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A VUELTAS CON LOS DICCIONARIOS

Cuando era pequeño, tendía a pensar que los diccionarios eran aburridos, que estaban malditos; que eran pesadas losas que si te caían encima, podían fracturarte el metatarso o cualquiera de los huesos del pie. A pesar de todo, los consultaba, no podía vivir sin ellos. Los echaba en falta si no los tenía a mano; eran parte de mí, algo más que palabras, una detrás de otra. Sin darme cuenta de que eran la esencia de la vida, con sus aciertos y deficiencias. A su manera eran y siguen siendo protagonistas de una oda: los necesito como necesito una mesa, una flor o el pan.

diccionario
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Español, catalán, inglés, francés, italiano, alemán, holandés, sueco, finés… la lista es larga. Los tengo encima de mi mesa, entre los papeles, o en las estanterías, bien a mano. Son una extensión de mi cuerpo, quizá de forma inadvertida: siempre he tendido a identificarme con una novela, un libro de cuentos, incluso un poemario, pero nunca jamás con un diccionario. Pero es así: ellos también me han conformado como lo que soy. Me han aclarado muchos pasajes oscuros de libros, que de otra forma no hubiera podido descifrar. Son algo así como mis viejos amigos, con mucha más experiencia a sus espaldas y que se prestan a ayudarme con solo abrirlos.

¿Es que alguien piensa aún que son aburridos? Se equivocan. Existen infinidad de diccionarios para todos los gustos: de símbolos, de refranes, de citas…hasta el Diccionario del erotismo. De entre todos, yo le tengo mucho cariño a un Larousse en francés, en el que las diversas definiciones se ilustran con ejemplos de pasajes famosos de libros. Así, por ejemplo, para la entrada “droit” (derecho) me encuentro con una frase de François Mauriac que dice: “Yo me defendía. Estaba en mi derecho”. O con una frase de Nerval, en la entrada “congé” (día libre de trabajo): “Ha obtenido un día libre para venir a nuestra boda”. Es un placer aprender así, dialogando con los maestros.

Los han escrito muchos, en ellos reside la sabiduría popular, el entramado de muertes y resurrecciones de las personas que habitan este mundo loco. Nos hacen más cultos, puesto que despiertan nuestra flaca curiosidad y enriquecen nuestro vocabulario, armas casi perfectas en las que encontramos bellas imágenes de realidad o súbitas iluminaciones. Ahora que ya no soy un niño, nunca más se me ocurrirá pensar que sean malditos: solo lo son aquellos que no los consultan. Sin duda alguna, un buen diccionario es muchísimo más que eso: es el germen de un futuro genio literario, vete tú a saber.