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PERDER LA INOCENCIA

Madrid, 14 de noviembre de 2015

Se dice, corre el rumor que, para escribir una buena novela, además de ser muy paciente y de entregarte al  futuro lector con generosidad (de dejarte la piel en su acometida), primero uno debe perder la inocencia. Y luego, si uno desea seguir provocando la ilusión con alguna que otra obra maestra, convivir con esa pérdida el resto de la vida. Algunos ponen un límite: hasta los cuarenta no la escribas: necesitas experiencia. Y haber viajado mucho. Al menos, ser fiel a unos pocos lugares (míticos, como los enamoramientos en el arte de la memoria). Escribir lugares y redescubrirlos cada vez; reescribiendo los ya antiguos y lejanos.

retiroEsto es lo que me digo hoy, un sábado de noviembre a las diez de la mañana, sentado en uno de los bancos del Parque del Retiro madrileño. Me he venido aquí (estoy entre estas ramas que amortiguan el ruido de los coches) para reflexionar y hacer un alto en el camino, huyendo del caos urbano, del laberinto de calles y avenidas.

Estoy en una zona umbría, completamente cubierta por olmos y castaños, matojos y arbustos. Para mí,  la jungla del asfalto me es necesaria. Sé que no podría vivir en plena naturaleza. Pero, de vez en cuando, también necesito estar solo, necesito  descansar del barullo de la ciudad. ¿Y qué hago, pues? Refugiarme, como aquí, entre pedazos de cielo azul cubiertos de verde (parcelas de mundo que me hacen vivir mejor) y fantasear, creer que estoy en el bosque, entre jilgueros, estorninos y palomas.

¿Es que odio pasar las horas en el hotel de la plaza del Callao, o merodear por las zonas turísticas, o bien olfateando zapaterías y tiendas de ropa? ¿Odio ir a ver un espectáculo, ser asiduo al teatro? No, nada de eso. Si he venido aquí es para explicarlo todo y explicarme, de principio a fin (¿qué es lo que me une a Madrid?, alguien se preguntará). Hacía casi ocho años que no venía por estos mundos de Dios. Tenía que volver: somos lo que hemos visitado, lo que ahora mismo ya visitamos se queda, acaba siendo parte de nosotros, parte de ese corazón escindido, que siempre busca asideros.  Para dar fe de este humilde vagabundeo de mortal que no ha recorrido todos los caminos, sino solo unos cuantos (con el espíritu de trotamundos, aunque quizás sin su misma audacia, sin su misma fidelidad a la geografía), me compré esta libreta, un simple cuaderno a rayas, reconvertido (hasta la fecha) en mi más querido diario.

Sí, este viaje valió la pena, porque estoy convencido de que todos (o casi todos) los testimonios, ya sean hablados, filmados o escritos, nos son valiosos. Todos tenemos historias que relatarnos y lugares  en los que reconocernos, ya sean de primera o de segunda mano, al hilo de los otros. La vida es un melocotón, y de él nos comemos la pulpa; como si fuera un cadáver, dejamos el hueso para la posteridad. Esa pulpa que desaparece la conservamos en nuestro relato; hablamos de su textura, de su sabor, de su aroma, para que no perezca del todo. Eso es perder la infancia: revivirla, dotarla de experiencia. Un alto que nos lleva, defiitivamente, a la edad adulta.

EL SOL SE HA LEVANTADO SOBRE EL MUNDO

Me despierto con la luz matinal que atraviesa la persiana del dormitorio. El sol camina hacia su cenit con sus matices diferentes de luz; yo me acomodo al nuevo día, después del recogimiento nocturno, y me abro al mundo, a lo bueno y a lo malo que pueda ofrecerme, sin apenas sentir el desgarro de hace unos días, mi mal de amores, mi decepción.

solEn mi itinerario hasta el baño, tarareo Volver. La melodía resuena en mi cabeza; no puedo ignorarla. E inmediatamente después medito en torno a esta canción: pisar las mismas baldosas devuelven un eco diferente. Lo mismo ocurre con las calles, con los museos, con las tiendas, con los jardines que visito: Como un lobo de Miguel Bosé de viaje en AVE a Madrid o el Everything de Michael Bublé cuando volaba hacia Nueva York son distintas si las escucho ahora, en casa. Cada canción ofrece una visión nueva: una ciudad, un mismo lugar es muchas ciudades, muchos lugares.

