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EL COLECCIONISTA DE VOCES

Hay quien sufre más de una chaladura y colecciona abrigos de piel, zapatos de tacón o CDs con carátulas estrambóticas. Por no decir de quien guarda cajas vacías de puros, con su olor penetrante aún intacto. Como en éxtasis, el coleccionista almacena cuanto su imaginación, sus ansias de devorar el mundo, de superar los horizontes pecuniarios, le dicta; sabe que es un mero capricho, que no necesita realmente nada de lo que salvaguarda con uñas y dientes, para supeditarse a esa afición envuelta en papel de seda. Su sola justificación: su felicidad megalómana. Nuestra estulticia se diría tremenda. Si acaso, habremos cometido otro pecadillo por comprar más de la cuenta.

Yo me he aficionado, diríase que debido a esa aburrida soltería que me lleva a inventar subterfugios, a coleccionar voces; las oigo reverberar en mi cabeza. Es el disfraz, el trono y la propia sepultura del señorito bien: lo que persigue durante toda su vida, lo que también le da muerte. Puedo reconocerlas cuando las leo, cuando las oigo en el autobús o el metro, cuando mi madre habla por teléfono. Supero la barrera de las palabras y aprecio el tono, el color y el timbre. Cuando leo, intento visualizar a esos personajes, cómo van vestidos, cómo gesticulan. Nada nuevo bajo el sol. Releo y siempre reconozco, a un golpe de vista, a un golpe de oído, el estilo de ese autor imprescindible. También con la mala literatura: la destreza consiste en desentrañarlas de sí mismas; destrenzarlas de la red, deshacer la capa de hielo con la que se envuelven. Yo llamo a esa afición, a ese gusto entrenado y al alcanfor algodonoso el arca de las palabras. En ella cabe desde una interjección hasta una palabrota, una acepción en desuso o una expresión de camaradería. Tal cual.

Buenas o malas, esas voces pululan por ahí afuera, lejos de mi mundo. Las cazo al vuelo: un libro mediocre puede ser excelente. Un ejemplo: yo quiero leer no solo a los clásicos, sino también a los novelistas actuales, aquellos que aún no han sido bañados por el espesor de la lava gloriosa, el oro de la fama, y están ahí, esperando a ser leídos. Los clásicos me ayudan a visualizar el habla de los siglos pretéritos. Los contemporáneos pueden ayudarme a entender cómo hablamos hoy.  Es la antropología, la sociología a la que me he referido en otra columna anterior. Todo me sirve a mí para luego escribir, para recrear esas voces en el espíritu del lector.

Escribir y cerrar el círculo. Escribo para ordenar, para entender el mundo, para deshacer el entuerto: los nudos del ovillo que se devana en mi interior. Clarifico mis ideas. Es como si viviera en un castillo de la Mancha y mi salón estuviera rodeado de retratos de viejas damas que me observaran y me guiñaran el ojo. Como si subiera al Himalaya. Como si fuera un neófito e hiciera un curso acelerado, intensivo del arte del lenguaje. La amargura de la vida, disimulada con un refrán de los de siempre.

Cuando escribo, pongo en claro, no solo mi pensamiento, sino el de los demás. Si yo no coleccionara voces, sería otro ser, completamente diferente. Busco atrapar esos gestos en la manera de hablar que me cautivan. Todo, con el solo concierto del misterio, de la sorpresa, de la bizarría de las palabras. Cristalizo en mi cerebro lo que otros escribieron. Lo que quedó registrado de un programa de televisión. Alguien me diría: sí, es verdad, pero te olvidas de los gestos corporales, del lenguaje no verbal. No todo es verborrea, una metedura de pata o una actitud demasiado reservada. Yo desconfío de la escatología libresca sin ton ni son. Pero ya no puedo ni podré desconfiar de esa voz callada, en el filo del acantilado. Si algo aprendimos con la experiencia es a no desterrar el canto de la chicharra: su voz también es válida, solo hay que escuchar y aprender de ella. El embate de las olas es una forma de sabiduría, también, como el torero que sale a la plaza y da lecciones de acrobacia a los indiferentes.

