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AMIGO DE LA VIDA, ENEMIGO DE LA MUERTE

Las últimas semanas no he escrito ni una línea; mi ordenador ha estado en barbecho, de vacaciones. Pero los pensamientos que iba almacenando en mi cabeza se han ido hilando, poco a poco, en mi interior, sin yo apenas percatarme, hasta desembocar en apuntes, luego frases y finalmente reuniendo sobre el papel las cuatro ideas esbozadas en esta columna. Contemplaba desde la ventana de mi estudio el cielo azul traspasado por nubes pasajeras que se rompían en busca de sentido, de coherencia, de claridad, y ensanchaba mi silencio en torno a las palabras salvadoras o condenatorias (sin que lo supiera nunca de antemano). Pese a mi silencio, he leído mucho, en busca de consuelo, recogiendo enseñanzas.

El escritor y Premio Nobel Elias Canetti ( 1905-1994)

En concreto, sobre el miedo y la vergüenza de existir: el aprendizaje tras una lectura atenta de la obra del escritor Elias Canetti, de sus apuntes y aforismos, en especial los de El corazón secreto del reloj.  Con un denominador común: el enemigo a batir, aun a pesar de fracasar de antemano, es la muerte. El peor y más grande enemigo. Canetti escribe para enfrentarse a él; se diría que escribir, poner sobre el papel unas cuantas palabras, lo mantenía inmortal. “Callar sobre la muerte. ─¿Cuánto tiempo serías capaz de hacerlo?” nos dice Canetti, imprecando, gastando toda su voz hasta la afonía: “Se ha refugiado en Dios. Es allí donde más le gusta sentir miedo”.

A mí me sucedió parecido. La idea de enemistarme con la muerte empezó a fraguarse en mi cabeza loca hacia mi tardía adolescencia, con las primeras desapariciones en la familia, los primeros duelos. No los aceptaba. Con ellos vinieron el desgarro, el ahogo, el socavón de la fugacidad; tratando de enmascarar la muerte, sin entender que, a veces, para renacer hay que morir primero. Y no hablo solo de escribir novelas góticas: no, hablo de la existencia corriente y moliente del que va pasando las horas como mejor puede y sabe.

Siempre he tenido la misma obsesión: siempre me he preguntado qué rostro tendré cuando muera (sereno, apacible o violento, terrible, dueño de una sonrisa irónica). Siempre me han intrigado el rostro de los muertos. Digo esto (aunque parezca mentira, aunque parezca algo cursi) amparado, ¿cómo no?, por la alegría y el festejo de la vida, compañera y amiga (si bien a veces desleal) del amor y de la amistad. Lo uno no quita lo otro, desde luego. Alguien que escribe casi a diario sabe de lo que hablo: el rastro de lo finito sobre uno mismo. Salvar el pellejo y honrar cada uno de los minutos del reloj mientras se vive.

No hace falta que recurra a la definición del “ser” del hombre en la Tierra, del “ser” de las cosas, del “ser” del lenguaje.  Superado el pesimismo inicial, mi espíritu ahora se levanta como en un acto de autoafirmación. En un abrir y cerrar de ojos morimos, así que por fuerza debemos apartar cuantas filosofías baratas, o muy sesudas e impracticables, se nos crucen en nuestro camino. Solo tengo una certeza: soy amigo de la vida, enemigo de la muerte. Podría ser este muy bien uno de mis epitafios. No pasará de ser demasiado original, ¿verdad?, pero, en fin de cuentas, ¿me importará a mí el lema que escriban sobre mí una vez que esté muerto? En todo caso, me aplicaré el cuento mientras respire aquí, amarrado a la puerta de una librería o en mi estudio, en un rincón del planeta; en las coordenadas que me marcan, en el tiempo que me ha tocado vivir. Y lo demás no importa.

 

LA USURPADORA DE BESOS

Los best-seller no me interesan; dejo que otros los escriban por mí. Los best-sellers pintan bien poco en mi día a día. Si hay algo que me impulsa a mantenerme vivo no es el éxito, ni la fama, sino la escritura, la tarea del escritor por sí misma. Lo único que me importa es escribir, más incluso que los saraos con tufillo intelectualoide, salir de fiesta o ir al cine. Como ya he venido haciendo hasta ahora, voy a dedicar todos mis esfuerzos, toda mi vida, a la literatura, a crear buenos libros, con o sin reconocimiento. Esto me enorgullece: quiero dejarme la piel pero no la decencia en el intento. Quiero invertir el tiempo en la salud de mi alma.

amorHe hecho consciente una decisión que tomé ya hace muchos años, desde la mirada del niño que quería crecer rápido para ser mayor de edad y publicar su primer libro. Dejé enseguida el esnobismo, la querencia de ser famoso o de ganar mucho dinero, cuando franqueé el umbral, la atalaya que la conciencia artística concede al pequeño de la familia, al raro, al original. El aprendizaje en el planeta de la escritura es lento y difícil; requiere apoyarse en un recodo para que las vueltas del camino no sean tan fatigosas. Puedo decir que durante mi infancia, como cualquier otro menor, aún no distinguía los límites: la niebla entelaba mis ojos. Quería crecer rápido, también, para participar en tertulias, para salir por la televisión o la radio.

