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ORDENAR EL DESVÁN

Esa melancolía tan grande, de la que he escrito tantas veces, viene de lejos; es el viaje fugaz hacia aquel que fui, puesto en tela de juicio (¿fueron honestas aquellas personas con las que me crucé?,¿fui yo, a su vez, honesto con ellas?), pero no por ello más inauténtico. Hoy, recordando, ordeno mi desván, lleno de libros y de películas, de papeles mecanografiados y archivados o escritos a mano o a ordenador, ahí, durmiendo el sueño de los justos. También la música. Todo cachivaches, en fin, si bien no del todo inútiles. Y, al hacer limpieza, me digo que no puedo deshacerme de casi ningún objeto; me es necesario conservar ese engranaje de la memoria, que pertenece a lo sentimental, que pulula, silencioso, dormido. Lo guardo todo (o casi todo), salvo la colección entera de Barrio Sésamo, producto de la chifladura de mis primeros años (¿o fue la de mi madre al comprármela?) Esos libros infantiles he querido regalarlos a la hija de mi prima, Anna, que acaba de hacer la Primera Comunión y está encantada de que se acuerden de ella. Todo lo demás me pertenece: si lo perdiera, lo olvidara definitivamente o bien lo tirara a la basura, traicionaría a mi yo más profundo; al ser que es ayer, hoy y mañana, a la vez.

¿Y dar con los escritos amarilleados, abarquillados y mal editados? Son parte intrínseca de mi educación. Es como cuando me preguntan (o nos preguntan), a bocajarro, por nuestra edad, cuando los preguntadores están más aburridos, aguijoneados por el temible gusano de los curiosos y de la mala fe. Esto es igual: no me importan los años que tengan esos libros (ni mucho menos los que haya cumplido yo), extraños a mí en este presente inane, si están pasados de moda y ya ningún personajillo (ni siquiera yo) los lee. Son como el vino añejo: ganan con el paso de las horas. Pero lo mejor es que, en ese juego casi perpetuo entre recuerdo y deseo aún no satisfecho, unas novelas o unas películas me llevan a otras. Están vivas, viven conmigo.

Jerzy Grotowski (1933-1999)

Yo soy así: actúo por carambola, o tiro porque me toca. Un ejemplo interesante: viendo Mi cena con André, de Louis Malle, vi cómo el protagonista, André Gregory, el mismo en la ficción y en la realidad, nombraba uno de los talleres, impartidos por Jerzy Grotowski, en el cual había participado. Bien: fue en ese momento en que decidí leer Hacia un teatro pobre, del mismo autor polaco. Fui siguiendo las huellas de Grotowski y de su importancia y relevancia para nosotros, los que nos dedicamos al teatro, o incluso para los mismos espectadores. La labor de quienes nos han precedido, ya sea en los terrenos a veces resbaladizos de las artes escénicas, del arte en general o en cualquier otro invento de los humanos, nos han hecho “ganar” cuanto poseemos hoy; lo que han conseguido ellos es el legado, que nos otorgan, lo merezcamos o no. El teatro no se entiende sin Stanislavski, sin Tennessee Williams, ni mucho menos sin Peter Brook o aun sin Grotowski. Los que escribimos para la escena navegamos por un terreno más sólido (o tal vez más proceloso, eso ya no lo sé) para crear.

Así, lo que compré y abandoné en su día en el desván vuelve a emerger de pronto, gracias a una película. Tengo mucho que ver y que leer: solo los volúmenes de teatro de que dispongo ya ocupan un estante… Sí que esta reflexión (¿qué dejo y qué cojo del pasado, ¿qué libros guardo o tiro?, ¿he de hacer borrón y cuenta nueva de ese pasado melancólico, que ya no existe, pero que me conforma?) no quisiera que se quedara en la pura divagación estéril. De la misma forma, debo guardar el recuerdo de lo que he leído o visto y he experimentado.

Esas piezas teatrales, esos cursos de escritura a los que asistí, esos libros editados de Barrio Sésamo y compañía, tal vez no volverán, o no de la misma forma. Vendrán otros, pero ya no serán iguales: esa inflexión de voz en el profesor, esa mirada obnubilada en el Más Allá de la actriz; los compañeros o demás espectadores con quienes crucé unas palabras o una caña o refresco en el bar; esos libros, releídos ahora. Ninguna palabra será igual. Yo ya no seré el mismo, ni con el humor o la tristeza del entonces que aún resuenan en mí. Ese mundo pasado, hecho de emociones, se pierde en el tiempo, pero regresa con la voz de la conciencia que dice: “Debes emprender el camino que trazaste ayer”. Es como una paloma muerta, cuyas entrañas se ven a la luz del sol con la misma intensidad que si fueran las mías: ese es el proceso de identificación, de catarsis, con los demás y con lo que fuimos para ser hoy nosotros. Esa tienda de DVDs, esa librería, esa camisería, tal vez mañana desaparezcan sin que nada ni nadie lo anunciaran de antemano. Simplemente, desapareciendo. Tus días se van, de la misma forma, se alejan y quedan en un pasado que no es solo pasado, sino el quehacer de la nostalgia, de dejar atrás todo lo malo y todo lo bueno de la existencia.