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ZANCADILLA A LA MEMORIA

He soñado que volvía a la Universidad, que estudiaba el primer año de Filosofía, como si yo fuera, sí, alumno universitario, pero no de Comunicación Audiovisual. Mientras habitaba el sueño, como si hubiera trastocado la memoria, por un instante me lo he creído: es la alquimia de los recuerdos, el enorme privilegio de transformarlos. Ya más cuerdo, tras despertar y, solo después de tomar el primer café del día, me he dicho que eso ya no será posible, que es demasiado tarde. Ya no es tiempo de volver a la Universidad: tengo que ser testigo de otras resurrecciones del espíritu. Yo tenía, por entonces (y aun ahora) múltiples y varios intereses, fraguaba o proyectaba pequeñas locuras. Eso fue lo que me perdió.

En un intento por reparar lo que yo he considerado muchas veces un error, pero que no lo fue en absoluto, durante los cuatro años de carrera, estuve continuamente peleándome por no haber cursado Filología o Psicología. Si se pudiera reconducir la memoria, ¡qué de errores no volvería a cometer! Pero eso ya no me vale. Yo soy más yo con mis errores que con mis aciertos. Mi vida no es una sinfonía, sino una mazurca de Chopin, melancólica; sombra y luz, con el silencio y el ruido. No puedo apartar mi pasado de mí, pero está bien, me digo. No soy más bizco entonces que ahora: ahora sigo “viendo”, solo que de modo diferente. A menudo pienso más en imágenes que en palabras.

Que ahora aterrice con ideas cinematográficas, pues bienvenidas sean, si parten de ese meollo interior, de las pesadillas. Debo ser obediente y transcribir esos sueños como descubrimientos en el círculo vital.  Debo vencer esos escollos que me impedían ser artista: ¡estaba tan obsesionado con escribir la gran obra maestra! Y ahora estoy mucho más sereno: reconozco al lobo y no le dejo entrar en la cueva de mis obsesiones. Me mantengo a resguardo. Solo pretendo abrazar los árboles cuando salga al bosque, y confraternizar con la voz de la naturaleza.

Encendidos destierros: arboledas con su aura, locuras de juventud, el cine abre caminos machadianos. Desgarro del ánimo, ilusión en el horizonte, espero no separarme nunca de la conciencia creadora que me identifica. No se trata tanto de tener un espíritu enciclopédico como de encontrar el espejo de mi cuerpo con el cine. La grey del séptimo arte aparece ante mí: muchos los llamados, pocos los elegidos. Y ahí reside la magia: la incertidumbre. La escorrentía de recuerdos gana terreno. Desearía rematar todos estos proyectos en ese loco torbellino, en ese veneno. Las fronteras del bosque, con sus espinas, pero también su perfume, ahora lo sé: no vale la pena maldecir la memoria, hacerle la zancadilla, y herirme. El pasado me pertenece, y en ese reconocerme está el quid de la cuestión: no es repugnancia por lo vivido, sino alegría, aun en los silencios más embarazosos. Es rehacerlos, reconvertirlos. Es coger el pasado por la cola y lanzarse al monte; volver a él con la nueva mirada, con el hambre sin saciar del cineasta que será.

 

A TRAVÉS DE UNA LUZ COTIDIANA

casaLas tareas de casa y otros ensayos, NATALIA GINZBURG (Editorial Lumen). 443 páginas. Barcelona, 2016. Traducción de Flavia Company y Mercedes Corral. Prólogo de Elena Medel.

De nuevo “me las veía” con ella, con Natalia Ginzburg (1916-1991), la gran novelista italiana. De nuevo, estaba dispuesto a que sus palabras recorrieran mi cuerpo, en su profundidad sutil, amena, necesaria. Deseaba abandonar las aguas cristalinas de sus narraciones y anclar mi paquebote en el embarcadero de otras costas, nuevas para mí: sus artículos de prensa y no ficción.

Publicado anteriormente en Lumen con el título genérico de Ensayos, hace mucho que iba a la zaga de este libro. Y uno de estos días me he decidido a tirarme de cabeza, a ir a por todas y zambullirme en el mar abisal de sus páginas, de los pequeños actos cotidianos, que parecen darse sin aparentes consecuencias. Y he observado que Natalia Ginzburg no obvió casi ningún asunto personal o colectivo, con  absoluta intensidad. Es el rey Midas y todo cuanto toca lo transforma en oro, ya deambule con mareo zigzagueante por las diversas casas que habitó, en Turín y en Roma; ya nos deleite con el recuerdo de unas inspiradoras sesiones psicoanalíticas; o bien fije la mirada retrospectiva sobre la infancia. Su escritura en libertad le permite bosquejar como nadie pequeños retratos o reseñas de Emily Dickinson, García Márquez, Sandro Penna, Dario Fo y Pasolini. Y también hacernos partícipes de sus ideas sobre la libertad religiosa y sexual, sobre el mal y la muerte. Sobre esta última, nos dice: No sentiremos el tedio; en la eternidad no existirá el tedio. El terror, el miedo y la angustia son sentimientos de esta vida y la muerte sin duda los ignora (…) Sobre la muerte, no sabemos ni sabremos nunca nada (pág. 395). Véase en este fragmento una muestra de su manera personal y particular de ver el mundo.

La genial escritora italiana Natalia Ginzbug
La genial escritora italiana Natalia Ginzburg

Si bien los temas que trata son universales, eternos, se ha discutido a menudo su escritura, su sencillez para con los personajes que trata, los actos que les gobiernan y los lugares que ocupan. Y tal vez haya quien los rebata sin percatarse de la gravedad que hay en el fondo; la forma como el lector aprende muchas cosas sin apenas esfuerzo. Siempre, con el latido de su estilo inconfundible. Es evidente que, en este bello libro, encomiablemente editado, habrá textos mejores que otros; pero, quizás, también, como ocurre siempre, dependerá de la experiencia de cada lector. Por su biografía, se acercará a ellos buscando una tabla de salvación diferente; buscará hasta dar con el pecio del barco hundido en alta mar, hasta dar con un puerto seguro, lejos de la calima. Sin apenas percatarse, será más sabio después de leerlo. Comprenderá la pequeñez de los sinsabores domésticos que dan título al volumen. Cito otro fragmento palmario: Las tareas de casa en ella son, dicen ellos, una coartada para no dedicarse a otras cosas más nobles: leer, interesarse por la política, cultivarse (pág. 83). Es la domus, el lugar en el que todo transcurre, calladamente: esas habitaciones donde las mujeres se recluyen, las que Natalia Ginzburg parece estar reclamando con derecho propio, haciendo un guiño a Virginia Woolf.

Heterodoxias o subjetividades aparte, este libro pertenece a la estirpe de los que merecen ser releídos. Sus palabras no se gastan ni se gastarán, estoy seguro. Guardadas como es debido en el guardarropa, como un traje modesto aunque elegante, las airearemos a la primera ocasión que se nos presente; nos vestiremos con ellas y las ofreceremos generosamente a los demás. Y nos conducirán lejos de las tinieblas, entreveremos el mundo con  una luz cotidiana. Leer y releerlas debería ser el pespunte certero para reflexionar, para conocer el siglo XX y reincidir en el misterio diario de la humanidad. Bienvenidas sean.