truncos, no hay nada que una bachata de Juan Luis Guerra no pueda subsanar. No me hace falta irme de copas; la cocina es una improvisada pista de baile, con tal de no resbalar en el suelo fregado. Las manos de la camarera india, que cortan el jamón, que reponen las tinas de zumo de piña o naranja o melocotón, que fríe croquetas; los ojos de mi jefe, que todo lo supervisan. La socarronería del viajero que pregunta cuál es el sueldo mínimo en España…: podría escribir todo un anecdotario de proezas, de dichos y sucesos y marasmo de palabras que se precipitan por la mañana en torno al buffet del desayuno… Que no haya más jugadas del destino, sino parabienes en el mundo de la hostelería, ¡larga vida a mi oficio!

INFANCIAS

Nunca deberíamos pedir permiso por ser quien somos hoy o cómo fuimos ayer: soñadores o idealistas, juglares de sentimientos nobles. Tenemos derecho a escribir, con paciencia y parsimonia, el libro de nuestra vida. Tenemos derecho a dejar testimonio de ella, por escrito o grabada en un casete, e imprimirla (lo mejor, lo más valioso) en la mente, en el corazón de aquellos que van a tomar el relevo. Tenemos derecho a salvar, quemar o tan solo olvidar aquello que nos hirió, si podemos (lo de que el tiempo lo cura todo, ¿no es una falacia, en realidad?) Pero lo más importante: deberíamos volver a nuestra “prehistoria”, y rescatar los ideales y las ilusiones de esa época mágica de descubrimientos, cuando todo quedaba aún por experimentar, cuanto pasó y queda cada día más lejos: la infancia.

Si echo la vista atrás, veo los primeros destellos del sol sobre el asfalto virgen. Todo pertenece a mi particular “patio sevillano”: el ruido horrísono de las antiguas cajas registradoras de los supermercados; las llaves que abrían maleteros, puertas y huchas; los mástiles de los bajeles anclados en el puerto, en una suerte de baile de san Vito; la tapicería de los coches, las llantas, el cambio de marchas; las revistas de moda de mamá, que yo imitaba, dibujando modelos y coloreando en folios; el concurso televisivo Un, dos, tres, cada viernes (podía quedarme hasta el final porque al día siguiente no había colegio, pero me quedaba dormido antes); las novelas de lugares fríos que yo leía en la hamaca de la playa, en pleno agosto; o bien las portadas de los periódicos, que en aquella época hablaban de la Guerra del Golfo… Ya quería ser mayor de edad, convertirme en periodista y escritor. ¡Qué impaciencia! ¡Qué ganas ya de pelear, sin saberlo!

Mi infancia (como la del resto de mortales) que contenía ya mi existencia futura, mi carácter. Como los colegiales que antaño compartieron pupitre en La clase muerta,  la pieza teatral-experimento de Tadeusz Kantor; esos ancianos que vuelven al aula, poblada de maniquíes. Es, en realidad, la metáfora de la muerte prefigurada: presencia que congela y “mata” los recuerdos. Somos los niños en la vejez, y la vejez ya presente en nuestra primera infancia: la cristalización de quienes seremos luego. De ahí que, inevitablemente, muchas cosas no puedan “borrarse” de nosotros, aunque ya estén finiquitadas, aunque tengamos todo el derecho, como ya ha quedado dicho más arriba. Somos los castillos en la arena, antes de que las olas de la ruindad los aneguen definitivamente.

En esas narraciones, ya algo pretéritas, hay sí, en este presente mío (¡ya lo creo!) mucho de reinterpretación, de meticuloso engarce de perlas en el collar. Quiero con locura a quien fui en el ayer, y a los que me acompañaban en la aventura. Los recuerdos no tienen por qué ser fuegos tristes en torno a una chimenea, ni estar expuestos a las bromas o al escarnio, como fantochadas en un guiñol de feria.  No: lo embellezco, tal vez para no sufrir. Conservo vivas y poderosas las historias y, con ellas, los lugares, bellos y gloriosos paisajes, interiores o exteriores a un tiempo. Intento sacarles lustre, sin obsesionarme , o al menos sin pretenderlo.

