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EN LA INTIMIDAD DEL PARQUE

Cuando me falla la inspiración, cuando estoy bloqueado en medio de una escena de mi novela, miro entrevistas de Youtube, o leo directamente a un escritor prolífico, para que me transmita, si es posible, parte de su energía. O contemplo un Picasso del catálogo de una exposición ya lejana, que conservo en casa como oro en paño. Pero, las más de las veces, voy al parque, la salida más digna y refrescante que pueda haber.

Isla verde en el paisaje urbano, en mi día de fiesta: me llego hasta el parque por la tarde, a la salida de los colegios, para hacer algo de deporte. Las hojas crujen bajo mis pies y la suela de mis zapatos pisa la tierra, aún fría y tierna, tras las últimas lluvias. Una hora diaria caminando es lo que el médico me ha prescrito. Y yo, sin ánimo de contradicción, sigo el consejo férreamente. No más prédicas en el desierto: todos hemos de cuidar la salud y no salirnos de la vereda marcada por los entendidos, ¿sino qué? Los consejos menos caducos: ayudar y ser ayudado, la liturgia escrupulosa de la ley hipocrática. Dejar que soplen los vientos más bonancibles, en fin, para que el espíritu no se adormezca. Para dejar de hacer acrobacias, como saltarse las dietas y no hacer ejercicio, sentado ante el ordenador. No, ahora toca “desintoxicarse”.

Ir a un museo exige contemplación. Ir a una biblioteca, concentración y silencio. Ir a dar una vuelta al parque, además, exige ser consciente de que eres uno entre muchos. Veo a la mujer ciega acunada por la trabajadora social, haciendo su vida menos sola y más entretenida. Veo al grupo de madres con sus hijos y los amigos de sus hijos, con la merienda. Veo a esos jóvenes arracimados en torno a la fuente, fumando y charlando. Otros, un poco mayores, juegan con bulldogs que, como en una pelea de gallos, se ladran y muerden entre sí. O veo a aquel que practica yoga entre la sombra de los árboles, antes de que oscurezca y sea demasiado tarde. Esa es la intimidad que ofrece el parque, el momento recoleto, tú leyendo una novela o tomando apuntes, en el bloc de notas de tu móvil, preparando esta columna. Días que parecen domingo, a juzgar por la quietud isleña que se respira.

En el parque, están representados todas las edades y clases sociales, todas las modas. Bien en sabido que hay varios estratos cohabitando en nuestra sociedad, diferentes incluso dentro de una misma generación. Solo ahora soy del todo consciente, puedo aplicar la “teoría” que mis profesores me inculcaron. No es únicamente la fachada externa, el uso de un cierto vocabulario y una cierta sintaxis, ni tampoco la vestimenta; se acentúa, además, en el modo de ser. Me cruzo con un anciano con sombrero de fieltro encasquetado en su cabeza. Va solo, despacito, sin el estrés de esos jóvenes en grupo que gritan, que aspiran a comerse el mundo. Lo del anciano ya no se lleva: su pose, su distinción. Los tiempos cambian. Pero él y su sombrero tienen completo derecho a coexistir con las zapatillas Nike o con la camiseta del Barça.

Las visitas al parque, como las visitas a la biblioteca o al museo, determinan, para bien o para mal, mi vida. Los pequeños detalles diarios, los más anodinos, cuentan, pasan a la historia. Algo que hoy creemos insubstancial, mañana será grande. Como la contemplación de esta tarde: queda grabada, ya para siempre, como el valle de palmeras canario o el hojeo de novelas italianas en una librería Feltrinelli, en Roma, dos momentos clave de mis últimos viajes. Tan sencillo como impulsar el arte de mirar. Primero fueron las clases de Historia del Arte en el último año del instituto, antes de empezar Comunicación Audiovisual. Mirar me sirve para almacenar, para coleccionar momentos, la sabiduría de San Juan, el arte de la perfecta contemplación. La joie de vivre mozartiana, presente incluso en sus notas, en sus  piezas más tristes, se ha instalado dentro de mí, ya para quedarse. La que ofrece un parque a las seis de la tarde. La intimidad para crear y escribir, para vivir.

MUSEOS HUMANOS

Hoy fui a que “me esquilen un rato” como le digo coloquialmente a mi barbero. Soy casi siempre yo el que lleva la conversación, el que la inicia. Le hablo esta vez de mi último viaje a Madrid, de mi reencuentro con Las Meninas, hojeando una revista del corazón. No me gustan, solo las leo en la peluquería, solo me entretienen cuando no sabemos qué decirnos; aunque confieso que también me sirven para ponerme al día de lo que se “cuece” en sociedad, saltando de una fotografía a otra, implacable, sin demasiadas ganas.

Museo del PradoUna vez en casa, ya con el pelo corto, corto, reflexiono. El Louvre, El Prado, El Museo Picasso: da igual. Los artistas que han creado una obra sustantiva, un magma centrífugo que emana de su persona, se ven reflejados, retratados en los cuadros gracias a sus pinceladas: es nuestro alimento espiritual. Se respira mucha más verdad en los museos que en las pronto caducas revistas del corazón, donde pululan los rostros de esos seres que idolatran la mentira, la mayoría trepas redomados: una pinacoteca fea, cursi y adocenada.

Los artistas han sido, son y serán reverenciados por nosotros, o por los que vengan después, a título póstumo: observamos impertérritos su nacimiento y su muerte, escritos en una breve nota informativa junto al título del cuadro y el nombre del autor. Ahí quería yo llegar: no hay nada más aterrador que admirar esas dos cifras, nada más horrible y a la vez más humano. ¡Cuánto me aterran las fechas consumadas, cerradas, sin opción a cambiarse, a sustituirse por otras! Cada vida es única, cada entrada y salida de este mundo. Solo nos cabe la impunidad del paso del tiempo sobre nosotros; nuestra impotencia y fragilidad. Como en esas salas de arte, las calles, avenidas y plazas de mi ciudad, y por ende de todas las ciudades, tienen nombre de seres ya fallecidos, esas vidas lúcidas, preclaras, fruto del azar y de la terquedad. La ciudad es un museo de figuras de cera que corren como fantasmas, que nos recuerdan nuestra finitud. Pero si hay alguna cosa valiosa en nuestra existencia es la lucidez ante la muerte, que nos hace vivir más intensamente. Nos reconocemos en esos retratos, somos más humanos por imaginarnos en el lugar y en la época representada: es la verdadera pinacoteca de las emociones, y no la de los chismorreos que no provocan más que vergüenza ajena.

Hoy tenía ganas de hablar de estas cosas; creo que es necesario, de cuando en cuando, hacer una reflexión sobre lo que somos y hemos sido y lo que fueron los individuos anteriores a nosotros. Este es mi ideal: que los museos sigan provocando la admiración y el debate, que nuestra mirada se desplace hasta llegar a esos cuadros, ahora felizmente observados, apreciados por nuestro ojo humano. Que se dejen de leer las revistas del corazón y los programas rosas televisivos, y haya una masa de gente que se acerque al arte en mayúsculas, porque esos retratos de hombres y mujeres muertos son ángeles “fieramente humanos” como nosotros.