Ahora sé reconocer cuando el escritor es verdadero, cuando tiene madera de novelista, cuentista o poeta, algo así como el científico de un laboratorio o el conservador de momias disecadas de un museo de cera: un mero observador con la vista afilada, en fin, de lo que muere, de lo que se esfuma, de lo que se debilita, mientras va deambulando, algo desorientado, por este mundo. Esta es mi familia.

El buen escritor, quiera o no, acaba conociendo la regla básica: que cuanto intenta, quizá a la desesperada, es ganar la partida a la muerte; sortear, como buenamente pueda, su fracaso relativo. El fracaso de no poder retener el tiempo, cuyas horas apenas resiste a vivirlas, a soportarlas, ante el rostro frío y marmóreo de la muerte. Esta se lo lleva todo: nuestros yos sucesivos; nuestros esfuerzos, ilusiones y desilusiones. Es una usurpadora, con todas las de la ley, de nuestro itinerario o vía crucis hacia la nada. Es el amor de una amante posesiva; la coprotagonista de nuestras caricias y de nuestros últimos y mejores besos. La que deja que perdamos la vida, pero dejando, al final del túnel, lo que puede sobrevivirnos: el hálito del artista conservado en el papel.

Esta columna podría parecer un auténtico ajuste de cuentas conmigo mismo; por qué escribo y por qué la gloria me parece deleznable e inauténtica. No diría un panegírico de la novela o del cuento o de la obra literaria, sino más bien un hacer evidente lo que ya se cocía por dentro y que hasta la fecha no había sido capaz de verbalizar. Algo de eso hay. Lector del futuro: piensa que un buen libro es la mejor compañía contra la  muerte; lo demás, importa muy poco. Nada más hacen falta buenos autores, buenos libros, buenos traductores, y lo más importante, yo diría: buenos y muy perspicaces lectores. Lo demás no es tan importante como pensamos, como nos incitan a pensar algunos. La usurpadora de besos, si nos arrebata el último aliento, será con el único beso necesario, posible, deseado. El beso final a la palabra escrita, a la palabra consumada.

LA PARÁBOLA DE LA COCINA

cocinaKitchen. BANANA YOSHIMOTO.(Editorial Tusquets). 208 páginas. Barcelona, 2013.

Sigo abriendo las puertas a la psicología nipona. Banana Yoshimoto (Tokio, 1964) ha ido escribiendo una serie de historias vertebradas por personajes solitarios y melancólicos, muy en la onda de su compatriota Murakami, desde una perspectiva femenina. Sueño profundo, Tsugumi y Amrita son algunas de sus novelas. Confieso que solo leí Kitchen. Hace años me sumergí en este libro bello y sencillo, contenido, pequeño. Cuál fue mi sorpresa ya entonces, al leer con fruición los dos relatos ─“Kitchen” y “Moonlight shadow”─ y descubrir una voz fresca y directa, que busca su lugar en el mundo. Alguien que ha leído más que yo de ella me explica que es su marca distintiva.

Yoshimoto escribió dos entrañables fábulas, teñidas de soledad y de vacío. Sus dos protagonistas, la joven Mikage y Satsuki, hablan desde la pérdida. El epicentro de acción, el péndulo a través del cual se expande la imagen fantasmal, fatídica y a vueltas como un manual de supervivencia, es la muerte, a la que los protagonistas intentan sobreponerse. En el caso de Mikage su refugio es la cocina:

Creo que la cocina es el lugar del mundo que más me gusta. En la cocina, no importa quién ni cómo sea, o en cualquier sitio donde se haga comida, no sufro. Si es posible, prefiero que sea funcional y que esté muy usada. Con los trapos secos y limpios, y los azulejos blancos y brillantes.

Incluso las cocinas sucísimas me encantan.

Aunque haya restos de verduras esparcidos por el suelo y esté tan sucio que la suela de las zapatillas quede ennegrecida, si la cocina es muy grande, me gusta. Si allí se yergue una nevera enorme, llena de comida como para pasar un invierno, me gusta apoyarme en su puerta plateada. Cuando levanto los ojos de la cocina de gas grasienta y del cuchillo oxidado, en la ventana brillan estrellas solitarias.

