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CON UN PIE EN LA FERIA Y OTRO EN LA VIDA

Es octubre, cuando escribo esta columna hace poco que empezamos el otoño; los días se vuelven más oscuros, más fríos y más lluviosos. Es el último paraíso terrenal antes del invierno: los pequeños se abalanzan sobre la parada del tiro, sus mayores les regalan regaliz y algodón de azúcar. Me gusta pasearme por las calles llenas de ferias y de paradas cuando son las fiestas de mi barrio. Me gusta recordar cuando gané un muñeco de trapo en la tómbola o me subí por primera vez al tren de la bruja.

feriaLas ferias sirven para desempolvar la inconsciencia del niño, para ponerse a su altura y aparcar por un instante la sabiduría del hombre maduro que sabe que toda su juventud ya quedó atrás. Al adulto solo le queda la “ilusión” de creer en la magia cuando está con su familia. Creer por un día que aquel tren que entra y sale de un túnel constantemente es real y existe en algún rincón del planeta para solaz de los inocentes, los santos inocentes que algún día pisarán con fuerza y deberán ocuparse por sí solos de sí mismos, responder de sus acciones, ya sin que los dioses lo protejan.

Querría reivindicar hoy el muy humilde y noble arte de asustar a los niños. Como el oficio de reidor, de claca y de plañidera, para ser hombre o mujer caracterizados de bruja se requiere la habilidad de aguantar el tipo enfundado en una careta y con una escoba de patio trasero en ristre; tener suficiente presencia física para imponerse. Esta careta y esta escoba que vemos cómo manejan con tanta soltura han de aterrorizar. Porque no es lo mismo un principiante que un hombre ya bregado. Yo, he de confesarlo, me sentiría incapaz de aturdir y provocar el menor miedo; solo me dedicaría a ello si no tuviera más con qué comer ni con qué vivir.

Mi vida tiene también sus desventajas. A mí no se me permite demasiado el anonimato: los columnistas debemos mostrar el rostro y no esconder la piedra en el puño de la mano, ni ser unos pusilánimes hijos del diablo. No: el columnista debe responder en todo momento de sus palabras, más aún que el poeta e incluso más que el novelista: escribe sobre la cotidianidad, con un pie fuera y otro en el despacho. Los columnistas nos parecemos entre sí, y deberíamos tomarnos nuestra profesión como un “divertimento”: intentar pasarlo lo mejor posible, ya sea subiendo al tren de la bruja, escribiendo parábolas o fabricando analogías.

Yo sueño ingenuamente que algún día olvidaré mi condición de mortal y volveré a asomarme al escondrijo de la niñez con la inocencia suficiente para olvidar que soy columnista y recepcionista de hotel y que no necesito el dinero para llegar a fin de mes. ¿No sería maravilloso? A lo mejor, en una de esas, me admitirían como “asustador” del tren de la bruja. ¿Por qué no?