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EL ALIENTO DE CLARA

tenemos que vernos
tenemos que vernos

Tenemos que vernos, MARÍA TENA. (Editorial Anagrama). 176 páginas. Barcelona, 2003.

Siempre había querido reseñar una buena opera prima y ahora tengo esa oportunidad. La autora madrileña María Tena publicó hace ahora algo más de diez años su primer viaje literario sumergiéndose en las dificultades y desafíos que Clara, en la mitad de su vida, va encontrando al paso, reflexión sobre el tedio cotidiano (tras veinte años de matrimonio y dos de noviazgo), sobre la pareja y el anhelo de otros mundos.

Clara vive con Pedro y sus dos hijos en una torre residencial con piscina y jardín, en las afueras de Madrid, y trabaja en una editorial, en cuya plena reestructuración de la compañía cambian de jefe. Entre Juan, su jefe, y Pedro, su marido, fluye, pues, su existencia, apagada a veces, enardecida otras. Sus hijos cada vez están más distantes (el salto generacional parece el obligado obstáculo que Clara tiene que soslayar como pueda). Novela de personaje, de la reconstrucción o deconstrucción del yo y de sus contradicciones, la frustración y los amargos latidos de un corazón cansado de tanta monotonía, una pareja a ojos de los demás plenamente asentada. La voz de Clara (a través de monólogos dirigiéndose a su amiga, escritos probablemente en el cuaderno de hule negro que guarda en la mesilla de noche) puede perturbar su aparente tranquilidad y actuar, al final, como efecto boomerang.

María Tena
María Tena

María Tena posee la rara habilidad de hacer que el personaje de Clara siga en la memoria del lector mucho tiempo después. La autora ha publicado, posteriormente, dos novelas (Todavía tú y La fragilidad de las panteras), pero la que yo prefiero es esta (y a la que creo que María le tiene más cariño). Parece como si nos rozara el aliento de Clara. El gran acierto de la novela es, precisamente, aunar e intercalar la narración en tercera y los monólogos en primera, con lo cual fondo y forma quedan plenamente ensamblados. El título (Tenemos que vernos) nos lleva al núcleo mismo de la historia, nos da el toque coloquial, como si estuviera contenida en una gota de agua, concentrada, sencilla, transparente, que muestra más que dice. La sencillez (y aquí hay gente que discute por llevar la razón) no tiene por qué ser menos literaria. Al contrario, nos lleva hasta el interior de la trama, la hace más viva, más cercana, más directa. Se nota que María disfruta del simple hecho de contar historias.

¿Quién es el débil y quién el fuerte?, ¿quién el ganador y el perdedor? De historias de tedio matrimonial, el camino empedrado de la literatura está lleno (véase Madame Bovary o Ana Karenina), pero pocas como esta, donde la gracia está en no admitir barreras con el lector, en la proximidad. Tenemos que vernos es, sin duda alguna, fruto de los tiempos convulsos que vivimos, cuyos límites éticos se desdibujan; todos aprovechamos lo que se nos ofrece sin pensarlo dos veces. María Tena llega con esa voz hasta el ara sacrificial de la pareja, la disecciona con un bisturí sin dejar ningún resquicio, y nos la convierte en paladar exquisito para que la leamos. Gracias, María.