Más allá de la compañía de la música, cuando la soledad teje muros de araña triste en torno a mí, cuando podría compartir lo que veo y escucho con alguien más, si viajo al extranjero, suelo alojarme con familias autóctonas, y si es por España suelo ir adonde tenga amistades. No se me ocurre ir a Toledo o a Salamanca, hoy por hoy, aunque me encantaría, pues allí no conozco a nadie, y no quisiera sumirme en un estado melancólico. La soledad solo es buena en tanto pueda transformarse en creación, en tanto que reflexión: solo cuando el escritor se aísla para convertir sus aventuras en materia novelable. Yo, como artista, necesito ese resquicio para construirme, para saber hacia adónde voy.

Quizá eso tenga que ver con lo que decía Susan Sontag en una entrevista: un escritor es alguien que presta atención al mundo y escribir es una vocación heroica. Al final, un escritor, y por ende un artista, el verdadero artista, no es más que alguien un poco más sensible que el resto, que se preocupa por entender la vida, analizarla y exprimir todo su jugo para después transformarla en arte. Esa vocación es “heroica”, en tanto en cuanto debe aceptar el dolor o la tristeza y reconvertirlas: observar el itinerario del sol sobre el cielo, captar su esencia y corresponder a ella. Transcribirla, aun a riesgo de idealizarla. Es, en el fondo, la razón de tanto viaje y tantos caminos transitados: dar testimonio de ese día que empieza, de que nosotros estábamos ahí, todavía en el mundo, en ese dejar de estar solos, justo cuando se levantaba el sol.

¡VIVA LA GENTE!

Cojo el autobús para ir al centro, como ya viene siendo habitual en mí. Uno de los conductores ya me conoce. La parada es el inicio, así que aprovecho los cinco minutos de rigor de la espera antes de que arranque para charlar. Una tarde de verano, cuando aún apretaba el calor, le solté:

―¿A que te encantan las películas de acción, no?
―¿Por qué? ¿Lo parece? No, no, soy más bien aficionado al cine de autor―me contestó él con voz grave de fumador.
―¿De veras? ¿Qué directores te gustan?
―Pues mira, el otro día echaban en el cineclub de la asociación de vecinos una peli de Kaurusmäki…

¿Qué película era? ¡Nubes pasajeras! Y yo me quedé sorprendido. No supe qué decirle, había acertado de lleno: Kaurismäki es mi director de cine vivo preferido.

Así, tarde sí y tarde también, ha transcurrido un año, hasta hacernos buenos amigos. No vamos de copas ni a ligar juntos pero, ¿cómo lo diría?, se ha establecido un vínculo de amistad muy fuerte. Cada tarde, nada más verme, no se olvida: “un día de estos, fijo que nos vamos a Finlandia a conocer a Kaurismäki”.

La amistad con el conductor del autobús podía ser, con un poco de imaginación, si ambos quedáramos después de la jornada laboral, similar a la que se establece entre los que juegan a fútbol. Por lo menos, así me lo decía mi abuela: los deportes hacen mucho, establecen un cierto pacto de sangre en el casinillo después del partido. Yo nunca he sido un buen futbolista, ni siquiera un mediocre pero esforzado futbolista, todo hay que decirlo, pero siempre he querido tener muchos amigos y me gusta hablar con todo el mundo. Sueño con una amistad, quizá muy literaria, con la fe puesta en la humanidad, a pesar de todo: establecer una relación muy profunda que supere las barreras que encallan, y que se afiance día tras día. Una amistad de esas que lleguen a la médula, que provoquen un ligero hormigueo en el estómago.

