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FELICES E INDOLENTES

En aquella época, sí, también yo era más sensible y me emocionaba con mayor vehemencia viendo una película de Walt Disney, pero desconocía, ignorante de mí, los mecanismos por los que se regía y aún se rige la vida, el mundo entero. Es mucha la nostalgia y mucha también mi experiencia de los años como para hacer borrón y cuenta nueva; los recuerdos se agolpan en la presa que sojuzga la corriente impetuosa del río: sé que ese ardor infantil está ahí, y que me conformó como el escritor que soy ahora. Sin duda, los libros que he escrito, los que tecleé en la máquina de escribir eléctrica, forman parte de una historia de soledad, como una reacción connatural a mí, la de protegerme contra las tardes de tedio, abandonando todo oficio que no fuera alimentar los días de verano con palabras, frases, páginas enteras de ilusiones y de impresiones sobre mi entorno y el de las noticias de todos.

Hoy escribo a ordenador, y entonces sentía como una losa el convertirme a la tecnología. ¡Fueron tantas las veces que decliné comprarlo por miedo o por inercia! Miedo a cambiar o perder mi estilo inicial, prematuro y vocinglero. Inercia de no cambiar, a seguir siendo yo sin las nuevas tecnologías. Quería continuar siendo un amanuense tradicional, de cuartilla y de pluma, observador de las cosas bonitas y de las cosas feas, de todo cuanto mi mirada pudiera captar, de cuanto yo podía detenerme a observar, a zanjar en el recodo o río sin remanso de la imaginación.

De lo que me arrepiento, lo que más pena me da, es de no haber podido llevar a buen término la publicación y difusión de una revista propia, más allá de las que se escribían en la escuela, entre mis compañeros de clase. Estos son asuntos sencillos o graves, según se mire, que ni pueden evitarse: no cuajó aquella prensa, aquel alarde intelectual mío, para uso y disfrute propio y ajeno, y ya está. Ahora ya no vale dramatizar, o lamentarse más de lo sensato. Soñaba con revistas de moda compradas por mi madre, o periódicos con letra de molde inspiradora. Me hubiera gustado ser el director, y dirigir a los demás, ser el dueño y responsable mayor de esta empresa de altos vuelos.

No sé si fue el mismo ritmo del colegio, las labores arduas de colegial, la falta de tiempo suficiente para acometer esa empresa si uno quería pasar los exámenes con nota. Tal vez la bisoñez, la inexperiencia. Solo es un deseo retrospectivo, solo es la reminiscencia de los meses duros de invierno, en que la memoria actúa haciendo zancadillas a los recuerdos, matándolos, reduciéndolos a papilla.  ¿Quién sabe? Puedo ser yo el único nostálgico de aquella época; nadie más que yo me duelo ahora de esta aventura fallida, de los escasos números de la revista o los escasos ejemplares de periódico que yo hice por mí mismo, en casa, sin más colaboradores que el que esto escribe, el hombre orquesta que nunca pudo reinar.

Aún no me dolían prendas por la vida; tenía pocos libros leídos y comprados; apenas los había hojeado, estudiando como lo hacía casi a diario las lecciones y con los deberes correspondientes. Entonces aún éramos felices; felices e indolentes. No domados o enfundados por la existencia loca y furibunda. No habíamos puesto todavía las carnes a asar a la barbacoa; el fuego no nos chamuscaba, ni nos dejaba impronta en la piel. Yo he perdido la inocencia, y también las largas horas de no hacer nada más que contemplar las musarañas, y hartarme de observar cómo una araña iba tejiendo en una esquina del techo su red despaciosamente, sin prisas. No, eso no volverá. Podría sentarme horas y horas y no saber de qué escribir, dar rienda suelta a la melancolía. Pero no me hace ninguna falta: la nostalgia la llevo conmigo, allá donde vaya. Es parte indisociable de mí. Solo rezo a un dios inexistente para que lave mis pecados, uno de los cuales sería el que no se almibare mi prosa.

