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TALISMANES DE PIEDRA FALSA

…pero vivo de estar en un topacio

que sin ti es una piedra desechada.

PERE GIMFERRER

Me he dejado llevar por el sentimiento y ahora anoto en mi diario cualquier cambio leve de mi humor. El hambre de escribir me domina: deseo solo que eso que llaman la “inspiración” me haga juntar cantos salvíficos en estancias bien amuebladas… Huir de los espejismos y mistificaciones. No debería buscar el mero deslumbramiento, sino el despertar intelectual y, con él, las ganas de cambiar el mundo. Rodar cine con nuevos planos allí donde los otros aún no han transitado… Poder decir: “Yo rodaría desde otro ángulo”, o bien “Desarrollaría un poco más esta escena”, para que ese personaje completara su andadura, vamos, lo que se llama atar bien una historia, no ser descuidado ni conformarme con lo primero que se me ocurra. Ir más allá de lo obvio, provocar la interrogación.

El día se acorta; es un río caudaloso, a merced de contratiempos largos e inoportunos. ¡Cuánto me gustaría seguir estudiando versos, sin interrupción! Entonces, me distancio más y más del ordenador, de mis asuntos literarios; me distancio de las palabras. Sucede que debo elegir. O ser forzado a elegir: acompañar a mi madre al médico, ir al banco para gestionar la hipoteca… Me guía la ética: cuidar a los seres queridos. Que sus ruegos sean amor encendido, que por ellos la desgracia se torne gracia… La existencia es una disyuntiva permanente, ya lo dijeron los existencialistas. Elijo ante lo mejor, ante un jardín lleno de flores venenosas, sin recordar muy bien que cuando vivía en tierra desértica también escogía entre dejarme llevar o no por el tedio.

No me gusta perder el tiempo, aparte de las puras obligaciones. Cada vez lo tengo más claro: no voy a malgastar mis horas ni escribiendo/creando secuencias soporíferas ni vacías, ni viéndolas/leyéndolas. Hay artistas que se pasan la vida construyendo artefactos infumables, y me digo yo: “¿No sería mejor, ya que hacen el esfuerzo, escribir o filmar con lo mejor de sí mismos? ¿De qué me serviría la mediocridad, añadir más de lo mismo a lo que ya hay? ¿No es mejor caminar hacia la obra maestra?” Hay demasiados libros, y yo, por lo menos, si los que escribo no me satisfacen del todo, preferiría que no vieran la luz. Luego, como ha sucedido con tantos papeles póstumos de artistas, los que me sobrevivan pueden hacer de ellos lo que quieran…, incluso pueden quemarlos…No creo demasiado en la posteridad.

¿Acaso no es la obra fallida, espuria, como esas horas desperdiciadas, sin volar? ¿No son eso: talismanes de piedra falsa? De momento, me desconciertan y me colman, pero, a la postre, me decepcionan: a veces, no he encontrado la metáfora perfecta o no he planificado bien. El arte es muy ladino: no admite subterfugios ni el remiendo imposible, la zafiedad. Esa imperfección me lleva, si acaso, a enmendar mi estilo cada vez. Mis esfuerzos no serán del todo vanos si van en esa dirección: el sol sale siempre por la mañana, si uno quiere, aun si llueve o hay nubes, aun con las ventanas cerradas. La obra bien hecha, también. Lo contrario es música de grillos.

La distancia que me separa de mis sueños es la medida de mi fracaso. Hay que tener, como un director de cine, la idea en la cabeza y perseverar: no quedar satisfecho hasta que no se haya materializado en el set de rodaje. Una revelación interior, más allá de si los demás la reconocen. Lo espiritual debería atesorarse: cortar la rosa justa, alejar la lluvia. El día es un mensaje cifrado: está formado por la quincalla que abruma al finalizar la jornada. Su fatídico y aburrido discurrir lo dice por sí solo.

