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EL DOBLE DE BENJAMIN BUTTON

Sin más descanso que el propio del sueño nocturno, hoy me he levantado con el cerebro hiperactivo, pensando acerca de la belleza y del paso por la vida. Y desearía poner un poco de orden sobre el papel, quizá mejor que nunca, para acabar de dilucidar qué hay de verdad en todo esto, ese ideal de belleza, cuyos parámetros varían de una época, de un lugar, de una persona a otra.

Rubens, el pintor barroco, deseaba a las mujeres de abundantes carnes, y así las retrataba en cuadros como Las Tres Gracias. Clark Gable lucía bigote igual que Marilyn se teñía de rubio platino, y ambos se convirtieron en verdaderos mitos  a seguir. Hoy muchos hombres llevan los cabellos largos, desaliñados y con coleta. Sin embargo, el último grito ahora, más que los bigotes, el rubio platino o los cabellos largos, es el tatuaje. En el fondo, todo se reduce, salvo excepciones, a una mera cuestión social: invirtiendo en la imagen, en gustar a los demás, el individuo lucha por hacerse un hueco, por ser admitido en la sociedad.

Brad Pitt caracterizado como Benjamin Button
Brad Pitt caracterizado como Benjamin Button

Siguiendo con estas meditaciones, recuerdo la aún reciente película El curioso caso de Benjamin Button (2008), donde el protagonista nace anciano y, a medida que avanza el metraje, se vuelve más y más joven. Una carrera al revés de lo habitual. Pienso también en la película El retrato de Jennie (1948) en que una joven Jennifer Jones va creciendo a pasos agigantados, desde su primer encuentro en Central Park con el pintor solitario, para así vivir una auténtica historia de amor. Ambas películas son el retrato de la vuelta a la inocencia, o de la inocencia en la madurez (o eso me parece a mí). Ilustran casos opuestos pero confluyen en explicar con naturalidad fenómenos que provocan nuestra sorpresa por la subversión del orden natural, y finalmente nuestra adhesión. Ambas nos hacen reflexionar sobre la belleza que perdemos o que ganamos, sobre la lucha para ganarse el amor de los amantes, destinados a quererse superando, ganando terreno a las barreras de la edad.

La realidad, nuestra realidad, también es una moda. Ahora se impone (si no ha sido siempre) dejar de lado muchas cosas a medida que vivimos; entre ellas, la inocencia. Y debería ser al revés: ser auténticos pintores naïf, que fuéramos ganándola, en lugar de irla perdiendo. No creo que sea una simple ocurrencia. Cada vez que alguien me dice “La vida es así” “Es lo que hay” o “Tú no puedes hacer nada”, sonrío para mis adentros, porque excepto el nacimiento, la enfermedad y la muerte, lo demás puede y debe cambiar, confraternizar. Esas expresiones que oímos a diario a algunos nos sumen en la melancolía, contra las marcas devoradoras del conformismo, contra la falta de horizontes. Estoy cansado de ver cómo la gente va cada día hundiendo más y más su corazón en el lodo de la existencia en el caos de los adultos, y huyen de la sencillez de la juventud. Necesitamos más Benjamines, más Jennies.

Nosotros, como niños, deberíamos ver volar las mariposas, celebrar nuestro cumpleaños con caramelos o jugar a las canicas con nuestros mejores amigos en el patio de la escuela. Alguien me dijo un día que los dobles existen, que todos tenemos uno a la vuelta de la esquina, que puede suplantarnos en un momento dado. Espero encontrarme con el doble de Benjamin Button, que me devuelva la esperanza en una humanidad camino de la infancia y no de espaldas a ella: rejuvenecida, renovada, mejor.