Sólo estamos la cocina y yo. Pero creo que es mejor que pensar que en este mundo estoy yo sola (pág. 11).

Mikage, tras la muerte de su abuela, acepta la idea del joven Yuichi y de su madre de ir a vivir a su piso. La abuela de Mikage compraba flores en la floristería de Yuichi, eslabón que une casi inevitablemente a los dos muchachos. Conforme vamos avanzando en el relato, vamos descubriendo quién es Eriko, la madre de Yuichi. Le apasiona, como a su hijo, comprar electrodomésticos y cuidar y regar plantas. Tiene una cocina y un sofá que deslumbran a Mikage. Eriko trabaja todas las noches en un bar. Durante el medio año que la protagonista pasa en esa casa, mientras se traslada a otro apartamento, descubre un mundo nuevo de fascinación y encanto. La amistad entre Mikage y Yuichi, que parece que puede desembocar en amor, es celebrada a través de la comida. Mikage hace poco que trabaja para una profesora de cocina y ese día cocina empanadas, croquetas, cerdo agridulce y otros platos típicos nipones. O toman el té. La ceremonia está servida.

En la segunda nouvelle, Satsuki pierde a Hitoshi, tras cuatro años de noviazgo, en un accidente de coche. Satsuki, al igual que Mikage, sucumbe ante un vacío que debe llenar como sea. El recurso de Satsuki para hacer frente a la muerte de Hitoshi es ir a hacer jogging cada día al amanecer hasta llegar al puente:

Dos meses después de la muerte de Hitoshi, cada mañana me apoyaba en la barandilla del puente que colgaba sobre el río y bebía té caliente. Casi no podía dormir, por eso empecé a hacer jogging al amanecer y aquél era el lugar donde daba la vuelta y regresaba (pág. 150).

Y enseguida aparece Urara, una misteriosa turista que ha venido a la ciudad para vivir una experiencia única, que sólo pasa una vez cada cien años. La del encuentro con la persona amada que ha muerto. Satsuki y Urara quedan un día antes de amanecer en el río y allí, cada una, llega a ver a su amado que está en la otra orilla durante unos instantes. La imagen de Hitoshi se desvanece y volvemos a la realidad. La descripción vívida de esta aparición es, cuando menos, alucinante:

Si no era un sueño ni una quimera, la figura que estaba en la otra orilla del río, de pie y mirando hacia aquí, era la de Hitoshi. El río estaba entre él y yo… Sentí una oleada de añoranza, su figura se sobrepuso a la imagen del recuerdo que guardaba en mi corazón y ambas se fundieron hasta convertirse en una (pág. 194).

Esta segunda novela corta debería haberse titulado algo así como “Desde el río del amor”, puesto que es allí donde ha tenido lugar la relación amorosa entre Satsuki e Hitoshi:

Para mí, el río era la frontera entre Hitoshi y yo. Cuando imagino el puente, Hitoshi está allí. Yo siempre llegaba tarde y él estaba esperándome en aquel lugar. Cuando íbamos a alguna parte, siempre nos separábamos allí, él iba hacia un lado y yo hacia el otro. También fue así la última vez (pág. 176).

La escritora nipona Banana Yoshimoto
La escritora nipona Banana Yoshimoto

Abandonarse a estas dos nouvelles, retratos de la contemporaneidad, de la búsqueda de asideros, de raíces de árboles que alimenten con su savia a los humanos, es una experiencia estética sin igual. Una y otra vez me doy cuenta de que Japón es parte de mí, es un lugar al que, si bien no he pisado nunca, retorno en forma de viaje literario cada vez que me aventuro por él, como un experimento, como una salida ante la monotonía, al encuentro de personajes que me hagan vivir otra situación, como si fuera la mía propia. Y el resultado es un libro ameno y lírico, el libro con el que Yoshimoto debutó en la literatura. ¡Larga vida, Banana!

LAS ESTRELLAS ESCRIBEN

Hace un par de noches, soñé que una enorme araña me inoculaba su veneno, sorbía mi inteligencia y me dejaba seco de imaginación. Me desperté con más ganas de escribir que nunca. “Si en la vida real soy atacado por una araña”, pensé, “he de prevenirme y regurgitar el mayor número de palabras que pueda antes del fin”. Después de un periodo de sequía espiritual, de una semana improductiva, volví a escribir.