PARA CAPRICHOS, LOS MÍOS

Ayer tarde me pasé más de dos horas de reloj en la librería Jaimes. Acabé comprando la última novela de Modiano. Hasta aquí, todo parece normal.  Pero resulta que también había ido por la mañana, y también me regalé una obra de teatro de Modiano. Las dos veces, de mañana y de tarde, a la pregunta de si quería que me los envolvieran de regalo, dije que sí. Siempre me los regalo para mí, normalmente digo que no hace falta que me los envuelvan, pero en esta ocasión quise verlos con el papel de celofán y el lazo. Quise esperar: los dos paquetitos los pondré en el árbol de Navidad esta noche para el tradicional intercambio de regalos. Aunque solo sea para mí; mi madre ha dicho que este año no quiere celebrar ni el Papá Noel ni los Reyes. Me da igual: he acertado, igual que si me los hubiera traído una carroza del Círculo Polar.

Hace solo un par de días, fui al FNAC y me compré La de Bringas, de Galdós. Y también un día antes, en una librería de oportunidades, de la que soy fiel comprador, me hice con una novela de Lobo Antunes. Para muestra un botón: los libros ya forman parte de mí. Para caprichos, los míos. No me gasto el dinero ni en lotería, ni en tabaco, ni en alcohol. Puede parecer muy estrafalario que buena parte de mi sueldo sirva para engrosar mis estanterías de esas novelas, esos cuentos, esos ensayos tan necesarios para seguir viviendo. Fantaseo con la idea de seguir teniendo tiempo libre para devorarlos todos y cada uno de ellos, aunque sepa que no será posible. Es casi como la pila de folios en el maremágnum de la mesa de mi escritorio, o de los cajones, con notas, resúmenes y descripciones de personajes de novelas futuras, tantos que no podré escribir en el curso de esta vida mía.

Sé, como la canción de John Lennon, que I am not the only one. Sé que, con la utopía de los libros (que si todos los individuos de este planeta leyeran buenos libros), las guerras, las hambrunas, los conflictos armados terminarían, o si eso es exagerar, tal vez serían más cortos. Sé que hemos de seguir leyendo, como hemos de seguir escribiendo, componiendo o pintando para el bien de la Humanidad. Escribir un libro, créase o no, fomenta ese bien.

En mi interior, una llama se hace cada vez más grande; no es una ignición violenta. Alberga la esperanza ante el sinsentido, el despertar en medio de la nada. La literatura ocupa todo el espacio de mi corazón, y no es poco; es mi único amor, mi única Madame Bovary, Anna Karenina o Lolita. Es el juego de pellizcarse las manos, la pipirigaña de los libros; la varicela, el sarampión, la gripe juntos.

Digo todo esto porque estoy harto de escuchar que, en este país, o en el mundo entero, no se lee ni se escribe con calidad (excepto en lugares tan civilizados y hermosos como Islandia o Noruega, donde se becan a los escritores primerizos con una gran cuantía de dinero, y se lee al abrigo del hogar en el salón, junto al árbol navideño). Me parece que estas fechas tan señaladas gustan de mentes preclaras, de espíritus indulgentes y sensibles que entiendan las debilidades humanas. Empatía, diría yo; empatía y esperanza. Si queremos vivir, hemos de sentir. Lo único que debemos hacer es sentir y vivir.

 Mientras los demás están pendientes de los asuntos políticos, de los partidos de fútbol, de las series televisivas, yo leo; leo y escribo. Me gustaría que más de uno de mis lectores siguiera mi ejemplo, dejara la caja tonta por un rato y leyera. Solo así se prolongará la especie. Que no, que no son paparruchas. Senderear por los libros es como ir siguiendo al amante, que seguirá en nuestra biblioteca, o en la mochila o la cartera, en el punto donde lo dejamos. Que no, que el libro es tanto o más fiel que un animal doméstico, que el mejor de los amigos. Con estos podemos discutir, enfadarnos; con aquellos, si bien puede abrirse una brecha en nuestro cerebro ante una opinión o una idea contraria, en las antípodas de nuestro pensamiento, siempre podemos volver a él, ir hacia atrás y hacia adelante a nuestro antojo, comernos con los ojos las ilustraciones. Dialogo infinitamente con ellos; voy a beber en ellos y así sacio mi sed. Son mis caprichos de todo el año, mis caprichos de Navidad.

¿SOY UN LECTOR PEREGRINO?

