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CULTIVANDO LA FLOR DE LA SOLEDAD

En su último libro publicado en España, Haruki Murakami afirma: Hay que escribir una novela para comprender verdaderamente la dimensión de la soledad. Así es: además de lápiz y papel, o portátil, el creador necesita toneladas de aislamiento. Aislarse, “irse a una isla”, para que nada se interponga entre él y su obra. No debería subestimarse tanto la soledad. No pertenece a un oficio subalterno, no es inferior en categoría al resto de emociones. Los escritores la provocamos, hasta nos recreamos en ella; llegamos a tener una relación obsesiva, casi enfermiza. Pero es que si, al final de nuestra vida, nos daremos de bruces con la muerte, metáfora de la soledad más grande, ¿qué mejor manera de ensayar nuestro encuentro con ella sino a través del arte y de las palabras?

A menudo, la soledad es el precio que pagamos los seres humanos por estar condenados a no entendernos, a la incomunicación. Hay personas que buscan continuamente la compañía de los demás, y que para ello las manipulan a su antojo. Otros buscan paliarla con el alcohol, con los recuerdos del pasado: todos ellos no se enfrentan a ella verdaderamente; es más, la rehúyen. En su inconsciente, detestan, tienen miedo a la soledad.

La “verdadera” soledad va por otros derroteros. Nuestra hermana soledad es ese amigo que crece en la sombra: la necesaria para la creación. Al artista no le queda más remedio (aunque luego la sarna ya no le pique, como suele decirse) que buscarse un lugar umbrío y, desde allí, dirigirse a un lector o espectador que sea, en la distancia, capaz de identificarse y de empatizar.

Ahora, esta soledad particular, “mi” soledad, es la banda sonora de mi vida. La busco y la lleno de palabras, pensamientos, poesía. Y deviene una flor natural, no artificial. No me hace falta el apoyo ni la conmiseración de nadie: soy un actor monologuista que recibe finalmente la ovación del público, pero cuya actuación es valiente porque sale al escenario sin nadie más. Solos él y el foco de luz; el resto de la sala queda en penumbra.

A mí, por así decirlo, la vida me ha otorgado muchos momentos de bonanza solitaria. Son esas pequeñas alegrías que, indefectiblemente, obtiene el creador cuando va avanzando por su obra, especialmente en su reescritura, superadas las primeras tentativas infructuosas; el camino a esa felicidad escurridiza que todos anhelamos alcanzar. Ya sea porque no tiene más remedio, el creador es uno de los seres solitarios más felices, un perfecto “lobo de mar”. Yo no deseo renunciar al placer que consigo cuando me quedo toda una tarde en casa solo y dejo desenchufado el teléfono. Mi casa, con mis libros y libretas, mis CDs y mi mini cadena, siempre me ha abierto los brazos. Ser hijo único consiste en eso, básicamente; los momentos de mayor confusión y ajetreo se dieron en mi infancia, en los recordados cumpleaños, con mis compañeros de colegio comiendo los sándwiches y bebiendo Coca-Cola en vasos de plástico transparente. O cuando mi abuela aún vivía y recibía con frecuencia al resto de la familia, y pasaban horas y horas charlando, y yo los veía, callado, en los ratos en que descansaba de estudiar y acudía al salón. No me lamento de mi suerte, puesto que, no tener hermanos, estar solo todo el tiempo, me acabó convirtiendo en escritor.

Me gustaría tener un diapasón que midiera las pulsaciones de mi soledad. Yo soy mi sombra y mi soledad, me confundo con ellas, y eso que gano cada vez que pergeño historias, artículos o novelas ante  el folio o la pantalla en blanco. Solo así, en ese refugio que tiene tanto de guarida o de cueva sagrada, puedo consagrarme a mi oficio con la devoción y la dedicación necesarias, la mayor entrega para que el futuro lector oiga mi voz y, así, establezca telepáticamente una conversación conmigo. Más allá del elogio de los críticos, atesoro esos momentos mágicos en mí que, nadie, nadie, jamás me arrebatará.

DONDE TE LLEVE LA AVENTURA

Nunca he cazado leones en África (como Hemingway); nunca he participado en más de veinte maratones (como Haruki Murakami); ni mi padre me llevaba a ver combates de boxeo cuando era pequeño (como a Joyce Carol Oates). No ha sucedido nada extraordinario en mi vida, fuera de los límites de lo conmensurable. Sin embargo, puedo decir que esas experiencias las vivo indirectamente en mis novelas, en mis lecturas concentradas, en mis cursos de escritura, en mi plácido puesto de recepcionista y en las notas en color de los viajeros que llegan a Barcelona y, claro, se hospedan en el hotel.

