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ESCRIBIR, LEER, TRADUCIR

Quisiera detenerme un poco a meditar sobre mi viaje a Roma; escribir este artículo en mi portátil, antes del regreso a casa. Anteayer, perdido entre las calles alrededor de la Piazza Navona, para matar el tiempo, di con una tienda de libros de segunda mano. Traspasé el umbral, dejé guiar mis ojos por las estanterías y, después de unos cuantos minutos en la sección de narrativa extranjera, compré a muy buen precio una primera edición de Opinioni di un clown, de Heinrich Böll, que en su día leí en versión española. Parecía que estuviera predestinado, o tal vez fue la casualidad, eso lo ignoro.

Villa Borghese, Roma

Ya en el hotel, volví a sumergirme en la famosa escena inicial. En ella, el protagonista describe la atmósfera de la estación de trenes de Bonn, y de toda la rutina que lleva acumulada a sus espaldas: subir y bajar escaleras, facturar el billete, comprar el diario vespertino, coger un taxi. La literatura dice mucho de sí y del mundo. Pero también es cierto que lo que cuenta sería papel mojado si yo no hubiera viajado nunca en tren. Necesito un bagaje personal y lector. No hubiera captado los matices, el automatismo de preguntar aquí y allá, ni cómo salir de dudas, si no me hubiera perdido otras veces, o hace apenas tres días por los laberintos de la Estación Termini, buscando el andén tras un larguísimo pasillo, donde me esperaba el tren para Tarquinia.

He copiado algunos fragmentos del libro en mi libreta de hojas rayadas. Escribir, o mejor dicho, reescribir a mano, me ejercita el pensamiento, hago mío el idioma del traductor. Me permite una lectura más profunda, entrar en las imágenes y en los juegos sofisticados del novelista que tal vez pensó que nadie lo leería. Me conecta con él, con su época, con el sudor de su esfuerzo, con la misma luz que lo alumbró. Como si me trasladara, en fin, a su cabeza, y diera con la mejor forma de interpretar su pensamiento, el corazón de la historia, hasta contagiarme de su estilo.

Puedo pasar por extravagante: leer libros en otros idiomas diferentes del original. Sin embargo, y a poco que uno piense, no es tan descabellado. Todo lector es curioso por naturaleza y desea siempre, o casi siempre, responder a las siguientes preguntas: ¿qué parte de sí mismo ha dejado el traductor en esa versión? ¿Qué sentimos cuando leemos en otra lengua? Queremos ver cuáles son las diferencias según la traducción; albergar en nosotros el cúmulo de nombres propios y de lugares, de sentimientos. Depende de la sensibilidad: estoy seguro de que gana más o menos según cómo suene en nuestro interior y, así, la versión italiana, digamos, puede ser incluso mejor que la española.

Nunca menospreciaré el poder de transformación de los traductores, su camino hacia el espíritu. Estoy más que convencido de que, de forma cuantitativa y cualitativa, con su labor colaboran, y mucho, a enriquecer nuestra lengua. Nos trasladan el sentido, la materia prima de toda literatura. Yo, al menos, cuando leo grabo en  mi piel eso que el traductor quería transmitir, como si se dirigiera a mí exclusivamente. Tengo ese privilegio, o así quiero pensarlo.  Escribo, leo, traduzco: me traslado al universo del autor. Vuelvo a escribir la novela en mí mismo, mezclando su experiencia con la mía.

Seis días y seis noches en la capital italiana me han hecho beber de su espíritu. He vivido la atmósfera de la ciudad, y a la vez me he alimentado de libros. Lo que me ha sucedido en tan poco tiempo es casi un milagro. En verdad, se necesitan muchos años, mucha vida, para transfigurarse en los libros y, especialmente, en las traducciones; mezclarse en uno mismo. Cuando era un adolescente, apenas descifraba lo que  esos libros querían decirme y no conseguía apropiármelos, estuvieran bien o mal traducidos. Ahora que observo con atención cuanto me rodea, y que me siento algo más integrado en el mundo, que incluso he escrito y traducido alguna  cosa, puedo empezar a “comprender” gran parte de aquello que otros antes que yo quisieron decir.

 

COLUMPIOS Y TOBOGANES

Ayer iba en el metro y entreoí una conversación entre dos madres, una, ya bregada en estas lides (o eso me pareció), y una primeriza. La primera dice a la segunda: “Es traumático cuando el niño pasa del pecho al biberón, y aún más del biberón a las papillas”. Tres pequeños ritos de paso. ¡Qué difícil parece todo esto!

tobogánHace ya mucho que el tiempo de los columpios y toboganes finalizó para mí. Solo volvería si cumpliera con la supuesta, por remota, condición de padre. Cuando prolongara la especie, vaya. Y no hay nada que me apetezca menos. No me cuento entre la mayoría de la población que sí lo desea. Por algo el mundo es mundo, y no seré yo el que apague la luz consoladora que mantiene viva la estirpe de los hombres y de las mujeres.