cafeCuando me bajo en la parada del Paseo de Gracia, empiezo a deambular en busca de una mesa libre en un bar de tapas o en un restaurante no demasiado lujoso, el que me permita mi bolsillo. Esto es lo que hago siempre, aquí y en cualquier ciudad cuando viajo. En Madrid, en París, en Nueva York o en Venecia: intento mezclarme con la gente para experimentar la esencia del lugar; captar la atmósfera propicia para conocer a alguien y, ¿quién sabe?, hacer algún amigo. Porque sí, en estos bares y restaurantes céntricos siempre encuentras con quien cambiar impresiones para así, de alguna forma, calmar tus miedos de callejero desprotegido y solitario. Sin ponerme presuntuoso diré que he adquirido un cierto don de gentes, gracias a mi trabajo de recepcionista de hotel.

Y es así también como surge la inspiración; nunca encerrado entre las cuatro paredes de mi habitación, sino observando. El narrador y el poeta deben escuchar atentamente los susurros del viento entre las hojas de los plátanos, los círculos que describen los zapatos cuando pisan el asfalto, la estela de gasolina de los coches… los símbolos con los cuales trabajarán y escribirán su obra maestra. Somos seres únicos que buscamos al otro, ser uno en el otro: por eso viajamos, para conocernos y conocer el mundo, para ser más sabios, para buscar la estrella perdida que ha caído en un charco de agua tras la lluvia. Desde la humilde atalaya que me otorga la experiencia de los años transcurridos, observo a mi alrededor e intento transmitir, a través de las palabras, la música del aire y la canción del aquí y el ahora. Tanto el conductor de autobús como las gentes que encuentro al paso, encontrarán acomodo en mis libros futuros, camuflados con otros nombres y otras características, pero en los que hierva su corazón con el mismo ímpetu, con las misma fuerza que yo atisbé al pasar frente a ellos, al mirarles de frente, en mi recorrido diario por la ciudad.

VIAJES Y AZAR

Nunca le ha gustado demasiado viajar pero, para cambiar de aires, a un hombre de mediana edad se le ocurre comprar un billete de autocar para ir de Barcelona a Madrid. Nada más subir, muy animado, encuentra sitio junto a la ventanilla. Es de noche y el único paisaje observable es la oscuridad, con las luces deslumbrantes de los coches en dirección contraria. Para no aburrirse, empieza a hablar con su compañera de asiento, una chica joven con mochila. Están así, charlando sobre el tiempo, sobre el devenir del mundo, sobre el mismo viaje. Pasan Lleida y el conductor para el vehículo. Todos los viajeros se sorprenden; no se encuentran en un área de servicio, sino parados en una cuneta. ¿Qué ha sucedido?, se preguntan con cierta inquietud.

Son las tres de la madrugada y apenas han llegado a Zaragoza. El conductor dice que una de las ruedas delanteras se ha pinchado; nadie de la compañía lo había previsto. El conductor anuncia que han de esperar a que vengan los de emergencias; él, por lo visto, no sabe poner la rueda de recambio. El hombre que subió dos horas antes al autocar desearía huir de allí, del malhumor de algunos viajeros quejicas e impacientes que insultan al conductor. Y recuerda algo que leyó en no sé qué periódico acerca de un tal Douglas Corrigan, un piloto de avión que, aparentemente por error, recorrió el Atlántico, de Nueva York a Dublín, cuando se le esperaba en California, achacándolo todo a la niebla. Un desafío, semejante al de Cristóbal Colón, que acabó, sin proponérselo, en un lugar opuesto al previsto.

