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PARA CAPRICHOS, LOS MÍOS

Ayer tarde me pasé más de dos horas de reloj en la librería Jaimes. Acabé comprando la última novela de Modiano. Hasta aquí, todo parece normal.  Pero resulta que también había ido por la mañana, y también me regalé una obra de teatro de Modiano. Las dos veces, de mañana y de tarde, a la pregunta de si quería que me los envolvieran de regalo, dije que sí. Siempre me los regalo para mí, normalmente digo que no hace falta que me los envuelvan, pero en esta ocasión quise verlos con el papel de celofán y el lazo. Quise esperar: los dos paquetitos los pondré en el árbol de Navidad esta noche para el tradicional intercambio de regalos. Aunque solo sea para mí; mi madre ha dicho que este año no quiere celebrar ni el Papá Noel ni los Reyes. Me da igual: he acertado, igual que si me los hubiera traído una carroza del Círculo Polar.

Hace solo un par de días, fui al FNAC y me compré La de Bringas, de Galdós. Y también un día antes, en una librería de oportunidades, de la que soy fiel comprador, me hice con una novela de Lobo Antunes. Para muestra un botón: los libros ya forman parte de mí. Para caprichos, los míos. No me gasto el dinero ni en lotería, ni en tabaco, ni en alcohol. Puede parecer muy estrafalario que buena parte de mi sueldo sirva para engrosar mis estanterías de esas novelas, esos cuentos, esos ensayos tan necesarios para seguir viviendo. Fantaseo con la idea de seguir teniendo tiempo libre para devorarlos todos y cada uno de ellos, aunque sepa que no será posible. Es casi como la pila de folios en el maremágnum de la mesa de mi escritorio, o de los cajones, con notas, resúmenes y descripciones de personajes de novelas futuras, tantos que no podré escribir en el curso de esta vida mía.

Sé, como la canción de John Lennon, que I am not the only one. Sé que, con la utopía de los libros (que si todos los individuos de este planeta leyeran buenos libros), las guerras, las hambrunas, los conflictos armados terminarían, o si eso es exagerar, tal vez serían más cortos. Sé que hemos de seguir leyendo, como hemos de seguir escribiendo, componiendo o pintando para el bien de la Humanidad. Escribir un libro, créase o no, fomenta ese bien.

En mi interior, una llama se hace cada vez más grande; no es una ignición violenta. Alberga la esperanza ante el sinsentido, el despertar en medio de la nada. La literatura ocupa todo el espacio de mi corazón, y no es poco; es mi único amor, mi única Madame Bovary, Anna Karenina o Lolita. Es el juego de pellizcarse las manos, la pipirigaña de los libros; la varicela, el sarampión, la gripe juntos.

Digo todo esto porque estoy harto de escuchar que, en este país, o en el mundo entero, no se lee ni se escribe con calidad (excepto en lugares tan civilizados y hermosos como Islandia o Noruega, donde se becan a los escritores primerizos con una gran cuantía de dinero, y se lee al abrigo del hogar en el salón, junto al árbol navideño). Me parece que estas fechas tan señaladas gustan de mentes preclaras, de espíritus indulgentes y sensibles que entiendan las debilidades humanas. Empatía, diría yo; empatía y esperanza. Si queremos vivir, hemos de sentir. Lo único que debemos hacer es sentir y vivir.

 Mientras los demás están pendientes de los asuntos políticos, de los partidos de fútbol, de las series televisivas, yo leo; leo y escribo. Me gustaría que más de uno de mis lectores siguiera mi ejemplo, dejara la caja tonta por un rato y leyera. Solo así se prolongará la especie. Que no, que no son paparruchas. Senderear por los libros es como ir siguiendo al amante, que seguirá en nuestra biblioteca, o en la mochila o la cartera, en el punto donde lo dejamos. Que no, que el libro es tanto o más fiel que un animal doméstico, que el mejor de los amigos. Con estos podemos discutir, enfadarnos; con aquellos, si bien puede abrirse una brecha en nuestro cerebro ante una opinión o una idea contraria, en las antípodas de nuestro pensamiento, siempre podemos volver a él, ir hacia atrás y hacia adelante a nuestro antojo, comernos con los ojos las ilustraciones. Dialogo infinitamente con ellos; voy a beber en ellos y así sacio mi sed. Son mis caprichos de todo el año, mis caprichos de Navidad.