¡Ay, si hubiera bebido de esa agua! Mi piso amanecería con un guirigay innecesario, el de la hora en que los hijos se levantan para desayunar Cola-Cao, vestirse y salir para la escuela. Me rechinan los dientes solo de pensarlo. Algunos creen que tienen instinto de padre o madre; que fueron elegidos por los dioses para la procreación. Es una verdadera patraña, y, sin embargo, son muchos los que se someten a ella, como si formara parte del hado.

Aunque no esté en mis planes la paternidad, no por ello dejo de pensar en el futuro. Tener una edad te hace más dado a las prospecciones y los pronósticos, y, en mi caso, espero que esto siga así hasta que, por mi condición, ya sean solo las compañías aseguradoras las que se encarguen de ello.

Pero… ¿planificar sobre qué? En una sociedad en la que, para el adulto, todo gira en torno a la estabilidad laboral y a la creación de una familia propia, ¿qué haré yo? Para otros dejo la misión imposible de traer hijos a este desolado y triste planeta. No lo echo de menos; para mí, mis hijos son los libros que leo y los que escribo: de ellos, sí tengo mucha estima, y mucho pesar, y muchas ganas de reencontrarlos, de parirlos, de regurgitarlos; los otros, no. Soy amigo de mis amigos y juro que nunca desearía minusvalorar a nadie que no lo merezca; pero no, los hijos son palabras mayores.

Ahora, mientras observo desde el balcón (en la hora de la merienda) a los chiquillos bajando por el tobogán o columpiándose, en tanto que sus padres y madres los vigilan con mil ojos por miedo de que se caigan, yo estoy aquí, sereno y reconfortado con el trabajo bien hecho: la columna escrita hoy al albor de las palabras escondidas, al calor de mediados de julio, en medio del zureo de palomas, como acuclilladas, en mi barandilla, en busca de sombra.

Yo no. Para mí, la despedida del mundo de la infancia es la reafirmación de mi carrera de escritor: me enorgullezco de mis criaturas, las de mis historias, con la vista puesta en mis futuros lectores, los que un día escucharán o leerán mis oraciones escritas sobre la página, no solo los dioses propicios, sino las almas sensibles, coetáneas o no, semejantes. Adiós tobogán; adiós, columpio.

 

CIUDADANO DEL MUNDO

Vuelvo allí, mediante el recuerdo, al salón de mi casa, a las tardes televisivas de mi adolescencia, a la serie The Love Boat (Vacaciones en el mar). De la cocina me he traído una caja de galletas María, que descansa en mi regazo, y un vaso de limonada para matar la sed veraniega. “¿Y si trabajara en un barco?”, me pregunto entonces. También yo quería formar parte de esa tripulación, hablar muchos idiomas y trabar amistad con tantos extranjeros simpáticos. Sin saberlo, crecía el germen del escritor que desea vivir todas las vidas posibles. Sin saberlo tampoco, años más tarde, si no lo hago ya, experimenté mediante la escritura para llegar a adivinar qué demonios se esconde detrás de todo eso, el terreno literario del presente que abono con el misterio de la imaginación.

Y he acabado trabajando en un hotel. Los once años que llevo en él me han permitido el fin que buscaba: escribir con un resquicio siquiera de verdad. ¡Qué mejor forma que conocer el alma humana a través de tantos viajeros con sus historias que llenan maletas y mochilas! Esos nuevos visitantes, esos seres anónimos, que luego van cobrando entidad, ya sea cuando pronuncian sus nombres y apellidos o cuando gesticulan. Yo juego a ser el escritor que lleva una tenue luz en la frente, que le permite iluminar, construir personalidades, caracteres, vínculos.

cruceroVerdaderas o falsas, son historias que se escriben sin demasiada planificación muchas veces, como las que se van tejiendo, de manera desenfadada, bebiendo cerveza en torno a la barra de una taberna. Los dos planos, el real y el falso, se entrecruzan, hasta formar una ficción. Más allá, por detrás de la máscara, la careta y la panoplia de los personajes, se fusiona la verdad y la mentira. Pero, ¿qué es la literatura, al fin y al cabo, sino la región privilegiada de las mentiras verdaderas o de las verdades mentirosas?

Quizá mi existencia no haya alcanzado cotas tan glamurosas como las que pueblan The Love Boat. Ni soy amigo del capitán, ni me paseo alegremente por la cubierta al salir el sol, ni hago viajes maravillosos por el Caribe. Con todo, sin haber viajado demasiado me considero un “ciudadano del mundo”, cuyo país es ninguno y todos a la vez, el de todos aquellos que llegan y se van; emulando un rapidísimo Veni, vidi, vici de Julio César, allá por donde vaya, como las aventuras de los pequeños héroes, los alegres compadres de la experiencia vital. No solo trabajo en un hotel. Me siento, además, rodeado por la voz cadenciosa de las distintas criaturas que observo a diario, transformadas luego en el papel. Comparto algo con todos mis coetáneos: viajo al pasado y proyecto el futuro para, finalmente, entregarme al juego del presente, el de los libros.