Viaje en autocarHarto de la espera, el hombre que dos horas antes subió al autocar se despide de la amable compañera de asiento, pide al conductor que abra el compartimento de equipajes y se va de allí, algo desilusionado, con su maleta de ruedas. Se dirige al motel más cercano y alquila una habitación para el resto de la noche. Al día siguiente, se acerca a la capital aragonesa. Se queda un día más, otra noche más, y se olvida de Madrid. Quién sabe, si no, si hubiera podido nunca admirar de cerca El Pilar, ni las casas al borde del Ebro, ni haber disfrutado de la amabilidad de la recepcionista. Si no se hubiera pinchado la rueda del autobús, él no habría visto nada de todo esto, igual que Douglas Corrigan no habría conocido Dublín. Afortunadamente, no lo tomarán por loco ni preguntarán por lo inexplicable. Porque el azar, lo misterioso, es decisivo: se entra y sale del mundo hasta dar con el milagro fortuito. Porque los viajes fascinan por su azar.

EL ALIENTO DE CLARA

tenemos que vernos
tenemos que vernos

Tenemos que vernos, MARÍA TENA. (Editorial Anagrama). 176 páginas. Barcelona, 2003.

Siempre había querido reseñar una buena opera prima y ahora tengo esa oportunidad. La autora madrileña María Tena publicó hace ahora algo más de diez años su primer viaje literario sumergiéndose en las dificultades y desafíos que Clara, en la mitad de su vida, va encontrando al paso, reflexión sobre el tedio cotidiano (tras veinte años de matrimonio y dos de noviazgo), sobre la pareja y el anhelo de otros mundos.

Clara vive con Pedro y sus dos hijos en una torre residencial con piscina y jardín, en las afueras de Madrid, y trabaja en una editorial, en cuya plena reestructuración de la compañía cambian de jefe. Entre Juan, su jefe, y Pedro, su marido, fluye, pues, su existencia, apagada a veces, enardecida otras. Sus hijos cada vez están más distantes (el salto generacional parece el obligado obstáculo que Clara tiene que soslayar como pueda). Novela de personaje, de la reconstrucción o deconstrucción del yo y de sus contradicciones, la frustración y los amargos latidos de un corazón cansado de tanta monotonía, una pareja a ojos de los demás plenamente asentada. La voz de Clara (a través de monólogos dirigiéndose a su amiga, escritos probablemente en el cuaderno de hule negro que guarda en la mesilla de noche) puede perturbar su aparente tranquilidad y actuar, al final, como efecto boomerang.

María Tena
María Tena

María Tena posee la rara habilidad de hacer que el personaje de Clara siga en la memoria del lector mucho tiempo después. La autora ha publicado, posteriormente, dos novelas (Todavía tú y La fragilidad de las panteras), pero la que yo prefiero es esta (y a la que creo que María le tiene más cariño). Parece como si nos rozara el aliento de Clara. El gran acierto de la novela es, precisamente, aunar e intercalar la narración en tercera y los monólogos en primera, con lo cual fondo y forma quedan plenamente ensamblados. El título (Tenemos que vernos) nos lleva al núcleo mismo de la historia, nos da el toque coloquial, como si estuviera contenida en una gota de agua, concentrada, sencilla, transparente, que muestra más que dice. La sencillez (y aquí hay gente que discute por llevar la razón) no tiene por qué ser menos literaria. Al contrario, nos lleva hasta el interior de la trama, la hace más viva, más cercana, más directa. Se nota que María disfruta del simple hecho de contar historias.

¿Quién es el débil y quién el fuerte?, ¿quién el ganador y el perdedor? De historias de tedio matrimonial, el camino empedrado de la literatura está lleno (véase Madame Bovary o Ana Karenina), pero pocas como esta, donde la gracia está en no admitir barreras con el lector, en la proximidad. Tenemos que vernos es, sin duda alguna, fruto de los tiempos convulsos que vivimos, cuyos límites éticos se desdibujan; todos aprovechamos lo que se nos ofrece sin pensarlo dos veces. María Tena llega con esa voz hasta el ara sacrificial de la pareja, la disecciona con un bisturí sin dejar ningún resquicio, y nos la convierte en paladar exquisito para que la leamos. Gracias, María.