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CONTRA TODO PRONÓSTICO

Contra todo pronóstico, de la nada nací. Antes de que mi madre me engendrara, nadie me esperó. El loco corazón, que no deja de latir hasta su propio final, contiene ahora las astillas del alma. ¿No consiste todo en un pulso vital que nos empuja, como un bajel que fondea cerca de la orilla? Han pasado muchas cosas, mientras tanto, y mucho después. Por ejemplo, tú, posible amigo, compañero y amante. Contra todo pronóstico, te perdí. Te creí cercano, y te marchaste. Tal vez seas irrecuperable. Los amores no correspondidos son los peores. No nos necesitan, no nos quieren.

He querido alimentar esta ansia mía como si escribiera una misiva, como si no pudiera abandonar estas divagaciones, como si en ello me fueran las horas… Hace un par de noches, tuve un sueño perfecto, como pocas veces he tenido. Estaba de vacaciones, en una especie de colonia, de urbanización costera, con otros chicos, todos jóvenes, algunos incluso más que yo. La idealización de mi Sitges infantil. Allí, al lado del mar, con las baldosas relucientes, espejeando el sol. Con el sonido del cortacésped y, a lo lejos, en el puerto deportivo, el rilar de los mástiles chocando contra sí. Los hombres que rumian como las vacas el mismo deseo de siempre.

 Después del beso, de la jura de amistad eterna y del amor, desperté; tan amargo como saber que aquello que viviste era virtual, irreal, ajeno. Después, la ansiosa vuelta a la rutina, a la alianza que me une a la existencia. La verdad duele: no deseamos renunciar a los deseos imposibles. Lo malo es que uno despierta y la noria sigue rodando y no se detiene jamás, pese a quien pese. Contra todo pronóstico, nada de lo que imaginé de adolescente sería como es. En el trabajo, en la familia, en las relaciones, voy descubriendo cosas que no me gustan, hasta que me acostumbre a vivir en una tormenta permanente. A contrapelo, surge la angustia. Nada de ejemplarizante hay. Somos como los frailes en una orden de clausura: nuestra desazón solitaria la llevamos a los cielos, rezando para que se vaya y no vuelva.

El consuelo es de tontos: saber que otros también han soñado con la misma intensidad que uno mismo. Los espejismos existen, en la adversidad y más allá, tras la calima del mar. Somos la intrahistoria, la de los pequeños individuos, esa que no importa más que al que la vive; fábulas de a un euro vendidas en una tómbola del tres al cuarto, las mismas del paseo junto a la playa donde, por las fiestas del patrón, descargaban los ánimos de los más pequeños. A veces, también desataban las iras de los más mayores que debían apoquinar con la plata gastada con tanta feria. Los barquines a lo lejos, el bla-bla-bla del mar contra las rocas, de la marea imperturbable a los designios humanos.

¿Nos volvemos cínicos? Tenemos una asignatura pendiente, y esta es la de mantenernos incólumes, como los estoicos. Tal vez esa sea la moraleja ante tanto resquemor. Los parámetros con los que debemos medir nuestro deambular. Es fatigoso volver la vista atrás, como el divino Orfeo, que perdió definitivamente a su Eurídice… ¿Qué dios es capaz de encañonar al suplicante y, un segundo después, perdonarle la sentencia? La utopía no pervierte si nos ayuda a avanzar hacia un futuro, si bien quimérico, algo mejor. El futuro, ¿se atreverá a trastocar nuestros nombres? ¿Trasoiremos nosotros unos nombres que nos interpelan pero que no nos pertenecen? Los dioses nos conservan alguna aventura digna, creo yo. Quiero ser, por lo menos, esperanzado. El sueño me hará, seguramente, rebuscar alguna ganga, algún objeto de valor en mi cotidianidad. Me hará ser más fuerte y me será de ayuda para hacer literatura. Los sueños, como pensaban los surrealistas o el mismo Freud, son muy productivos, y desatan nuestros interiores, tan a menudo vacíos, secretos, inexpugnables… En esto estoy: el sueño dará más calor, más sentido a los días que sigan después. Me darán un amor imaginado o real, pero en todo caso, inesperado. Contra todo pronóstico.