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EL COLECCIONISTA DE VOCES

Hay quien sufre más de una chaladura y colecciona abrigos de piel, zapatos de tacón o CDs con carátulas estrambóticas. Por no decir de quien guarda cajas vacías de puros, con su olor penetrante aún intacto. Como en éxtasis, el coleccionista almacena cuanto su imaginación, sus ansias de devorar el mundo, de superar los horizontes pecuniarios, le dicta; sabe que es un mero capricho, que no necesita realmente nada de lo que salvaguarda con uñas y dientes, para supeditarse a esa afición envuelta en papel de seda. Su sola justificación: su felicidad megalómana. Nuestra estulticia se diría tremenda. Si acaso, habremos cometido otro pecadillo por comprar más de la cuenta.

Yo me he aficionado, diríase que debido a esa aburrida soltería que me lleva a inventar subterfugios, a coleccionar voces; las oigo reverberar en mi cabeza. Es el disfraz, el trono y la propia sepultura del señorito bien: lo que persigue durante toda su vida, lo que también le da muerte. Puedo reconocerlas cuando las leo, cuando las oigo en el autobús o el metro, cuando mi madre habla por teléfono. Supero la barrera de las palabras y aprecio el tono, el color y el timbre. Cuando leo, intento visualizar a esos personajes, cómo van vestidos, cómo gesticulan. Nada nuevo bajo el sol. Releo y siempre reconozco, a un golpe de vista, a un golpe de oído, el estilo de ese autor imprescindible. También con la mala literatura: la destreza consiste en desentrañarlas de sí mismas; destrenzarlas de la red, deshacer la capa de hielo con la que se envuelven. Yo llamo a esa afición, a ese gusto entrenado y al alcanfor algodonoso el arca de las palabras. En ella cabe desde una interjección hasta una palabrota, una acepción en desuso o una expresión de camaradería. Tal cual.

Buenas o malas, esas voces pululan por ahí afuera, lejos de mi mundo. Las cazo al vuelo: un libro mediocre puede ser excelente. Un ejemplo: yo quiero leer no solo a los clásicos, sino también a los novelistas actuales, aquellos que aún no han sido bañados por el espesor de la lava gloriosa, el oro de la fama, y están ahí, esperando a ser leídos. Los clásicos me ayudan a visualizar el habla de los siglos pretéritos. Los contemporáneos pueden ayudarme a entender cómo hablamos hoy.  Es la antropología, la sociología a la que me he referido en otra columna anterior. Todo me sirve a mí para luego escribir, para recrear esas voces en el espíritu del lector.

Escribir y cerrar el círculo. Escribo para ordenar, para entender el mundo, para deshacer el entuerto: los nudos del ovillo que se devana en mi interior. Clarifico mis ideas. Es como si viviera en un castillo de la Mancha y mi salón estuviera rodeado de retratos de viejas damas que me observaran y me guiñaran el ojo. Como si subiera al Himalaya. Como si fuera un neófito e hiciera un curso acelerado, intensivo del arte del lenguaje. La amargura de la vida, disimulada con un refrán de los de siempre.

Cuando escribo, pongo en claro, no solo mi pensamiento, sino el de los demás. Si yo no coleccionara voces, sería otro ser, completamente diferente. Busco atrapar esos gestos en la manera de hablar que me cautivan. Todo, con el solo concierto del misterio, de la sorpresa, de la bizarría de las palabras. Cristalizo en mi cerebro lo que otros escribieron. Lo que quedó registrado de un programa de televisión. Alguien me diría: sí, es verdad, pero te olvidas de los gestos corporales, del lenguaje no verbal. No todo es verborrea, una metedura de pata o una actitud demasiado reservada. Yo desconfío de la escatología libresca sin ton ni son. Pero ya no puedo ni podré desconfiar de esa voz callada, en el filo del acantilado. Si algo aprendimos con la experiencia es a no desterrar el canto de la chicharra: su voz también es válida, solo hay que escuchar y aprender de ella. El embate de las olas es una forma de sabiduría, también, como el torero que sale a la plaza y da lecciones de acrobacia a los indiferentes.

SOCIOLOGÍA Y LITERATURA

Nací hace casi cuarenta años y mi lugar en el mundo es la ciudad de Barcelona del siglo XXI. ¿Qué implica esto? Mi labor de novelista y articulista, casi por deformación profesional, me obliga a mirar a mi alrededor, a fijarme en las palabras que oigo por casualidad en el autobús o mientras hago cola en el cine. Palabras que, de otra forma, se las llevaría el viento, las comparo con aquellas que aparecen en mis libros favoritos, escritos mucho antes, y se vuelven palabras valiosas, como si yo fuera un cirujano provisto de más de un afilado escalpelo en medio del quirófano cotidiano.

