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EL REINO DE LA NOCHE

Ya he hablado en otras columnas de libros y de jardines; hoy hablaré de la noche y sus misterios. Ayer, cogí el autobús número 20 hasta el muelle, como ya viene siendo habitual en mis tardes aburridas y abúlicas. Con las primeras luces, todo se transfigura; todo se embellece con los parpadeos de los automóviles, de las motos, de los famélicos ferris, hechos para comerse el mar.

Mientras miraba por el ventanal del 20, ya de vuelta, recordé una novela que leí hace ya unos cuantos años: El jardín de medianoche, de la escritora inglesa Philippa Pearce. En él, un adolescente, Tom Long, observa con sus propios ojos una tercera dimensión, la cual los demás, los adultos, no pueden franquear: árboles centenarios, un reloj que marca las trece, puertas misteriosas, la luna, en todo momento. Y la noche, sí, como protagonista, más que nadie.

jardínResulta que, sin saberlo, guardaba esa historia fantástica en la recámara de la mente, y saltó al sueño que tuve la madrugada pasada; ahora no puedo sino transcribirla. Soñé con un jardín, el de mi antiguo colegio, el de mi infancia, un jardín más grande de lo normal, ahora abierto al público. Había luz iluminando los senderos, y los pinos, abetos y palmeras se erguían dejando que su altura abrigara a los transeúntes que pasaban por allí. En un banco, una chica estaba leyendo un libro junto a una farola; un hombre con sombrero de fieltro se paseaba con su foxterrier; y niños, muchos niños, casi bebés, soñolientos, con los párpados entrecerrados, iban de la mano de sus madres. ¿Qué hacían allí? Todo aquel magma era algo normal dentro del sueño. Solo ahora parece sorprenderme. Solo ahora retomo parte de mi niñez.

Tengo un alma impregnada de palabras, traspasada de relatos; la parte más intelectual, la que recuerda y reflexiona. Me pregunto a qué hora empiezan los murmullos de los duendes. Me pregunto si los sueños también existen al sol, en la mañana o en la tarde; si la noche no es  nuestra mejor consejera y testigo, prolongación de nuestro yo más profundo, el ser del hombre que no solo vive, sino también se emociona con las estrellas del propio firmamento. Eso me hace pensar en la canción de Julio Iglesias: Cómo es triste la ciudad de madrugada/caminando por las calles sin amor…, aunque, tal vez, sea esta una desoladora visión del corazón roto que no comparto.

Todos deberíamos tener este género de fantasías mientras vemos chisporrotear las llamas del fuego en la chimenea. No haría falta buscar un idílico refugio de montaña. Están en nosotros, en la hoguera con que acariciamos nuestros deseos. Tenemos un mundo interior, mayor, más grande del que imaginamos, capaz de aglutinar el blanco de la paloma de la paz y el rojo de las pasiones: el reino de la noche.

LAS ESTRELLAS ESCRIBEN

Hace un par de noches, soñé que una enorme araña me inoculaba su veneno, sorbía mi inteligencia y me dejaba seco de imaginación. Me desperté con más ganas de escribir que nunca. “Si en la vida real soy atacado por una araña”, pensé, “he de prevenirme y regurgitar el mayor número de palabras que pueda antes del fin”. Después de un periodo de sequía espiritual, de una semana improductiva, volví a escribir.

Con los ojos mirando hacia el pozo interno de aguas profundas, en lucha por salir a la superficie, fui de nuevo consciente de las enormes posibilidades del arte. Sabía que, si lo que me interesaba de verdad era superar el alma vieja del pasado y sus heridas, la enfermedad y la muerte, lo que debía hacer era recluirme para siempre en la soledad y crear. ¿De qué otra forma, si no, conjuraría el paso del tiempo si no a través de la rebeldía testimonial?

estrellas en el cieloLa marea vital me empuja siempre hacia la rutina. ¡Qué fácil es caer rendido en brazos de la banalidad! Contra eso, entonces, se levanta el edificio de la poesía. Sorprende la alergia intelectual de algunos que, en su loca carrera hacia la felicidad, desconocen o desprecian los dones que nos lega el arte, un arma frente a la fugacidad. Nadie sabe hacia adónde apuntan los fundidos encadenados de la película del mundo, fugas que prolongan la acción no sabemos por cuánto tiempo. Pero la poesía congela, detiene, domestica el instante y lo eterniza, aun cuando también sea perecedero; lo eleva a las ideas eternas del universo.

Octavio Paz ya dejó escrito: “soy hombre: duro poco / y es enorme la noche. / Pero miro hacia arriba: / las estrellas escriben”. Pese al pesimismo de estos versos, advierto que perviven en mi memoria gracias a la “transmutación” de los elementos, el hombre y las estrellas en elementos del universo, traspasados por la noche, metáfora de la muerte. El arte supera todos los obstáculos.

He aquí el pan diario de iluminaciones, servido en la mesa de los artistas: las criaturas, héroes y herederos por igual, que dieron a luz felizmente. No hay ninguna duda de que el arte, como la religión, nunca va a desaparecer mientras haya humanidad. Son necesarios: los dos preservan nuestra inteligencia y nos estimulan a seguir adelante. Sobrevivimos gracias al pensamiento de lo que nos gustaría que sucediera: el primer paso es soñar, aun en los momentos más difíciles. Los verdaderos rasgos espirituales de nuestra sociedad hay que buscarlos en los artistas y en sus obras; si no, al menos, en sus ideales. Porque la fidelidad a lo puramente material es el comienzo del sacrilegio y la falsa celebración de la vida. Los artistas nos entregamos a la soledad y somos capaces de atrapar toda la imaginación del mundo antes de que sea demasiado tarde: “las estrellas escriben”.