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RELEYENDO EL PASADO

Estamos condenados a ser libres, dijo Sartre. ¿Es cierta esta afirmación? No creo demasiado en la libertad absoluta. Estoy más bien convencido de que las personas reaccionamos ante los acontecimientos mediante fuerzas internas o externas, inconscientes, a menudo incontrolables; gracias a ellas, o a pesar de ellas, andamos por el mundo. ¿Hasta qué punto es viable esa libertad? No pretendo escribir ningún ensayo filosófico, ni es mi intención aquí ser sistemático ni exhaustivo. Hablaré brevemente sobre la imposible libertad, sobre la fatalidad de la vida: cómo no podemos desprendernos del todo de lo que hemos sido; cómo nuestro carácter, en el fondo, no puede cambiar sustancialmente. Estoy seguro de que no podemos dejar de ser en cierta medida aquello que fuimos.

bibliotecaQuizá el mejor ejemplo de esta inevitabilidad pueda encontrarse en la experiencia lectora. Cuando era adolescente, en Sitges, en los muchos crepúsculos de agosto, la hora propicia para la lectura, me obsesionaba con abandonar el libro que tenía entre manos y dedicar unas horas a la escritura; no quería dejar de leer. No era consciente de lo que sucedía mientras escribía, pues con los años me di cuenta de que no hacía falta que estuviera todo el rato leyendo. También cuando escribía, reflexionaba y dejaba traslucir, con otras palabras, aquellos textos que había leído. Llegué a la conclusión de que no somos más que los intermediarios, el eco de lo que leemos. Bueno, también del resto de sucesos de nuestra existencia. Escribiendo, recordando, nos sometemos a las fuerzas del pasado.

Rememoro las palabras de Platón, de Hume, de Kant, de Nietzsche, sin pretender adoctrinar a nadie, ni siquiera a mí mismo. No hace ninguna falta que yo vuelva a leer esos discursos. ¿Cómo, si no? Aflora inevitablemente en la memoria ese aprendizaje capital: mis dieciocho años y la historia de la filosofía del curso preuniversitario. Es imposible, aun a riesgo de que suene algo pomposo, ridículo o engreído, que no me haya “manchado” con esos textos. Puede que, además, me haya encariñado con esas lecturas, pues la memoria reelabora los textos y hace que ganen en calidad y sabor como el vino añejo: aumenta el valor de lo recordado cuanto más antiguo sea. Aquí la metáfora de la experiencia lectora es la vida. ¿Qué me hace ser como soy? No puedo desatar, como es de suponer, el nudo gordiano de esa cuerda.

Ahora, cuando releo con el pensamiento, me gusta escuchar, perseguir, adivinar la voz del texto en la cabeza, la de quien lo escribió: distintos narradores, registros, autores, épocas. Me basta coger un libro de la estantería y volver a leer una frase, un párrafo, para reencontrarme con la voz del autor, y de paso con el chico que leyó esos libros, y experimentar cómo se sentía y en qué pensaba. Estos signos, estos rastros intrigantes del pasado son inevitables, fatídicos, son las fuerzas ciegas que nos mueven en nuestro presente, consubstanciales a la naturaleza del ser humano; pero nadie nos lo explicó en su día en la escuela. Voy a volver a las aulas, a escuchar el reloj en la pared, a fijar la vista en la pizarra verde manzana, a escuchar los ruegos inútiles del profesor al silencio mientras dura la lección. Esto que recuerdo es, sin duda, el destino que se va escribiendo desde el pasado hasta nuestro presente y nuestro futuro.

UNA TARDE CON BLANCANIEVES

Unos ojos asombrados (mis ojos) escrutaban la enorme pantalla de cine de barrio. Aquella tarde dominical entré a formar parte del círculo cinéfilo con Blancanieves. ¿Quién no recuerda la primera película que le conmocionó? ¿Y las viejas butacas desflecadas de terciopelo rojo? ¿No era esa la mejor manera de celebrar un cumpleaños? Cuando salimos del cine, recuerdo que le pregunté a mi madre si existían de verdad aquella muchacha, aquella bruja madrastra y aquel príncipe azul, y me contestó:

−Uno debe creer en ellos aun cuando no existan.

Mi primera lección existencial fue, sin saberlo, el imperativo categórico de Kant.

Aquel cine de barrio, el único que teníamos en un kilómetro a la redonda, fue a menos y cerró, y con él el variado repertorio de comedias de las anodinas tardes de domingo. El dueño optó por venderlo y las excavadoras lo demolieron sin compasión y, en su lugar, ahora, desde hace muchos años, hay un frío concesionario de coches. ¿Qué era más importante: un automóvil o los sueños de un niño?

Hace unos días (y por eso vuelven a mí lo recuerdos de aquella tarde) un amigo mío me insinuó que había sido un error que nadie antes me hubiera llevado al cine, al torrente de imágenes de hora y media de duración. Y quizá ahora pueda comprender ese misterio a la luz de las palabras de mis mayores (mi madre y mi abuela) que lo consideraban “un capricho que los niños no pueden entender”. Jamás se lo he preguntado a mi madre. Lo intuyo: nos habíamos aficionado a los concursos que daban en televisión.

Blancanieves
Blancanieves

Quizá sea creyendo un poco, echando la vista atrás, la manera que aun hoy tengo de alimentar lo espiritual en mí “aunque Dios no exista”, mientras afloran mis primeros recuerdos con la fuerza con que manan de una fuente. Puedo creer a pesar de todo, a pesar de las brujas malhechoras. El cine significó (y aun hoy) el placer por instantes de volar, de grabar y poseer en la retina imágenes de cuerpos etéreos, esas primeras películas, ese panteón particular, inocente, fantástico: el arte efímero de las películas de Disney.

Así comprendí que las verdaderas lecciones no se aprenden en la escuela; las pérdidas en la vida, como la ausencia de un padre, pueden sobrellevarse con algo más que palabras. La vida era capaz de recompensar el dolor de un niño. Quizá, algún día, yo sea ese príncipe azul, el príncipe de la infancia, el príncipe que salve a una muchacha infeliz de la muerte, más allá de los libros aburridos y sesudos de las primeras lecciones matutinas.