La literatura,  no debemos olvidarlo, es el signo de los tiempos, un bello nido de víboras sociológico. Cuando leo, interrogo al texto: no ya  al estilo personal de su autor, sino a los recursos lingüísticos que utilizan los personajes, sin pasar por alto la elocuencia de los silencios ni sobreentendidos, que pueden producir más de un estremecimiento en el lector. ¿Qué aporta el autor y qué añaden los protagonistas y secundarios, maniquíes expuestos en vitrinas de la máquina social? Es lo que me preocupa.

El quid está en cómo leer, con qué lentes de aumento, esas novelas de Clarín, Galdós y Pardo Bazán, y compararlas con obras literarias del presente. Por ejemplo, en el tratamiento de “usted”: antes, si no se conocía suficiente a la otra persona, ya fuera mayor o menor, no se la tuteaba jamás y, solo, poco a poco, conforme avanzaba la relación, se iba desplazando su uso hasta llegar al “tú”. Yo tuteo a todo el mundo, yo he tuteado incluso a mis profesores; solo hago una excepción con los ancianos apostados en la parada del autobús. ¿Y qué decir del cariñoso “querida esposa”, “señorito” y otras lindezas del teatro benaventino? ¿Y qué decir de las interminables descripciones? En la ficción contemporánea, por influencia del cine y la fotografía y, más tardíamente, de Internet, ya no encontramos nada de eso: el prosista ya no tiene la necesidad ni la obligación de describir tan al detalle ni los lugares ni la apariencia de las personas. Traza unas breves pinceladas para situarnos en su lugar, y ya está.

Este ejercicio de analizar los libros puede y debería ser común tanto a la mayoría de escritores como de lectores. No es un ejercicio baladí, sino una forma mayúscula de introspección. Al leer y estudiar esas radiografías sociales, accedemos a terrenos privados, y acabamos, queramos o no, psicoanalizándonos. Reímos o lloramos ante lo que leemos; nos ponemos en la piel de esos personajillos desharrapados u opulentos, vistosos o discretos; o bien los repelemos, los odiamos. Es nuestra batalla diaria, la que nos informa de cómo somos y cómo nos gustaría ser, qué valores nos parapetan del mundo. Somos hijos de nuestra época, pero podemos soñar. Como un carnaval perpetuo, podemos disfrazarnos imaginariamente por unas horas, y volar con los ojos del espíritu hacia el pasado. Ahí queda el alma de los demás, como si fuera una huella digital. (Alma: eso es lo que todos necesitamos: leer o escribir libros con alma, más allá de la pericia técnica).

¿Son nuestras vidas mejores que las historias que se cuentan en el papel? ¿Qué nos une y qué nos diferencia? Esto de las influencias y de la cadena causal es muy difícil de determinar. Un poco de sociología para psicoanalizarnos siempre va bien: rescatar en sueños los fantasmas del yo más profundo. Ficciones que aspiran a evadirnos de tiempos convulsos que nadie sabe adónde conducirán. En la próxima sesión de cine del domingo por la tarde, me dejaré embriagar por el decorado o por el maquillaje y el vestuario de los actores sabiendo que los delatarán sus líneas de diálogo. Lo prometo.

BALBUCEIGS

Eren els primers anys de la nostra vida. Si volies ser un bon alumne, havies d’estudiar molt i fer força deures. Gairebé no podies escriure; disposaves del temps just per assistir a les lliçons d’anglès de l’acadèmia d’idiomes o de matar, a estones, el cuc amb una novel·la juvenil. Jo llegia sense parar, durant el descans, a la biblioteca del col·legi o a les escales del pati, mentre els altres jugaven a pilota o a fet i amagar. Cada matí, tenia al meu davant el Tom Sawyer i el Huck Finn a la vora del Mississippi, en Kim a l’Índia, en Charlie a la fàbrica de xocolata. Mai no vaig passar de l’aprovat en gimnàstica: fer tombarelles o saltar a la corda era ben avorrit! No calia: la lectura m’acompanyava, omplia els buits interiors.

