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UN BILLAR EN EL GARAJE

Muchas veces, a falta de ficciones interesantes, por no poder pasar de la primera página de libros anodinos, me dedico a fantasear. Olvido la realidad y su monotonía a partir de un elemento que me llama la atención. Me gusta fijarme en los rostros que se cruzan al pasar, los más de enfado y de desgana, especialmente un lunes por la mañana. O los zapatos que corren sobre el asfalto, o las sombras chinescas que una nariz de Pinocho y el cabello encrespado proyectan sobre la acera. Si paseo por la calle, asoma por mi cerebro el nombre del protagonista de la novela que he aparcado, el único detalle que recuerdo. O el amigo al que tengo que llamar por teléfono para que me devuelva el diccionario de inglés que le presté para preparar el examen final. Y con eso parece que me mantengo ocupado, entretenido.

billarHoy ha sido algo diferente. He ido de buena mañana a Correos a buscar unos paquetes postales y, antes de llegar a mi destino, me ha llamado la atención la entrada descubierta de un garaje. He observado con asombro, he debido limpiar mis gafas y volver sobre mis pasos: sí, sí, nada menos que un billar dentro de un garaje, materia novelesca donde las haya. Sabía que allí había materia novelable, que solo debía tirar del fino hilo de la imaginación y crear una columna.

Me invento que los dueños del susodicho billar son una pareja que se consuela y abstrae de las riñas del matrimonio jugando, apostando. La pareja la pongo yo: viven en el primer piso y son los únicos con ese espacio extra con el que ir camino de la felicidad. Pero, me pregunto, ¿realmente tener un billar les hace felices? ¿Es esta la mejor vida posible para ellos? Creo conocer a esa pareja que ya lleva unos cuantos años casada. El día de su boda, jura ella, fue el más maravilloso de su existencia, y marcó un antes y un después. Él no está tan seguro, y responde con monosílabos. “¿Te sigue gustando tu mujer?” “Sí”. “¿Echas de menos tu soltería?” “No”. Pero en realidad miente.

Sé que podrían ser otros los habitantes nocturnos del garaje, los que hagan un poco de ruido, celebrando la victoria o maldiciendo la derrota: podrían ser una comuna de estudiantes, podría ser muy bien un ejecutivo que desea explayarse agresivamente en el móvil con sus empleadillos, y luego, para relajarse, se toma un gin-tonic y recurre al billar. Bien pudiera ser todo esto, aunque nadie lo podría asegurar. Pero yo, para la historia que hoy me he dispuesto a contar, he decidido que sean marido y mujer sin hijos y rodeados, envueltos por el sopor cotidiano.

¡Lo que da de sí la imaginación! En cualquier caso, no querría enamorarme nunca de esa mujer cuyo único tema de conversación ante el mundo sea el día de la boda. Yo he probado algunas veces el billar, pero he de reconocer que soy torpe: desaprovecho magníficas oportunidades y mis amigos se ríen malévolamente de mí al ver mi pulso errático frente a su triunfo que no admite contestación. La próxima vez que vaya a Correos voy a dar un rodeo para no ver ese garaje, para que mi cabeza deje de elucubrar, y, si acaso, pueda retomar la lectura de libros que aparté por tediosos. Nada mejor que dejar la imaginación para cosas más importantes.