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ETERNOS JÓVENES

La obsesión por permanecer jóvenes y la imposibilidad de aparentarlo en un determinado momento de la existencia son casi tan viejas como la misma humanidad. ¿Por qué no podemos ser siempre bellos? Hay quien no abandona las esperanzas y espera, quizás ingenuamente, el pacto con el diablo o con otra fuerza del mal que le arrebate la vejez y le devuelva su cara aniñada, sin arrugas en la frente, con la mirada serena y cándida de la juventud. Para eso existen los cirujanos plásticos, dirán algunos. Pero no nos engañemos: podemos aparentar, pero no volver a vivir la juventud, al menos física, totalmente. He aquí la amargura: la vida no nos deja serlo lo suficiente: enseguida debemos acostumbrarnos a la cadencia de la madurez.

deanAhora pienso en James Dean y en Marilyn, en Jim Morrison y en Kurt Cobain, en la mayoría de estrellas muertas por sobredosis. ¿Qué decir de Michael Jackson o de Whitney Houston? Muertos prematuramente, su mundo se resquebrajó, su persona se congeló en un momento de la historia, de su historia. Los recordaremos gracias a los fotogramas de las películas en las que participaron o a las voces en conciertos que conservamos en CDs. Para nosotros, siempre tendrán la misma edad: no vivieron demasiado. Por eso, serán eternos jóvenes, eternamente bellos. Ellos no conocieron ni conocerán nunca los rigores de la vejez.

Algo resignados, el común de los mortales desea hacer trampas y decir aquello de que son jóvenes de espíritu, jóvenes de corazón. Algunos, en una suerte de “lógica del erotismo”, como es el caso de Picasso, que mantuvo relaciones con muchas mujeres y eso le hizo creer que no envejecía, que ellas le devolvían parte de la juventud, en especial con Jacqueline, presente en infinidad de retratos, cuyo amor pasional y apasionado le sirvió como acicate para pintar.  Otros optaron por el suicidio: no quisieron llegar a viejos, o bien la vida les trastornó y no consiguieron llegar al final, veáse Mishima, Gabriel Ferrater, Hemingway o Cesare Pavese.

Perder la juventud, pues, debería ser menos grave de lo que es. Transcribo una frase de Albert Camus, extraída de La peste, que reivindica la vida, y con ella de manera implícita el goce, a pesar de todo, a pesar de la desesperación: “No había sitio en el corazón de nadie más que para una vieja y tibia esperanza, esa esperanza que impide a los hombres abandonarse a la muerte y que no es más que obstinación de vivir”. Esto es lo único y más precioso que querría conservar para mí, más allá de la belleza: vencer a la Muerte a través de un obstinado optimismo.

Cómo nos complicamos, cómo nos obcecamos con nimiedades tantas veces, cuando lo más importante es el aprendizaje del vivir. Solo el curso de los años o la enfermedad nos hacen recuperar la cordura de nuestras madres, que nos enseñaron por las noches, mientras nos leían cuentos, que lo que debe preocuparnos es solo la vida en mayúsculas, con todas sus contradicciones, con todos sus pormenores dulces o amargos, con la inteligencia que nos aleja de los lobos o de las brujas del bosque, venciendo así los obstáculos del camino. Nada más.

 

YASUJIRO OZU O LA AVENTURA JAPONESA

Pienso con cierta nostalgia, con cariño también, en aquella primera juventud marcada por las ínfulas de convertirme en cineasta. Recuerdo, viendo Cuentos de Tokio, cuando tenía catorce años menos, cuando mi vida se gobernaba exclusivamente por imágenes y estaba abrumado por un sinfín de teorías cinematográficas. Más exactamente recuerdo el trabajo universitario que presenté sobre la obra de Yasujiro Ozu. El Japón antiguo y el moderno confluyen y animan a emprender la aventura japonesa a través de los ojos del espectador.

cuentos de tokioHe vuelto a ver esa película: la reunión familiar de una pareja de ancianos que visita la capital japonesa, cuyos hijos, marcados por el egoísmo, desatienden, y a los cuales solo su nuera Noriko se entrega con ternura y generosidad. Mi vida, una vida del todo gris, quedó (y ha quedado ahora) totalmente atrapada en el ritmo milagroso con que se destilan las emociones de seres tan alejados y, sin embargo, tan cercanos, tan especiales y espirituales. Me ha vuelto la respiración casi sin darme cuenta. Es, por así decirlo, una suspensión temporal, una gramática pendular: un ir y venir de planos estáticos que desfilan ante mí como una sinfonía lenta de imágenes.

Ya no voy a ser director de cine: ahora tengo otros intereses. A pesar de todo, Ozu me sigue interpelando como individuo; necesito su clima poético y que este se prolongue el resto del día. Su interés humano trasciende las barreras del yo: no es en absoluto un arte narcisista. Llega a fundirse con lo espiritual en el arte de Kandinski hasta alcanzar una profunda religiosidad. Los haikus de Basho que recientemente he descubierto, tan cerca del mundo pequeño de Ozu, también han conseguido alejar a mi cuerpo, por momentos, de lo meramente terrenal. Estos poemas de tres líneas, en tan poco espacio también condensan un mundo, una vida entera, una visión cultural. La naturaleza, el ser de los humanos o el instante detenido: una mirada universal.

Naturalmente, no todos se emocionan y no a todos les atrae lo mismo; cada persona tiene una sensibilidad diferente. Yo he buscado intencionadamente un cine alejado de los parámetros comerciales. Más de uno empezará a bostezar de aburrimiento al minuto de iniciarse la proyección. Pero para el espectador que navega al margen del cine que nos tiene acostumbrados la “factoría” Hollywood, el que quiera elevarse por medio de la poesía (¡qué vida más limitada sería la nuestra sin ella!), poder recurrir a Ozu supone un oasis de felicidad en medio del desierto. Es el amigo confesor que nos espera para consolarnos de nuestras vidas minúsculas, engrandecidas por el milagro cinematográfico.