M’agrada recordar les reunions, gairebé clandestines, a casa meva o a la d’algun company d’escola, a fi d’editar una revista. Com ens hi posàvem, amb quina passió, entrega i agosarament! De seguida, però, ens vam adonar que costava Déu i ajuda tirar endavant qualsevol artefacte literari o periodístic que impliqués tot un grup, si ja de per si era difícil fer-ho tot sol. Tant de bo no ens  haguéssim estimbat abans d’hora!

Aquests projectes van ser més aviat uns balbuceigs tímids, primerencs, desafortunats. On vam aconseguir treure una mica el cap va ser a les revistes del col·legi i, més tard, a les de l’institut. Els professors escollien les millors redaccions dels alumnes de la seva classe, algú les passava a net i, a la fi de curs, en fulls grapats, es repartien de manera gratuïta. Tots hi participàvem amb molta alegria, il·lusió i bona voluntat.

En aquella època, vaig guanyar alguns premis literaris, a nivell de districte, que em van esperonar a continuar escrivint. Volia ser novel·lista les vint-i-quatre hores del dia; volia, ingènuament, guanyar-me la vida escrivint. No era realista. Tanmateix, i gràcies als meus professors de primària i secundària, que em van encomanar l’afició a les lletres, ara puc afirmar que no m’importa ni poc ni gaire el reconeixement si només ve acompanyat de rebombori i d’escàs mèrit personal. No m’agrada que els escriptors que remenen les cireres pugin a la tribuna fent-se notar i que les editorials en publiquin qualsevol obra, tan sovint mediocre, només per ser autors ja consagrats.

A escola, érem ingenus però crèiem en la literatura. La idealitzàvem, la reverenciàvem; la regàvem amb gotes de suor del nostre front com si es tractés d’una planta. Com l’amor, com l’amistat. Aspiràvem a l’impossible en tots els sentits; els nostres interessos eren nobles, veritables, genuïns. Mentiria si digués que ara no vull publicar els meus llibres. El que no vull és la fama per la fama. Per mi, la literatura és un monestir sagrat. És ben fàcil saber si els altres també la respecten, si li tenen afecte: només cal que deixis un llibre a algú i comprovar que no torni rebregat. Només amb respecte s’arriba a l’Art i al Coneixement, a la Literatura: tornant al nen.

LOGOMAQUIA Y FAMA BARATA

No hace falta ser muy inteligente para cerciorarse del estado cadavérico de la sociedad, vayamos donde vayamos. Es un muro, levantado piedra a piedra, en una espiración, más rápidamente de lo que creemos. Hasta aquí no he dicho nada nuevo: únicamente constato el empeoramiento de la cuestión.

sensacionalismo ¿Quiénes son esos monigotes, esos fantoches malvados que nos controlan o que dejamos que nos controlen? Pues la gente que pretende ganarse fama barata. Los charlatanes al uso, directamente. Nuestro pan de cada día son las fotografías y los titulares sensacionalistas, como si nadie se lo planteara, como si ya se hubiera superado el horror al vacío informativo. No sabemos muy bien en qué tiempo vivimos y, si alguno de nosotros lo sabe, aprovecha todo el cinismo y caradura de que es capaz para “venderse” o “alquilarse”. La posmodernidad ya está obsoleta, ya queda lejos, y vamos a la deriva, sin saber muy bien hacia dónde. Ese es nuestro pecado mayor.

Lo cual me lleva a una lectura reciente: el lingüista y filósofo francés Tzvetan Todorov, en su breve pero magnífico ensayo La literatura en peligro, se lamenta de los nuevos planes de estudio en las aulas universitarias y de bachillerato, en que las humanidades se han convertido en continentes y no en contenidos. Me explico: Todorov vuelve con cierta nostalgia a los años sesenta, cuando las aulas se llenaban de alumnos entregados y de profesores que iban al meollo, al fondo, en lugar de esta logomaquia: hablar de metáforas, de comparaciones y analogías y dejar de lado el mensaje, la tesis, o aquello que el autor de la obra deseaba y consiguió o bien se quedó a las puertas de conseguirlo. En definitiva, el debate, en torno, la discusión de valores, categorías, aciertos y desaciertos humanos. No: ahora la “entelequia”, la cortina de humo que nos sirven en bandeja, es contemplar y analizar el exterior, la “carcasa”, y así olvidar esos significados profundos que desvelan todas las grandes obras.

No sucede como mucho antes, con la   Modernidad, o aun antes, con el Romanticismo, cuando la soledad del artista era un espacio de reflexión y convivían entre sí lenguajes diversos, diversos mundos, todos a favor de la curiosidad, conscientes de su terrible ignorancia frente a la vastedad del Universo. Aquel era el arte al servicio de los hombres, no como el actual escaparate de aire viciado, vanidad y sinsubstancia.

