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SEUDÓNIMOS

En una novela, incluso en el cine, ¿verdad que no es lo mismo ser La Regenta que llamarse Ana Ozores? ¿No deberíamos dar más importancia al nombre con que fuimos bautizados, que es parte de nuestro carácter y de nuestra personalidad? Cuando nos presentamos, nos gusta que nos distingan del resto. Cuando amamos con pasión, amamos a esa persona amiga o amante y a su nombre. Así que me imagino que cambiar el nombre, elegir un seudónimo, tu seudónimo, debe de ser una decisión trascendental, un antes y un después; renunciar a cuanto nos determina desde la cuna para crear un nuevo personaje.

Hace tiempo escribí un cuento cuyo primer título era Los nombres inventados, en que los dos protagonistas, el narrador y su amiga, entraban por primera vez en un karaoke, fingiendo una edad que no tenían y presentándose con seudónimos al dirigirse al escenario. Cantar allí era el símbolo de una torpe puesta de largo, una estratagema para quitarse la máscara, para acceder a la vida de los adultos. Y yo me pregunto: ¿no habría sido mejor que se presentaran al mundo como lo que eran, sin adelantarse al reloj biológico, y vivir la vida plenamente a través de sus nombres verdaderos? La pretendida transformación anímica y profunda, especialmente la del chico que cuenta la historia, solo era en base a esos Sonia y Roberto con que se hacían llamar. Eso jamás me ha ocurrido a mí, pero lo he imaginado a través de la ficción. Algo me dice que es un rito de paso común entre los adolescentes que quieren aparentar aquello que no son.

“A los muertos he de verles el rostro” comenta a menudo un amigo mío, “si no, pensaría que aún están vivitos y coleando por el mundo”. De lo contrario, mi amigo, y yo mismo ahora, no podríamos hacernos a la idea de que nuestros seres queridos están realmente muertos, puesto que siempre parece irreal el abandonar los caminos de este mundo. Por muy grande que sea el vacío que dejan, no podemos asumir su dolor. Mi abuela decía que siempre tenemos que mirar de frente a los demás para llegar a conocer las almas que se escapan, normalmente, de los ojos. El alma nos habla y debemos soslayar la máscara. Con los seudónimos pasa igual. A través de ellos, sus propietarios se esconden, huyen de sus orígenes: si no llegamos a la raíz, atravesando los cuerpos, si no llegamos a su nombre verdadero, perpetuamos la irrealidad.

Pablo NerudaPor todo ello, no voy a ser yo quien haga un panegírico de los seudónimos, quien los ensalce diciendo que Pablo Neruda me gusta más que Neftalí Ricardo Reyes. Tal vez hubiera sido mejor que Pablo Neruda hubiera conservado su verdadera identidad y se hubiera hecho llamar Neftalí Ricardo Reyes. La obra no debería opacarse con falsas identidades. En literatura cuentan las obras escritas, lo demás debería pasar a un segundo plano. Quizás no revista demasiada importancia el nombre del autor, verdadero o no, lo cual es así hasta cierto punto. Al fin y al cabo, la personalidad del autor, aquello que nos quiere mostrar, la manera de dirigirse al mundo, es tan importante como el título de la obra, la forma o el contenido. Quién sabe cómo habría sido la vida de Pablo Neruda sin ser Pablo Neruda. El deseo de aventura nunca es inocuo, siempre conlleva consecuencias. “¿Quieres que piense y te diga cuál es tu seudónimo ideal?”, me preguntaréis. “No, no lo quiero, gracias”.