Nuestros recuerdos, diría Kantor, ya son muerte pero, ¿no son también nuestro propio renacimiento? ¿Qué nos habría pasado si no hubiéramos tenido nunca una niñez que luego recordar? ¿Si no tuviéramos recuerdos?, ¿si siempre estuviéramos en dique seco, con el cerebro vacío de imaginación? Seguramente, nuestro mundo sería aún más cruel y ruin. Es esa infancia (las infancias de cada cual), que quiero recuperar en este día, la que se va creando lenta, pacientemente: el cascabel en el fondo del alma. Esos relatos, cada vez más lejanos y remotos, que nos acompañan, como si fueran amigos íntimos; por momentos, también enemigos íntimos. Pero estos no me ganarán la partida: no dejaré que las malas hierbas invadan mi camino. ¡Que Dios salve nuestra niñez!

UN BILLAR EN EL GARAJE

Muchas veces, a falta de ficciones interesantes, por no poder pasar de la primera página de libros anodinos, me dedico a fantasear. Olvido la realidad y su monotonía a partir de un elemento que me llama la atención. Me gusta fijarme en los rostros que se cruzan al pasar, los más de enfado y de desgana, especialmente un lunes por la mañana. O los zapatos que corren sobre el asfalto, o las sombras chinescas que una nariz de Pinocho y el cabello encrespado proyectan sobre la acera. Si paseo por la calle, asoma por mi cerebro el nombre del protagonista de la novela que he aparcado, el único detalle que recuerdo. O el amigo al que tengo que llamar por teléfono para que me devuelva el diccionario de inglés que le presté para preparar el examen final. Y con eso parece que me mantengo ocupado, entretenido.

billarHoy ha sido algo diferente. He ido de buena mañana a Correos a buscar unos paquetes postales y, antes de llegar a mi destino, me ha llamado la atención la entrada descubierta de un garaje. He observado con asombro, he debido limpiar mis gafas y volver sobre mis pasos: sí, sí, nada menos que un billar dentro de un garaje, materia novelesca donde las haya. Sabía que allí había materia novelable, que solo debía tirar del fino hilo de la imaginación y crear una columna.

Me invento que los dueños del susodicho billar son una pareja que se consuela y abstrae de las riñas del matrimonio jugando, apostando. La pareja la pongo yo: viven en el primer piso y son los únicos con ese espacio extra con el que ir camino de la felicidad. Pero, me pregunto, ¿realmente tener un billar les hace felices? ¿Es esta la mejor vida posible para ellos? Creo conocer a esa pareja que ya lleva unos cuantos años casada. El día de su boda, jura ella, fue el más maravilloso de su existencia, y marcó un antes y un después. Él no está tan seguro, y responde con monosílabos. “¿Te sigue gustando tu mujer?” “Sí”. “¿Echas de menos tu soltería?” “No”. Pero en realidad miente.

Sé que podrían ser otros los habitantes nocturnos del garaje, los que hagan un poco de ruido, celebrando la victoria o maldiciendo la derrota: podrían ser una comuna de estudiantes, podría ser muy bien un ejecutivo que desea explayarse agresivamente en el móvil con sus empleadillos, y luego, para relajarse, se toma un gin-tonic y recurre al billar. Bien pudiera ser todo esto, aunque nadie lo podría asegurar. Pero yo, para la historia que hoy me he dispuesto a contar, he decidido que sean marido y mujer sin hijos y rodeados, envueltos por el sopor cotidiano.

¡Lo que da de sí la imaginación! En cualquier caso, no querría enamorarme nunca de esa mujer cuyo único tema de conversación ante el mundo sea el día de la boda. Yo he probado algunas veces el billar, pero he de reconocer que soy torpe: desaprovecho magníficas oportunidades y mis amigos se ríen malévolamente de mí al ver mi pulso errático frente a su triunfo que no admite contestación. La próxima vez que vaya a Correos voy a dar un rodeo para no ver ese garaje, para que mi cabeza deje de elucubrar, y, si acaso, pueda retomar la lectura de libros que aparté por tediosos. Nada mejor que dejar la imaginación para cosas más importantes.