LA ELEGÍA DE LAS GOLONDRINAS

En mis horas libres, cuando estudiaba en el instituto y me preparaba para la universidad, cogía muchas veces el autobús e iba a pasear por el centro. Pasaba largas tardes escuchando CDs y revolviendo libros aquí y allá en la Virgin megastore del Paseo de Gracia o en las también desaparecidas Crisol y Catalònia. Vuelven a mí las revistas de pop británico que leí con fruición y las canciones que allí compré y que ahora suenan en mi mini-cadena: Lemon Tree de Fool’s Garden, Forgiven not Forgotten de The Corrs, Wonderwall de Oasis y Besaré el suelo de Luz Casal. Mi memoria nada en el río de Heráclito, siempre diferente, siempre habitado por otras aguas, por otros peces.

Alguien dirá que mueren unas pero también nacen otras tiendas, como la FNAC, que se disponen a ocupar el vacío de sus precedentes. Esto no me consuela lo más mínimo porque arden las pérdidas: ¿O es que se puede reemplazar a un amigo por otro tras su muerte? No quiero frivolizar: una vida humana siempre será infinitamente más importante, siempre tendrá más valor que un libro. Pero un buen libro también me sostiene, soporta mi peso como persona. No dejan de dolerme las desapariciones, materiales y, al fin, inmateriales (por su transformación en savia íntima), que todavía constituyen mi yo más profundo, y cuyas astillas se clavan en el costado hasta herirme y hacerme sangrar.

Todo esto se hundió, como el Titanic, en el mar brumoso del pasado, aunque ahora todavía flote: ya no seré nunca más el chico de diecisiete años, aquel muchacho tímido y vergonzoso cuya única compañía, por no disponer de otras (no por negarse a ellas), era la letra escrita o la música escuchada. Han quedado atrás los tiempos en que no conocía el ordenador y escribía todos mis textos con la máquina eléctrica que mi madre me regaló unas Navidades; el fragor de las teclas en el silencio de la casa me devuelve la pasión por escribir.

golondrinas¿Por qué ya no puede volver lo que amé un día? ¿Por qué tengo que acatar con benevolencia las leyes del paso del tiempo? Como siempre, el escritor se hace muchas preguntas sin que apenas pueda responderlas; sus quejas, sus cuidados son gotas de rocío que caen en tierra abonada y desaparecen, o se evaporan en el aire, sin contestación posible. Amargos son todos y cada uno de los granos que se decantan en el reloj de arena. Devastado y triste, solo puedo, (solo me queda) invocar los versos finales de Bécquer: aquellas golondrinas que aprendieron nuestros nombres, ¡esas no volverán!

TELEVISIÓN Y KLEENEX

Televisión
televisión

La vida no imita al arte. La vida imita a la mala televisión”, dice Woody Allen en una de sus películas. Y es cierto: por eso cada tarde me declaro en huelga y opto por no encender el televisor. Cada vez me interesa menos asistir a ese campo de batalla, cuyos contertulios están cada vez más desprestigiados. Salvo programas de libros y debates culturales retransmitidos a horas intempestivas, estamos plagados de personajillos embroncados, dispuestos a todo con tal de tener sus cinco minutos de gloria, que incluso se animan a publicar libros (y no diré nombres), quién sabe si habiendo contratado a un escritor a sueldo.

Estas celebrities deberían saber que, al final, las cosas caen por su propio peso y que las sombras amenazadoras del olvido acabarán cerniéndose sobre ellos y sobre estos programas execrables, kleenex de usar y tirar. En el magnífico ensayo titulado La civilización del espectáculo, Mario Vargas Llosa afirma que asistimos a un mundo cada vez más perezoso, donde el esfuerzo está mal visto y donde, en el intento por democratizar la cultura, la crítica ha perdido su valor hegemónico, su espejo iluminador. Tal vez sea esa la llamada muerte de la cultura, eterno debate posmoderno entre apocalípticos e integrados, allá donde los haya.

No soporto las voces que me hablan, los fantasmas que se pasean por la pantalla y pretenden hacerme reír o llorar fácilmente (y tengo que decir que no lo consiguen), que solo me provocan asco y vergüenza ajena. Echo en falta concursos como el Un, dos, tres o El tiempo es oro, series como Las chicas de oro o Los problemas crecen. Los tiempos pasados, como se dice, fueron mejores. Echo en falta un espacio para el diálogo, para el aprendizaje. Hace veinte años era más ingenuo que ahora y, sin darme cuenta, me introducía en el mundo de unos personajes insuflados de cotidianidad, de cuya experiencia siempre aprendía.

Quizá recuerdo todo esto porque mi nostalgia televisiva se va intensificando, porque voy haciéndome mayor; ya no lo sé. Creo que esta nostalgia es indirectamente proporcional a la calidad estética que estos programas despliegan. Apretar el botón de encendido del mando a distancia es cada vez más arduo. ¿Dónde ha ido a parar la televisión de autor? ¿Dónde están esas series que nos hacían soñar y nos hacían despertar a la vida? Me interesaban por su frescura y espíritu vital. Ya no sé si volveré a toparme con un programa lo suficientemente interesante como para que cambie mi punto de vista. O tempora, o mores…