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KAURISMÄKI, POR EXIGENCIAS DEL GUIÓN

Aquel año vi más películas que nunca. Aún no había cumplido los veinte y cursaba mi primer año universitario. Fue en una de las sesiones dobles del cine Maldà, a la que acudí junto a dos compañeros de clase, donde descubrí a Aki Kaurismäki, el director de cine finlandés. Vi, por este orden, Nubes pasajeras (1996) y La vida de Bohemia (1992). Las dos me deslumbraron, pero especialmente la primera. Solo ahora, al escribir esta crónica, he caído en la cuenta de por qué me gusta tanto. Los años pasan, y nuestra humilde memoria trabaja en un viaje del presente al pasado, inquiriendo, separando el dolor del placer, iluminando aquellas zonas que son importantes de las que no lo son.

Cartel de Nubes  pasajeras (1996), de Aki Kaurismäki
Cartel de Nubes pasajeras (1996), de Aki Kaurismäki

Entonces, sin saberlo, sobrellevábamos todavía la experiencia virgen del mundo, poco a poco transformada en costumbre, en abotargamiento. Estábamos en la edad del shock, el de las novedades y de los descubrimientos, y cualquier detalle era capaz de trastocarse a los ojos todavía adolescentes. Era el tiempo de apelar a los dioses de la belleza, ante la falta de un paraíso idílico, ante la muerte de muchas ilusiones.

Lauri e Ilona, la pareja protagonista de Kaurismäki, pierden sus trabajos: conductor de tranvía y maître de restaurante, respectivamente. A lo largo de la cinta, asistimos a su vacío existencial, a sus intentos desesperados de recomponer el traje de sus vidas, hasta llegar al clímax final. De Nubes pasajeras me gustó entonces, aún sin distinguir del todo el plano estético del moral, el gusto por las combinaciones cromáticas, del rojo, el azul y el verde, y el juego con la banda sonora: un perfecto compendio de poesía visual y sonora. Pero, ahora que la he vuelto a ver en Dvd, veo como bajo esa superficie estética, Kaurismäki araña nuestros corazones con papel de estraza y nos lleva, a partir de un exacerbado minimalismo, al interior de unas vidas rotas. Contemplarla supone una experiencia estética pero, sobre todo, una experiencia ética.

Vivimos un momento de incertidumbre, de injusticias sociales, de falta de oportunidades en nuestro país, con una de las tasas de paro más altas de Europa. Los políticos intentan arreglarlo pero sabemos que, aun así, muchas veces, si no todas, se desentienden; por doquier, descubrimos sobornos y descubiertos: el excesivo número de parados en nuestro país debería ser un tema acuciante por encima de otros. Intentan desviar nuestra atención, pero no lo consiguen, al menos, mientras existan espectadores de películas como esta.

Lo que les ocurre a Lauri y a Ilona podría habernos sucedido a nosotros: la odisea de mucha gente que, de la mañana a la noche, pierden todo cuanto tenían. Eso no les hace ser ni mejores ni peores; o en todo caso sí, mejores, por cuanto luchan por la dignidad de sus vidas, por atajar de raíz los problemas económicos, una nube con forma de dragón que pasa por el cielo, por encima de nosotros, hasta desaparecer. Personajes que apenas sonríen, que continuamente fuman, que han de beber para olvidar: ese es el universo de Kaurismäki. En un tiempo convulso como el que ahora experimentamos, por exigencias del guión, películas como esta deberían ser, más que necesarias, imprescindibles.