Nada, aparentemente, impide que mi calma se disuelva. Estoy hecho, lo confieso, conformado de una pasta espesa de rutina, sin estridencias, sin grandes hazañas, a no ser por las pequeñas acciones que pueden llegar a ser grandes heroicidades como mejorar mi inglés, empeñado, una y otra vez, en aprobar el Proficiency. Yo ya expliqué en otra columna mis ansias por aprender idiomas con ayuda de los diversos diccionarios y novelas, de bolsillo, de primeras ediciones o de segunda mano, que forman mi anárquica biblioteca.

hotelLa aventura, pues, está en cualquier lugar. Pienso en mi siguiente novela, donde voy a urdir una red de relaciones en un hotel, utilizando como base mi experiencia de diez años de recepcionista. Sé que para escribirla tendré que cobijarme bajo la sombra de La montaña mágica, ejemplo de enumeración de vivencias del alma y del espíritu, de análisis intelectual y social, a fondo con las interioridades de los personajes. Intuiré, construiré mundos visibles a partir de los mundos invisibles porque, en definitiva, me gusta crear, fabular, tramar. No sé adónde me llevará finalmente la aventura, si me embarcaré por meandros o trazaré líneas rectas que vayan del pensamiento de un personaje a la acción de otro.

En todo caso, especularé mucho y les plantearé preguntas, hasta sentir sus respiraciones. Esa es la vida: interrogar y arriesgar lo arriesgable. Ir más allá de los límites naturales, las sombras de la realidad. No hace falta matar leones ni correr maratones ni asistir a combates de boxeo para vivir intensamente, para atrapar el sol en el cielo, cada mañana al despertar. Lo fascinante es no saber lo que aparecerá tras la esquina; ¿qué otra aventura mejor que la vida misma? Yo ya he dejado de soñar en la realidad y sueño, en cambio, en la ficción. Escribir novelas es la razón de mis días y el péndulo que me gobierna; es la aventura verdadera, la única posible para mí.

EROTISMO NIPÓN

Historias de la pama de la mano
Historias de la pama de la mano

Historias de la palma de la mano. YASUNARI KAWABATA. (Emecé). 308 páginas. Barcelona, 2007.

Quienes ya conozcan el universo de Yasunari Kawabata (Premio Nobel de Literatura 1968, mentor de Mishima y uno de los máximos exponentes literarios japoneses de todos los tiempos), el de sus símbolos preciosistas, el gusto por el detalle y el hallazgo poético, este libro de relatos les robará el corazón. Verdaderas miniaturas de las vidas que se tornan grandes, cada uno de estos cuentos recoge la esencia del mundo y nos la trasplanta a nuestro presente, otorgando actualidad porque su sencillez y su verdad humana se aproximan hasta llegar a cualquier persona de cualquier época y lugar.

No hay ningún cuento que desmerezca del resto. Más bien es una cuestión de gustos: podríamos discutir sobre si nos ha gustado más, si nos ha impactado más, pero nunca dudar de sus indiscutibles méritos literarios. Todos los relatos seleccionados pasan la prueba del fuego. En el mapa o constelación de obras maestras de la brevedad, citaré, como ejemplos: Zapatos de verano: el viaje en carromato, a lomos de un caballo viejo, de una niña de un reformatorio, que lleva puestos unos zapatos ligeros en pleno invierno; La ladrona de bayas: el periplo de una chiquilla pobre en su regreso de la escuela; Truenos en otoño: la muerte de un joven abrazado a una lápida, fulminado por un rayo; El hombre que no sonreía: el juego de máscaras en un set de cine; o Nieve, para mi gusto el más perfecto, el sueño hipnótico de un octogenario que siempre acude en Año Nuevo a un hotel y se ve envuelto por las montañas nevadas que imagina en las paredes de su habitación.

Estrellas efímeras que hacen grandes a los personajes que las habitan. Tantos cuentos y todos tan admirables; no tengo palabras suficientes para describir el poso que dejan tras su lectura. Sabemos perfectamente que sin la dimensión poética, sin el gusto de la modernidad por la poesía como aventura de conocimiento de la realidad, con sus símbolos de amor y muerte, no podríamos soportar nuestra existencia. Aquí se nos muestra a través del erotismo contenido: el cuerpo escultural, esbelto y elegante de las muchachas, el sabor embriagador del sake, la sombra bajo las hojas de bambú. Se respira una delicadeza, una dulzura tales, ya sea en los primeros relatos de los años mozos o a las puertas de la vejez, da igual. Es el amo de la concisión, de las distancias cortas.

Yasunari Kawabata
Yasunari Kawabata

Desearía que esta fuera una invitación, no solo para la lectura de este libro, sino para el resto de la producción de Kawabata, que Emecé, en los últimos tiempos, se ha prestado muy bien en traducir para el lector español. Quien no lo conozca, lo puede degustar en la justa medida que siempre otorgaba a sus narraciones. El universo nipón nos es más cercano, gracias a la maestría y solvencia de autores como él y Mishima, Kenzaburo Oé o Haruki Murakami. Japón está más cerca, más que nunca; solo es cuestión de alargar la mano y palpar la textura de esos cuerpos de muchachas, que viven y sueñan igual que nosotros: su erotismo es nuestro erotismo también. La condición universal es consustancial a estas historias que caben en la palma de la mano, compilación de un peculiar credo estético y literario.