Necesito tomar la distancia adecuada, que el pasado cristalice en mí,  y volver a aquellos veranos de hace veinticinco años en Sitges, a aquel mar de tormenta que se embravecía cuando le venía en gana, a aquel sol que hacía despertar hasta las piedras. Recuerdo la calle de Sant Francesc, ya entonces abarrotada de gente, y cómo se me embriaga la vista ante el escaparate de la librería Puig, ante aquellas portadas de libros de títulos más o menos insinuantes, caudalosos.

Concretamente, me “obsesioné”, y aun hoy me “obsesiono”, con uno de esos libros: Doce cuentos peregrinos de Gabriel García Márquez. Esa portada azul, con un jarrón forrado de palabras y una rosa por cuento. Sin apenas darme cuenta, todo mi ser, todo mi cuerpo, no solo la mente, el corazón o las tripas, se preguntaba qué demonios se escondía, qué se agazapaba entre sus páginas. Lo mejor de todo era, no leerlo, sino recrearlo, imaginar su contenido. No lo compré ni leí hasta mucho más adelante; eso era lo de menos. No importaba de qué trataran los cuentos. Prueba de ello es que apenas uno ha quedado fijo en la memoria: el de  María dos Prazeres, la prostituta que, ante la inminencia de la muerte, llama a un sepulturero para reservar su tumba en el cementerio de Montjuïc. El resto los inventé y ahora recuerdo no los que eran en realidad, sino los que mi imaginación me dictó.

Luego he contemplado más portadas, más fotografías. El hechizo continúa, con igual o aun mayor fervor. Me gustan los libros, y todavía más la alcoba en que recluirme. Me gusta que, cuando no hay luz, pueda encender la lámpara y seguir con la mirada el hilo de las frases, al igual que la luz de los faroles de gas proyectaba en otros siglos la sombra del sereno por las calles nocturnas. Pero mejor que eso, lo anterior: el momento antes, cuando no sabemos de qué va a ir la historia y pensamos y nos hacemos un mapa de lugar, sin más ayuda que el título.

La alucinación del libro de García Márquez en el escaparate de una librería de Sitges, ¿cuánto tiempo tendrá que pasar para que ennegrezca como el tizón, para que desaparezca de mi visión? Conservo su calor en el rostro, su calor en los huesos: como se aprecia, el impacto es mayúsculo, hiperbólico; tardará en apagarse. Bien es cierto que yo también me recreo más allá de los límites recomendables. No es tanto el hecho concreto, lo que sucedió, sino el juego al escondite de la memoria. Ahora me doy cuenta: no recuerdo hechos pasados y aislados. En todo caso, están relacionados, concatenados con los libros que he leído y que me han marcado. ¿Qué historia se escondía en la entrada de la enciclopedia sobre un poeta andaluz que yo ávidamente consultaba en la biblioteca del colegio? ¿Acaso no leía una novela de Soledad Puértolas en el avión que me llevaba hasta Nueva York? ¿Qué catálogo me compré en el Museo Thyssen con motivo de la exposición de Edvard Munch hace dos otoños?.., y así hasta el infinito. Estoy convencido de que la huella del pasado, caprichosa como la lluvia, dadivosa como la llama de una vela encendida en honor de un familiar difunto, una pobre baratija reconvertida en diamante, solo se borrará al margen de mi voluntad, al final de mis días, con la muerte. Mientras tanto, yo escojo recordar. Libros, o títulos de libros, o simplemente ricas experiencias lectoras.

¿Se me tildará, aun así, de lector peregrino? De una cosa estoy seguro: no soy el único. Hay muchos más, atraídos igualmente por las portadas, por los escaparates, por aquello intuido o fantaseado que está ahí, esperando a ser leído. Es más importante la cábala que el resultado final; la fantasía del adolescente, frente a lo real. Nada existe per se, eso lo sabemos todos. Reinventamos las historias a fuerza de pensarlas, de contenerlas en nosotros mismos. Leemos lo que experimentamos, experimentamos lo que leemos; esto es un hecho comprobable. Literatura y realidad son dos vasos comunicantes. Sin experiencia lectora, no hay música, no hay libros, ni ensayos de libros; no hay lecturas plenas. Yo crecí con esas palabras necesarias que alimentan el espíritu. Cuanto más miraba y admiraba escaparates de libros, más precisos, más completos eran mis sueños. Como lector activo, tenía y todavía tengo visiones a cada vuelta de la esquina.