La vida es un viaje, no solo físico o erótico, sino también intelectual, y eso parece que nadie lo recuerde, o lo recuerde mal, o ni siquiera se lo plantee. Ante la ausencia de unas élites, tendemos a frecuentar, sin saber que frecuentamos, el vulgar antro de los mediocres. El desánimo general aprovechado por esos que desean mostrar el escándalo. Es evidente el desprestigio de las humanidades y de la universidad, del estudio en general. Vivimos una crisis económica, pero también, y eso es mucho más flagrante, crisis moral; no soy el primero ni el último que lo descubra.

Necesitamos, ahora más que nunca, la rebeldía de los intelectuales. Todavía podrían opinar si se les diera espacio en los medios. No quiero pecar de ingenuo; sé de las enormes dificultades que debe afrontar cada uno de ellos, la marginación en la televisión, en los medios. Durante muchos años, sus espacios literarios o de divulgación se han programado a horas bien intempestivas. A los gobiernos ya les va bien: individuos que no piensen. Es verdad: no podemos repetir el pasado tal y como lo vivieron nuestros ancestros, pero podemos y debemos ser capaces de construir nuestro futuro; a falta de “gurús”, por nosotros mismos, a partir de nuestras opiniones y conclusiones. No deberíamos renunciar a nosotros mismos.

Para terminar, desearía abundar en la lógica y el sentido común. Sabemos que la educación se basa en el gusto, en el gesto, en la gesta intelectual de cada uno, que no se consigue sino con esfuerzo y perseverancia. Hay vida más allá de las nociones elementales con que desean recortar las clases en las aulas, de las cuatro reglas básicas con que nos insisten para borrar todo lo demás. El antólogo debería ampliar el margen de visión en pro del estudiante, del curioso y del sabio. Hay vida más allá de El grito de Edvard Munch; muchos otros cuadros. Vida más allá de El lago de Innisfree de Yeats; muchos otros poemas. Hemos de ampliar el horizonte, la luz con que percibimos la realidad, la capacidad de análisis, relación y discusión. A ver si escarmentamos de una vez.

LA PINTURA, L’ESCRIPTURA

Hi estarem tots d’acord: la pintura i les altres arts són vasos comunicants. Un artista, de primer, ha pogut menar un camí, i després adonar-se que la seva vocació, inspirada probablement pels déus, és una altra. Això mateix és el que em va succeir a mi: quan vaig començar a escriure,  ja m’ era familiar l’olor de trementina i els pinzells es barrejaven al meu estudi amb el polsim dels llibres i les llibretes d’espiral.

D’aquesta època, recordo ara l’efervescència amb la qual m’ abocava a la pintura. Obria les enciclopèdies i copiava, primer a llapis, després amb gouache, quadres sencers de Velázquez, Dalí, Miró, Picasso o Tàpies. Volia imitar-los; estava completament enlluernat per la seva  força vital, sorgida com des del fons dels budells. Jo, aleshores, ja volia tenir un estil personal. Sense saber què em depararia el futur, em deia: “la meva marca personal, no vull que ningú me la tregui”. Tal era la fascinació, la decisió de ser artista, de donar-me a conèixer, de voler atènyer algun dia la fama: a casa meva, no s’ obliden de com jo muntava petites exposicions i penjava tot de quadres pertot arreu del pis.

VelazquezVa ser una decisió difícil, la d’abandonar els pinzells i dedicar-me, anant-hi ja de dret, a l’escriptura. Mai, tanmateix, no va ser una veritable oposició; es pot dir que vaig acabar desembocant-hi: totes dues disciplines s’havien convertit en petites obsessions, grans inquietuds. Per comptes de anar-me’n a jugar a futbol amb els companys d’escola, pintava a l’oli paisatges i natures mortes, mai retrats (excepte el meu únic autoretrat, que va sortir publicat a un número de Cavall Fort). Penso ara en l’assignatura pendent del retrat, en arribar algun dia a pintar-lo, per bé que imperfectament.

L’artista pertany al club dels qui no tenen pressa. Ésser pacients n’ és el primer i el més important requisit. Cercar la llum que convé, l’equilibri de les formes a la tela. Tot el que vaig escriure o pintar aleshores fou fruit de la precipitació. Tenia ganes d’acabar, anava massa per feina. Una altra edat, ara, m’ha atorgat el premi de la lentitud, el temps morós del retoc, de les revisions. No només ho faig pels altres o pels crítics lectors. Ho faig seguint la meva vagabunderia personal, cap a l’art suprema. A la deessa de la literatura li dec els meus respectes.