EL DESGLAÇ D’UN MÍSTIC

Discutir sobre art és, per aquest columnista, de ben segur, una de les experiències més grans que hagi pogut mai experimentar. Molt més que sobre literatura o filosofia: contemplar la “carn” de la pintura és ben immediata, en un sol cop d’ull. Antigament, aquesta feina la desenvolupaven uns quants; existien unes elits, i els artistes eren poc menys que profetes. Pintors que volien transmetre, percudir, arribar fins al moll dels nostres ossos. Això és el que m’inspira l’obra del pintor noruec Edvard Munch, que avui vull evocar. Un home que va dedicar tota la seva vida a la pintura, de qui alguns van afirmar que el gruix de la seva producció era trista i depriment i que seus quadres eren poc menys que esbossos. Matisem-ho.

Sí: Munch va pintar quadres com Malenconia, Ansietat o l’arxiconegut El crit (com si fos l’únic quadre pintat i conegut). No l’importava tant la perfecció del quadre, la fidedigna línia del cos, com  atraure l’element trasbalsador. Però va molt més enllà: el dramatisme de les escenes, i el món nocturn o la figura de la dona com a tema recurrents, cerquen, al cap i a la fi, fer-nos sentir una espiritualitat de la quotidianitat. Caldria establir més ponts cap al passat i reflexionar-hi una mica.

Parlar de Munch és albirar un horitzó llunyà. Parlar de Munch és abocar-se a la música de la desesperació, però també a la de l’alegria: hi ha una etapa dedicada als dies feliços, a la  joie de vivre. Parlar de Munch és colpejar fins a esquerdar el glaç del llac amb una maça: Munch va ser un dels últims místics de la modernitat. La tristesa: el desglaç interior de les obres de Munch en pintar-les i de nosaltres en contemplar-les. Ara, necessitem pintors com ell; viatjar a la modernitat per tornar a sadollar-nos la set del caos, de l’horror i del desencís. Els quadres turbulents ens ajuden a viure, ens enfronten amb els temes vitals i ens produeixen una veritable catarsi. Noruega queda molt lluny, potser, per a segons qui, però no per al qui vol sentir i commoure’s per emocions semblants, sense que importin les races ni les religions.

He escrit anteriorment sobre Picasso, Miró, Baselitz o Wifredo Lam, però en cap d’ells he trobat aquella força, aquella embranzida, aquella profunda torbació de l’ànima que he copsat en la mirada de Munch sobre els altres i sobre el paisatge; com un escalpel introduït en la pell, ben endins. La cara interior dels homes i de les dones que retratava. Picasso va ser també molt prolífic, encara més que Munch; el mestratge de Miró amb les seves constel·lacions, és evident, més enllà de la Nit estrellada de Munch; Baselitz va posar cap per avall la mirada de l’espectador;  i Wifredo Lam va  mostrar la deshumanització de l’home. Sí, tots comparteixen, com la major part dels artistes, trets en comú, en segons quins moments de la seva vida. Però els quadres de Munch són capaços de transmetre’ns tots o gairebé tots els estats d’ànim; fins a arribar-nos  a flor de pell. Va a l’interior, trenca el vidre, carcassa o capoll; ens hi transporta. Se sap compassiu i entén la solitud de l’home, abocat a la tragèdia de la malaltia i de la mort. Això va ser una fita  aconseguida per Munch i per no gaires més. Que la seva força ens acompanyi durant molt de temps.