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SANGRE AFRICANA

Hoy mismo, yendo por los pasillos del metro, como cada día, he detenido la marcha ante un mendigo de color, descalzo, “uno más”. No tocaba ningún instrumento ni vociferaba; estaba quieto, hecho un ovillo, con la mirada perdida, ebria, sonámbula, al suelo. Solo en el mundo, presuntamente, en una ciudad extranjera. No nos entendíamos: hablábamos lenguas extrañas. Nos hemos escuchado y con eso parecía suficiente.

En esa franja de tiempo entre el sueño y la vigilia de por la mañana, he recordado la exposición de Kerry James Marshall en la Fundació Tàpies que fui a ver la semana pasada. La muestra recoge fotografías, cómics y pinturas en el que la representación del cuerpo humano se basa en el tema de la “negritud”, el de las gentes de color: seres casi invisibles en nuestra sociedad occidental, pero que se empeñan en no perder, aun así, ni las tradiciones ni la lengua que dejaron allí, en sus tierras.

serengetiCon Marshall, he rebuscado en mi biblioteca y he vuelto a leer a Léopold Sédar Senghor, el mejor poeta negro en francés, junto a Aimé Césaire. Senghor participó activamente en la Resistencia Francesa durante la ocupación nazi y fue, además, el primer presidente de Senegal, su país. Sus palabras describen un mundo de hechizos, de desiertos, cocodrilos, hipopótamos y leones, de sol y de mar. Aunque no solo eso.

Él dijo, en uno de sus poemas más alucinatorios, navegar entre “l’angoisse des ténèbres, cette passion de mort et de lumière”; así puede resumirse “su” vida en África, su lirismo; una geografía que no pierde el gusto por los colores. No he estado allí físicamente, pero puedo decir que “he estado” allí sentimentalmente, viendo como el barro de los ríos se enquista en la quilla de los barcos que surcan el Congo. Lo que sorprende, lo que es de alabar, tanto de él como de Kerry James Marshall, es el hecho de “completarnos”, de “dotarnos” de un espacio de reflexión antes inexistente.

¿Tienen los hijos del África poscolonial el trato que merecen o aún son tildados de pedigüeños? ¿Somos conscientes de su identidad o son “uno más” en nuestras vidas? El legado que nos dejan, ¿se comprende más allá de las fronteras africanas? Injustamente reconocidos fuera de sus límites geográficos, es hora de sonreírles, de confraternizar, de entender su aventura. Porque sí, detrás de estos artistas hay un mundo por descubrir. Como este mendigo, con la mirada sabia, perdida, ligada a los recuerdos de su querido río Congo; ligada a la selva, a la luz y al mar de sangre africana.