Ara puc dir que el que més m’agrada d’aquesta vida és llegir i escriure; en aquestes dues ocupacions mai no perdo les hores; hi dono per bo el temps esmerçat. Em puc barallar amb les paraules, un paràgraf se’m pot resistir, escriure una sola ratlla en tot el matí. Però no m’ esvero, ni encara més em rendeixo: estic fent una cosa que em reblaneix i alhora m’ enforteix. Si hagués tirat pel camí de la pintura, o pel camí del cinema, de be segur que hauria equivocat les meves passes. Perquè sols l’escriptura ha acabat conformant el meu esperit i la meva personalitat. És més, fent ús del tòpic, fóra capaç d’anar a parar a una illa deserta amb una llibreta i un bolígraf: poca cosa més necessitaria per ser feliç. Sóc d’aquest món gràcies a la literatura.

LITERATURA Y COMPROMISO

Si alguien me encargara impartir una conferencia, esta versaría sobre literatura y compromiso, asunto siempre de actualidad. Querría mover a la reflexión, encontrar a alguien que me dijese dónde ha ido a parar el ardor por la renovación de la vida ciudadana. Ese testimonio pasaría por reconocer a nuestros coetáneos, a todas y cada una de las personas que forman parte del grueso social; reconocer nuestra corresponsabilidad ética de cuanto sucede alrededor, aun en la lejanía, cuestión que el filósofo Jean-Paul Sartre tan bien supo  reflejar en su pieza teatral Muertos sin sepultura. Delatar o callar: no existe la ingenuidad. Los conflictos armados no son una mera explosión de fuegos artificiales. Vivimos en una sociedad fuertemente imbricada; cuando alguien opta por no actuar también participa del mal del mundo. Porque cada uno de nosotros somos corresponsables de todas las guerras.

Jean-Paul Sartre
Jean-Paul Sartre

La escritura está íntimamente ligada con la interpretación relativa del bien y del mal en la sociedad. El escritor debe dejar constancia de ello con su mirada. Lejos de la ingenuidad realista de retratar el mundo tal cual, el escepticismo posmoderno demostró que hay una intención detrás de cada obra, una traducción interior y exterior de las cosas. Nuestro estilo nos separa del mundo objetivo y al mismo tiempo nos hace interpretarlo bajo una luz distinta, original, turbadora. El mal y el bien son un constructo, una decodificación subjetiva pero necesaria. Debemos enterrar toda desesperación y fracaso de no poder acceder a lo universal y cosmológico, pese a todo. El testimonio como mirada personal no debe impedir que sea una visión más, una visión tan válida como el resto de miradas.

El escritor no debe limitarse a escribir, a urdir historias por amor a la belleza artística; es evidente que fondo y forma de la obra de un creador tienen que contar, al menos en parte, con un compromiso: ver la sociedad y a los que la componen desde otra perspectiva; que en su terrible esfuerzo, aspire a ser vista por otros ojos, los ojos de los demás. No es una ilusión, no es un juego de niños, si nos empeñamos en esta fascinante empresa. La obra artística no es solo armonía; debe conmover, contribuir al debate. Debe apelar a la ética a la par que a la estética. No se pueden contar las cosas siempre desde el equilibrio, desde la poesía; a veces hay que subvertir el orden. Lo más importante es que debe aspirar a una multiplicidad de lecturas y que el lector encuentre siempre aspectos nuevos que lo muevan a vivir más intensamente.

DEFENSA DE LA LITERATURA

Voy a explicaros por qué me parece útil la literatura, por qué leer y escribir son actividades tan importantes. Cuando leemos o escribimos, frente a la página atiborrada de letras que, a simple vista, puede provocarnos un empacho, permitimos que se desarrolle nuestra imaginación. Accedemos a otros mundos, vivimos otras vidas, pasadas, presentes, futuras, que nos liberan del aburrimiento y la rutina. Podemos entrar en la cabeza de un arquitecto de las pirámides egipcias y saber lo que hablaba con sus subordinados; de un esclavo mestizo en una galera, que en tiempos de Colón escribía un diario; o asistir a la muerte de María Antonieta en la guillotina… Los ejemplos son miles. Se nos ofrece la posibilidad de viajar sin movernos de casa y cuando queramos, sin colas en el aeropuerto, ni empujones en el avión, sin hacer escala en ningún sitio, a los países remotos que aún no conocemos o bien a los que queremos volver a visitar.

