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CERRADO POR VACACIONES

Los escritores poseemos un arma muy poderosa: la voz narrativa. Quien escribe regularmente se ha visto, en más de una ocasión, asediado por la siguiente pregunta: ¿quién cuenta la historia y desde qué punto de vista? Los malos narradores suelen ser aquellos que utilizan una sola voz durante todo el discurso y cuyos diálogos pasan a ser del todo inverosímiles; al final y al cabo, nadie habla de la misma forma, y los detalles se han de cuidar. Esta voz puede ser la de un locutor de radio retransmitiendo un partido de fútbol; la del peluquero fumador charlando mientras le sube el tinte a una señora; pueden ser, incluso, viajando en el tiempo, las palabras que usaba nuestra abuela imitando a Caperucita por las noches.

La voz es imprescindible, pero aún hay algo más importante: la ética del escritor. La voz ha de ser creíble, pero además contener una verdad humana, ya sea una crítica o una enmienda velada a la realidad. Deberíamos atravesar la corriente del discurso más o menos caudaloso para llegar a la otra orilla sin apenas mojarnos pero, además, esa voz ha de ser capaz de incidir en nuestras conciencias. Sí, desde luego que puede haber un compromiso, una tabla de salvación en la maldad, como bien explica José Ovejero en su ensayo La ética de la crueldad. El buen escritor levanta al lector de su cómodo asiento; el mal escritor es torpe y acomodaticio, burgués si cabe. Las modas vienen y van, y el error más frecuente del narrador es ignorar la inteligencia del lector y agasajarlo con la palabrería del momento.

Cuando el escritor se niega, como un Bartleby, a abandonar las aguas seguras de la narración aséptica o sensacionalista, entonces su ética se cierra por vacaciones. Igual que quien no va a la cita del dentista, o se niega a realizar la ITV del coche, o bien deja una pila de folios aún por archivar en la oficina donde trabaja para otro, el escritor se delata cuando rehúye el compromiso ético, y se vende, sin más, a los intereses del mercado.

Herman Melville, autor de Bartleby el escribiente
Herman Melville, autor de Bartleby el escribiente

El narrador, más que nunca, no debería nunca poner su mercancía en rebajas. No: hay muchos artículos, como la ropa o los alimentos que deberían bajar de precio, pero no los libros. Los buenos narradores, los que merecen nuestra consideración, se comprometen a escribir bien, no una vez sino siempre: es su obligación, y eso exige un precio. El libro de José Ovejero aboga por una crueldad controlada. Si el lector gusta del terror, la salida más fácil es darle la carroña que pide. Lo difícil es sustraerse a ella, medir la adecuada cantidad, sin utilizar la victoria de la sangre, sin congraciarse con el lector; ofrecer, en fin, un resquicio para la reflexión. Ahora que llega el mes de agosto y muchísimos comercios cierran por vacaciones, al menos el escritor, por el bien común, debería organizar tertulias en la rebotica, como en una farmacia de guardia, con las que seguir la batalla sin descanso.