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EN CASA DE DORIS LESSING

Ayer, 23 de abril, celebrando el Día de la Rosa y del Libro, retomé, metafóricamente hablando, el viaje que hice el año pasado a la capital británica, el de mi primera y por el momento única vez, para exorcizar el presente árido y falto de quimeras y, de paso, dejar obsoleta la columna que ya publiqué en mi blog con el muy elocuente título Yo nunca he estado en Londres. Es tal y como si la memoria me devolviera, en bucles, lo ya vivido. Todos sabemos que los meandros del recuerdo son caprichosos, pero no está de más volver a apuntarlo sobre el papel. Porque lo quebradizo se desmigaja, se pudre en algún recoveco del cerebro, y es bueno recuperarlo, sacarlo a la luz. No marearé la perdiz de lo nefasto (¿por qué habría de hacerlo?).  Eso nunca (o casi nunca) ha sido mi propósito, y menos en esta columna. Más bien se trata de volver, feliz.

Aquellos días hermosos, cinco días como cinco hermosos dedos de la mano, tuvieron un colofón. Era la última mañana antes de marcharme, y estaba convencido de que mi aventura inglesa no sería la misma si no me marcaba un hito en mi ruta literaria, añadido a las peregrinaciones por librerías y museos. Andaba a la zaga del apartamento de Doris Lessing en Hampstead, ese reducto de poetas y artistas. Mi hotel estaba cerca, muy cerca; siguiendo las indicaciones del alegre recepcionista italiano, no me costó apenas nada familiarizarme con la ruta.

Tras más de media hora caminando y preguntando puntualmente a algún peatón que confirmara que iba por buen camino, siguiendo como en romería hasta el lugar sacrosanto, llamé a la puerta de la casa. Se trataba de un apartamento (terraced house, en inglés) con jardín, luminoso, tranquilo, silencioso, lejos de la mundanidad y del ajetreo del centro londinense. Un lugar, pues, ideal para crear. Y me recibió, tras un breve silencio, en el que el sonido agudo del timbre ascendió por el cielo encapotado de Londres como en un remolino, un hombre alto y muy apuesto, el padre y amo del lugar tras la muerte de la novelista.  Acababa de desayunar y tomar café, y ni su mujer ni sus hijos estaban allí. Lo primero que hice fue pedirle por favor que me mostrara la casa. Él, para mi suerte, accedió con toda la amabilidad del mundo. Me fue llevando por las habitaciones, ahora por aquí, ahora por allá, hasta dar con lo mejor del “recorrido”: el lavabo, forrado con páginas de El cuaderno dorado; y el estudio, lleno de estanterías, y hojas, y libros… Parecía como si, Doris Lessing, en su edad provecta, hubiera resucitado y me mostrase sus rincones favoritos: el fantasma de su nombre y de su enorme valía cabían en aquel ambiente familiar y campechano, entre aquellas paredes cómplices. En esas ocasiones, el alma es un traje con costuras que no se deshilacha. Me marqué un “regate”.

Resulta, así, que las librerías de viejo de Charing Cross Road; que el mercadillo de pintores de Greenwich Village; que Piccadilly Circus y Trafalgar Square con sus estatuas; que las tiendas y fast foods bulliciosos de Oxford Street; que, en fin, el desayuno opíparo del hotel o el efímero encuentro con una pareja americana en el ferry, todo eso es humo, comparado con la alegría de haber pisado las baldosas de la casa de Doris Lessing, la que he considerado siempre, desde el primer libro que leí de ella, el lazarillo de mis horas solitarias.

Es asignatura pendiente para los estudiantes de instituto, y aun más para los universitarios (y lo digo así, tan tajante) visitar el hogar de los artistas: así rematé yo, años ha, la jugada en la casa-museo de Durero en Nuremberg, en la de Bernard Shaw en Dublín o en la de Victor Hugo en París. Eso se llama viajar a la mente de los escritores que nos precedieron, y lo demás, son cuentos. Sería una materia con que aplicarse, igual que se enseña Álgebra, Historia o Ciencias Naturales. Podría llamarse Estudio de las Casas Célebres o algo por el estilo. Los alumnos se ensimismarían como moscas a la miel, en el elemento de los creadores, quizás con la esperanza de contagiarles parte de su amor por la Literatura y el Arte. Somos cadetes en la vida y en la muerte. No hay que dilapidar tantos segundos ni agriar nuestros corazones con chácharas inútiles de programas basura de televisión, ¿no?