Todos sabemos que ampliamos y alimentamos nuestro conocimiento; nuestra conversación se hace más fluida y amena si leemos, subrayamos o memorizamos pasajes enteros. Leer o escribir, a la larga, nos ayuda a recordar las tareas que ha mandado el profesor para el lunes próximo, a organizar los pensamientos en nuestra cabeza y hablar claro, sin titubeos. No solo es necesaria la literatura para escribir una novela o hablar ante el tribunal de la tesis doctoral. No solo desarrollamos las capacidades intelectuales. Las actividades que mejoran son también las físicas, de las que nunca o casi nunca nadie habla, las que ayudan a prevenir o postergar enfermedades degenerativas; ayudan a mejorar la salud de nuestro corazón.

Johannes Gutenberg
Johannes Gutenberg

Vosotros, los descreídos, que echáis pullas contra la literatura: ni Internet ni los videojuegos, ni la tele, ni el cine, ni los Smartphones. Hay un antes y un después con la invención de la imprenta por Gutenberg hacia 1440. La aparición de los libros electrónicos, recientemente, es verdad, nos ofrece herramientas que no debemos desaprovechar. Las nuevas tecnologías no necesariamente van reñidas con los libros. Algunas veces, sin embargo, nos facilitan tanto las tareas que nos vuelven, en consecuencia, más incultos y estúpidos. La cultura del esfuerzo es necesaria: leer para aprender, para atrapar el mundo, para conocernos más y conocer al otro. Leer un libro como un privilegio y desafío, no como una maldición divina: una llamada a ampliar nuestros horizontes, a mirar más allá, a elevarnos, a ver el mundo desde el cielo.

EL MONUMENTO A LA AMISTAD

Llevo días soñando con dragones de cola larga que me persiguen con el fuego de sus entrañas. Tengo un remedio a mis espantos: me olvido inmediatamente de estas pesadillas, pensando en mi amiga Gloria y en los amigos que, como el vino añejo, están bien guardados en el odre. Dentro de mí, en la biografía secreta de la sangre, protejo estas viejas amistades, que me siguen provocando consuelo, refugio, salvación; nadie las previó, tan solo se cruzaron conmigo por azar.

amistadA Gloria, profesora de lengua y literatura hispánica durante los años que cursé en el instituto medio, tuve la suerte de reencontrarla más tarde, cuando acababa la universidad: fui hasta ella, pidiéndole consejo para unas poesías que había escrito; tenía la certeza de que me ayudaría. Y así fue. Desde entonces, muy a menudo, quedamos en un bar al lado de su casa y nos explicamos nuestras cosas, lejano el trato distante entre alumno y profesora. Le pregunto mis dudas, mis proyectos futuros, y ella me escucha, atenta, con una sonrisa en los labios.

La literatura fue la excusa perfecta para nuestros encuentros. La literatura, que inspira, acoge y relaciona a las personas, sin estridencias y sin el calor enfervorecido de los debates televisivos. Nada más perdurable que el arte, que la literatura. A través de ella, Gloria se ha convertido en mi mentora, la primera en leerme, en esta época ensimismada de Whatsapps efímeros, de puro frenesí en la ciudad.

En el silencio y en el murmullo de la conversación, me ofrece el impulso poético, la fuerza de la alegría, sin máscaras. Pocas personas me han ayudado tanto en mi corta andadura, con su mucha paciencia, con su mucho interés. Perdidos muchos paraísos en mi periplo vital, la amistad literaria de Gloria se mantiene como un mástil ante la marejada.

Ya lo digo siempre, aunque nadie me haga caso, lejanos, en otras batallas, más vanas, como el amor a los negocios y el amor al fútbol: habría que hacer un monumento en la ciudad a las provectas amistades, a los viejos amigos que nos sostienen en las horas difíciles, al otro lado del teléfono, en la distancia. El monumento a la amistad tendría que llamarse, el monumento a los que, como la fotografía o el celuloide, se imprimen en nuestra memoria, más incluso, dotándola de misterio y grandeza. Pido a todos que mi epitafio sea este: “Quien se entregó y fue gratamente recompensado por los amigos, el mejor de los regalos de la vida”. La amistad, más segura que la pasión o el deseo. Ojalá lo escriban en mi tumba.