Con los ojos mirando hacia el pozo interno de aguas profundas, en lucha por salir a la superficie, fui de nuevo consciente de las enormes posibilidades del arte. Sabía que, si lo que me interesaba de verdad era superar el alma vieja del pasado y sus heridas, la enfermedad y la muerte, lo que debía hacer era recluirme para siempre en la soledad y crear. ¿De qué otra forma, si no, conjuraría el paso del tiempo si no a través de la rebeldía testimonial?

estrellas en el cieloLa marea vital me empuja siempre hacia la rutina. ¡Qué fácil es caer rendido en brazos de la banalidad! Contra eso, entonces, se levanta el edificio de la poesía. Sorprende la alergia intelectual de algunos que, en su loca carrera hacia la felicidad, desconocen o desprecian los dones que nos lega el arte, un arma frente a la fugacidad. Nadie sabe hacia adónde apuntan los fundidos encadenados de la película del mundo, fugas que prolongan la acción no sabemos por cuánto tiempo. Pero la poesía congela, detiene, domestica el instante y lo eterniza, aun cuando también sea perecedero; lo eleva a las ideas eternas del universo.

Octavio Paz ya dejó escrito: “soy hombre: duro poco / y es enorme la noche. / Pero miro hacia arriba: / las estrellas escriben”. Pese al pesimismo de estos versos, advierto que perviven en mi memoria gracias a la “transmutación” de los elementos, el hombre y las estrellas en elementos del universo, traspasados por la noche, metáfora de la muerte. El arte supera todos los obstáculos.

He aquí el pan diario de iluminaciones, servido en la mesa de los artistas: las criaturas, héroes y herederos por igual, que dieron a luz felizmente. No hay ninguna duda de que el arte, como la religión, nunca va a desaparecer mientras haya humanidad. Son necesarios: los dos preservan nuestra inteligencia y nos estimulan a seguir adelante. Sobrevivimos gracias al pensamiento de lo que nos gustaría que sucediera: el primer paso es soñar, aun en los momentos más difíciles. Los verdaderos rasgos espirituales de nuestra sociedad hay que buscarlos en los artistas y en sus obras; si no, al menos, en sus ideales. Porque la fidelidad a lo puramente material es el comienzo del sacrilegio y la falsa celebración de la vida. Los artistas nos entregamos a la soledad y somos capaces de atrapar toda la imaginación del mundo antes de que sea demasiado tarde: “las estrellas escriben”.

OBRAS INCOMPLETAS

He cogido el autobús para venir hasta esta biblioteca. Me dispongo a pasar otro día aquí, para devorar montañas de libros. Selecciono unos cuantos, los llevo a la mesa para consultarlos; inspirado por ellos, me dispongo a escribir. Mi mano empieza a teclear en el ordenador,  el antídoto perfecto a la monotonía cotidiana. El tema ha surgido a raíz de observar reunidas tantas obras completas, en un intento por abarcarlas. La libertad que respiro me hace reflexionar: he llegado a la conclusión de que, si algún día publico las mías serán, por defecto, obras incompletas.

¿Por qué incompletas? Porque no sé si sobreviviré a la muerte, si habré escrito suficiente, tanto como quisiera, ni si la fatiga de la existencia y, sobre todo, si la guadaña mortal segará las ideas que solo podrán ser publicadas póstumamente. Mis poemas, mis novelas, mis cuentos no son ni serán más que la suma imperfecta de una vida dedicada a los libros: imperfecto el tono, imperfecto el alcance.

Pío Baroja
Pío Baroja

Así, he llegado a la conclusión de que el arte solo es importante, necesario, precisamente gracias a esa finitud, a esa imperfección, a la muerte, no a pesar de ella. La muerte llama a la misma vida; solo su límite nos completa, nos transforma. El tema de la vida es infinito y ningún artista puede agotarlo ni contenerlo totalmente, lo que lo hace grande, porque se mueve en las aguas del misterio, en la música de la ensoñación. Las desavenencias que al artista le tocaron en suerte le sirven para sobrepasar los límites de su precaria existencia, difícil, inevitable. No basta con un solo sujeto: el mundo está hecho de siglos, de milenios, de vidas pequeñas. El gesto del artista es el testimonio frágil, poderoso que apresa las migajas esparcidas inútilmente por el viento.

El conocimiento está por encima de él, muy arriba, le sobrepasa; solo si escribe, si crea, se siente abarcando, por instantes, el mundo que observa desde el balcón al despertarse por la mañana. Como las ideas platónicas, la totalidad se encuentra en alguna parte: el artista lo único que puede hacer es siquiera nombrarla, sugerirla, vislumbrarla. Eso es a lo que aspira: a convocar a sus lectores alrededor de esas palabras que surgieron misteriosas, opacas, pero que, sin embargo, le identifican. Que sobrevivan no es tema para esta columna, ni es importante para mí. Solo aspirando a cosas mortales, puedo crear obras maestras, grandes en su finitud, como el claroscuro de un dibujo al carboncillo, el fragmento de otra obra mayor, la vida.