Ya no seguimos la estela de los mayores, sus consejos, y eso es un error. Esos personajillos que, tal vez, tardíamente, reconocen sus errores, cuando enfilan la recta final, podrían ayudar a los más jóvenes a no cometerlos. Por lo menos, a no repetir la mala pata de sus antecesores. Ellos hablaban otras jergas, jugaban a otros juegos. Y, ¿qué nos ha pasado? Que nadie (o casi nadie) se interesa por cuanto les gustaba a los niños del ayer: nadie juega a combinar los cristales de colores de los calidoscopios como hacían antaño los chiquillos. Vivimos en un tempo acelerado, de móviles, tablets y videojuegos. ¿Cuándo creceremos? Cuando nos interesemos por las Doris Lessings que aún hoy existen en el mundo, …y solo entonces.

YO NUNCA HE ESTADO EN LONDRES

Son las cinco en mi reloj, hoy libro y voy en autobús, como siempre que necesito airearme. Y no tengo que pensar demasiado, a partir de la simple observación empieza una historia: intuyo que el viajero que ahora sube, cuya cabellera blanca empieza a escasear en la coronilla, es un recién jubilado de unos sesenta y cinco años. Seguro que sus tres hijos ya han abandonado el nido familiar y ahora él, a modo de consuelo, va a buscar a sus nietos a la guardería.

londresSe sienta justo delante de mí, y lo primero que me desagrada de él es ese olor penetrante a nicotina que desprende su burda chaqueta de cuero. Yo odio el humo de los cigarrillos. ¿Tendrá acaso algún tatuaje en la espalda, en el brazo? Yo no llevo sus deportivas blancas, sucias. Bajo la vista y me observo: yo soy muy clásico con mis zapatos negros.

Empiezo a imaginármelo con más detalles: debe de pasar las vacaciones en una masía, allá en la montaña, cerca de la frontera. O quizás no, quizás no le guste el campo y vaya a un apartamento en la costa. Yo hace mucho que no siento deslizarse arena entre mis manos; echo de menos la sal de mar. Tal vez ese hombre conduce un coche pequeño, un Renault Clío. Eso me recuerda que yo ya no conduzco, aunque me sacase el carnet allá en la prehistoria de mi vida adulta: me secunda el miedo a desacelerar o girar el volante demasiado tarde.

Y enseguida, también, pienso que él, ese jubilado tan distinto a mí: es mi prospección. Quizás me llegue a parecer a él cuando tenga su edad. O no, pero eso es lo menos importante. Él encarna por igual los libros que he leído y los libros que no he leído; las películas que he visto, y las que no he visto. Tal vez no pueda evitar ser lo que soy, que mi vida sea una vuelta de peonza cuya trayectoria se repite indefinidamente en una especie de círculo vicioso. No puedo evitar equivocarme.

Es el inténtalo de nuevo, falla de nuevo, falla mejor de Beckett: no podemos soslayar el fracaso, vivamos lo que vivamos, naufragar en lo no resuelto. Soy también la ausencia, incluso el no haberlo probado nunca. Qué infantil es ahora la frase que repetía uno de mis profesores de instituto al inicio de cada lección: Solo quiero resultados. ¿Acaso conseguimos algo al final?

Intuyo que ese individuo que ha pedido la parada, que bajará en unos segundos, ha viajado mucho. Yo no he corrido su misma suerte: yo nunca he estado en Londres. ¿Por qué Londres? ¿Quién no ha paseado, al menos una vez, por los muelles del Támesis? Estuve planificando, deseando y queriendo ir durante mucho tiempo. No vayas nunca, ¿qué se te ha perdido allí?, me decía una voz interior, secreta, misteriosa. Déjalo, apárcalo para otra ocasión, quizás para cuando te jubiles. Somos lo que no he hemos hecho ni haremos nunca.