EN LA INTIMIDAD DEL PARQUE

Cuando me falla la inspiración, cuando estoy bloqueado en medio de una escena de mi novela, miro entrevistas de Youtube, o leo directamente a un escritor prolífico, para que me transmita, si es posible, parte de su energía. O contemplo un Picasso del catálogo de una exposición ya lejana, que conservo en casa como oro en paño. Pero, las más de las veces, voy al parque, la salida más digna y refrescante que pueda haber.

Isla verde en el paisaje urbano, en mi día de fiesta: me llego hasta el parque por la tarde, a la salida de los colegios, para hacer algo de deporte. Las hojas crujen bajo mis pies y la suela de mis zapatos pisa la tierra, aún fría y tierna, tras las últimas lluvias. Una hora diaria caminando es lo que el médico me ha prescrito. Y yo, sin ánimo de contradicción, sigo el consejo férreamente. No más prédicas en el desierto: todos hemos de cuidar la salud y no salirnos de la vereda marcada por los entendidos, ¿sino qué? Los consejos menos caducos: ayudar y ser ayudado, la liturgia escrupulosa de la ley hipocrática. Dejar que soplen los vientos más bonancibles, en fin, para que el espíritu no se adormezca. Para dejar de hacer acrobacias, como saltarse las dietas y no hacer ejercicio, sentado ante el ordenador. No, ahora toca “desintoxicarse”.

Ir a un museo exige contemplación. Ir a una biblioteca, concentración y silencio. Ir a dar una vuelta al parque, además, exige ser consciente de que eres uno entre muchos. Veo a la mujer ciega acunada por la trabajadora social, haciendo su vida menos sola y más entretenida. Veo al grupo de madres con sus hijos y los amigos de sus hijos, con la merienda. Veo a esos jóvenes arracimados en torno a la fuente, fumando y charlando. Otros, un poco mayores, juegan con bulldogs que, como en una pelea de gallos, se ladran y muerden entre sí. O veo a aquel que practica yoga entre la sombra de los árboles, antes de que oscurezca y sea demasiado tarde. Esa es la intimidad que ofrece el parque, el momento recoleto, tú leyendo una novela o tomando apuntes, en el bloc de notas de tu móvil, preparando esta columna. Días que parecen domingo, a juzgar por la quietud isleña que se respira.

En el parque, están representados todas las edades y clases sociales, todas las modas. Bien en sabido que hay varios estratos cohabitando en nuestra sociedad, diferentes incluso dentro de una misma generación. Solo ahora soy del todo consciente, puedo aplicar la “teoría” que mis profesores me inculcaron. No es únicamente la fachada externa, el uso de un cierto vocabulario y una cierta sintaxis, ni tampoco la vestimenta; se acentúa, además, en el modo de ser. Me cruzo con un anciano con sombrero de fieltro encasquetado en su cabeza. Va solo, despacito, sin el estrés de esos jóvenes en grupo que gritan, que aspiran a comerse el mundo. Lo del anciano ya no se lleva: su pose, su distinción. Los tiempos cambian. Pero él y su sombrero tienen completo derecho a coexistir con las zapatillas Nike o con la camiseta del Barça.

Las visitas al parque, como las visitas a la biblioteca o al museo, determinan, para bien o para mal, mi vida. Los pequeños detalles diarios, los más anodinos, cuentan, pasan a la historia. Algo que hoy creemos insubstancial, mañana será grande. Como la contemplación de esta tarde: queda grabada, ya para siempre, como el valle de palmeras canario o el hojeo de novelas italianas en una librería Feltrinelli, en Roma, dos momentos clave de mis últimos viajes. Tan sencillo como impulsar el arte de mirar. Primero fueron las clases de Historia del Arte en el último año del instituto, antes de empezar Comunicación Audiovisual. Mirar me sirve para almacenar, para coleccionar momentos, la sabiduría de San Juan, el arte de la perfecta contemplación. La joie de vivre mozartiana, presente incluso en sus notas, en sus  piezas más tristes, se ha instalado dentro de mí, ya para quedarse. La que ofrece un parque a las seis de la tarde. La intimidad para crear y escribir, para vivir.