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ALMA CANARIA

En un principio, deseaba visitar únicamente Fuerteventura. Había leído mucho y había estado observando muchas fotografías antes del viaje y, pese a la presencia del viento que no cesa de abofetearte una y otra vez, pese a ser la más seca de las Canarias, de ella me atraían las cordilleras de matorral salvaje, sus vívidos contrastes.  Una mañana de niebla,  a un mes vista, me levanté y, sin pensármelo dos veces, reservé una habitación individual en un hotel de cuatro estrellas en el Corralejo. Ello  me permitiría, en caso de que me animara, tomar un ferry hasta isla de Lobos o hasta Playa Blanca. Ya en mi destino, hoy me he decidido y también he pisado Lanzarote. Creía que no me gustarían sus playas de arena negra. Sin embargo, solo he necesitado detenerme unos instantes ante el paisaje, en la excursión programada desde el Corralejo, para apreciar la silueta de esas casas bajas pintadas de blanco impoluto en medio de un terreno cuajado de lava volcánica.

Viñedos típicos de LanzaroteLo que más me ha gustado de Lanzarote ha sido el ahínco con que el artista César Manrique protegió la isla, su enorme legado; sus esfuerzos para que el cabildo insular conservara esa naturaleza, siempre en peligro, y revirtiera así en el bienestar de sus aldeanos y de los que se cruzaran por sus caminos, en contacto con el fuego original de esta tierra: el alma canaria. Manrique impulsó la arquitectura isleña para que respirara armonía; defendió y estableció, entre otras cosas, que las edificaciones no debían superar los cuatro pisos de altura y que no hubiera ni un solo anuncio publicitario ni en calles ni en carreteras.

Qué decir también de los jameos del agua, y del Timanfaya, y de los viñedos y de los campos de bejeque. Todo parece tocado por la mano de Manrique. A mí se me rompe el corazón (y lo digo, aun a riesgo de parecer sentimentaloide) cuando voy a Sitges y veo el turismo desgarrador que ha trasformado todo en oro, como el rey Midas (acaso para ellos, los grandes magnates, y no para los demás), hasta convertirse en una terrible proliferación de hoteles mastodónticos. Esto ya lo dije en otra columna, cuando  hablé de Menorca; perdonad mi insistencia. También en Lanzarote y aun en determinadas partes de Fuerteventura,  todavía cabe la esperanza.

Me reafirmo: gentes como César Manrique ennoblecen el carácter del ser humano y nos impulsan a seguir trabajando para que las generaciones futuras puedan disfrutar de su entorno, si no en las mismas, en parecidas circunstancias a las nuestras. Continuamente estamos probándonos  a nosotros mismos: si estamos del lado de los corruptos o de los ecologistas; si somos cómplices del juego maquiavélico de los gobiernos y constructoras o, por el contrario, hacemos como César Manrique, como hacían Sartre y sus adláteres existencialistas, rompiendo ese silencio y abogando, defendiendo causas justas; contra los poderes fácticos que solo quieren el dinero. Desearía que nuestro país construyera oasis, espacios protegidos, que se invirtiera más plata en su conservación. Desde esta humilde trona en que me siento a escribir quisiera recordar que, para atraer turismo, no solo construir hoteles comporta réditos: también respetar la fauna y la flora, plantar árboles, y eso se hace  entre todos. Aquí, ahora, más que nunca. Con un turismo responsable, cuidadoso, sin ánimo de destruir.

Con o sin volcanes en erupción, he de regresar algún día, volver a recibir de cara el viento de Fuerteventura y sentir la lava hirviente de Lanzarote en el hueco de mis manos; aguantar  la respiración frente a la belleza milenaria de unas islas que ni el mismísimo Miguel Ángel hubiera esculpido mejor. Ahora, en otoño, huir del frío peninsular solo puede traer ventajas. Todo ese exotismo con el que me he encontrado, con el que no contaba, me recubre la piel como un guante cómodo. No hay ni habrá nunca, me parece a mí, suficientes palabras en el diccionario, registradas o por inventar, que puedan describir en toda su extensión ni el sol del palmeral ni los granos de arena blanca de sus dunas.

EL CAMINO HACIA GRINDA

Esta mañana encontré, revolviendo en uno de los cajones de mi mesa de estudio, un folleto escrito en inglés, cuya primera cara reza: “Grinda, una isla llena de atractivos”. Ya me gusta un poco más esto del vagabundeo. Mi ligero desapasionamiento a contar mis periplos o a andar y desandar los caminos una vez que estos ya han sido recorridos, se torna cariño, afecto y pasión hacia la travesía que realicé alrededor del archipiélago de Estocolmo. Las pupilas de mi alma aún se regocijan con el trayecto de dos horas en ferry hasta Grinda, a mitad de camino entre la ciudad y el mar abierto. Sucedió uno de los cuatro días en que visité la capital sueca, viaje organizado por el Instituto Nórdico de Barcelona, donde tomé clases durante algunos años.

La isla de Grinda, en el archipiélago de Estocolmo
La isla de Grinda, en el archipiélago de Estocolmo

Fui solo, nadie quiso acompañarme. Los demás se lo perdieron; tanto rondar aquí y allá, visitando los museos, los majestuosos edificios del centro, los lugares comunes y, del relajado paseo por mar, lo que estaba más a trasmano, se olvidaron. No exagero si digo que fue hallar el paraíso en la tierra o la tierra  en el paraíso, tanto da. La huella honda: el embarcadero, las casitas de madera, las aguas cristalinas y frías, el bosque. El puerto con cien barcazas, las gaviotas, las culebrillas. Es como si ahora estuviera alojado en una cabaña trasnochando, en esta diminuta isla que los dioses (que hoy, que ayer, fueron benévolos conmigo)  tuvieron a bien regalar a los suecos.

No es lo mismo escribir una columna como esta que un libro dedicado por entero a las conquistas, un diario de bitácora a la manera de Cristóbal Colón, lo sé, …pero uno intenta, con su mejor voluntad, trazar ni que sea un ínfimo y somero itinerario sobre la página. Ya nada puede ser igual: hay un antes y un después de Grinda, un desasirse de la realidad, bañándome en el pasado que es presente en las mismas orillas del recuerdo. Rememoro Un verano con Mónica. Doble deuda: con el país septentrional y con el cine de Bergman. Años después, la visión de esos pacíficos horizontes (lo que significó curtirse los cueros con otros soles) habita en algún lugar remoto de mí mismo.

Lo enterrado en el alma flota, como el corcho, a la superficie. Eso es resolver el viejo enigma de la memoria, tan antiguo como el invento de la rueda o el descubrimiento del fuego que Prometeo robó y entregó a los demás hombres un día mientras habitaba en las cavernas y su imaginación era más bien escasa. ¿No es acaso cierto que estas playas, estos embarcaderos, son el descanso, el refugio, cuando la pena nos apesadumbra? Grinda: te quedas ya en mí, bien adentro, para que su sueño revitalizante me descargue en un futuro de las penas acumuladas por el trajín diario.

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