Los recuerdos voluntarios, pero mejor los involuntarios, me ayudan a trenzar y destrenzar la trama del texto, el propio y el de los otros. Solo me queda apelar a la paciencia del lector. No le escamotearé ningún recuerdo a mi espíritu. Más bien bailará al son de una balada que cubra el cielo de clamores semidivinos. No más banderas quemadas, sino la profusión pianística del viento moviendo a un lado y a otro la tela de las insignias; y por fin, el entrechocar de las copas en el aire ventisquero de un otoño o una primavera cálida. Los detalles no han de minusvalorarse. En la literatura, todo acaba comido por la morriña sentimental, puesto que los creadores no pueden ignorar el peso del pasado, todo lo que quedó atrás, ni el de la dama de negro, la muerte. Transformadas en historias presentes o futuras, no pueden evitar dejarse teñir por el fraseo de un pasado tierno o desgarrado. Pasado, al fin y al cabo, que marcó nuestra personalidad, con aquellas personas que se cruzaron en nuestros caminos y arañaron un jeroglífico como tatuaje inscrito en la espalda. No, no somos nada más que tejidos de ese remoto clamor que se oye en lontananza. Sean revistas o periódicos lo que no pude acometer o rematar la tarea del periodista precoz, lo cierto es que el horizonte queda cada vez más cerca del final, pero no por esto debe olvidarse quiénes fuimos o somos ahora, con o sin proyectos frustrados, habitando sin saber el territorio de la infancia y primera adolescencia.

LOGOMAQUIA Y FAMA BARATA

No hace falta ser muy inteligente para cerciorarse del estado cadavérico de la sociedad, vayamos donde vayamos. Es un muro, levantado piedra a piedra, en una espiración, más rápidamente de lo que creemos. Hasta aquí no he dicho nada nuevo: únicamente constato el empeoramiento de la cuestión.

sensacionalismo ¿Quiénes son esos monigotes, esos fantoches malvados que nos controlan o que dejamos que nos controlen? Pues la gente que pretende ganarse fama barata. Los charlatanes al uso, directamente. Nuestro pan de cada día son las fotografías y los titulares sensacionalistas, como si nadie se lo planteara, como si ya se hubiera superado el horror al vacío informativo. No sabemos muy bien en qué tiempo vivimos y, si alguno de nosotros lo sabe, aprovecha todo el cinismo y caradura de que es capaz para “venderse” o “alquilarse”. La posmodernidad ya está obsoleta, ya queda lejos, y vamos a la deriva, sin saber muy bien hacia dónde. Ese es nuestro pecado mayor.

Lo cual me lleva a una lectura reciente: el lingüista y filósofo francés Tzvetan Todorov, en su breve pero magnífico ensayo La literatura en peligro, se lamenta de los nuevos planes de estudio en las aulas universitarias y de bachillerato, en que las humanidades se han convertido en continentes y no en contenidos. Me explico: Todorov vuelve con cierta nostalgia a los años sesenta, cuando las aulas se llenaban de alumnos entregados y de profesores que iban al meollo, al fondo, en lugar de esta logomaquia: hablar de metáforas, de comparaciones y analogías y dejar de lado el mensaje, la tesis, o aquello que el autor de la obra deseaba y consiguió o bien se quedó a las puertas de conseguirlo. En definitiva, el debate, en torno, la discusión de valores, categorías, aciertos y desaciertos humanos. No: ahora la “entelequia”, la cortina de humo que nos sirven en bandeja, es contemplar y analizar el exterior, la “carcasa”, y así olvidar esos significados profundos que desvelan todas las grandes obras.

No sucede como mucho antes, con la   Modernidad, o aun antes, con el Romanticismo, cuando la soledad del artista era un espacio de reflexión y convivían entre sí lenguajes diversos, diversos mundos, todos a favor de la curiosidad, conscientes de su terrible ignorancia frente a la vastedad del Universo. Aquel era el arte al servicio de los hombres, no como el actual escaparate de aire viciado, vanidad y sinsubstancia.

La vida es un viaje, no solo físico o erótico, sino también intelectual, y eso parece que nadie lo recuerde, o lo recuerde mal, o ni siquiera se lo plantee. Ante la ausencia de unas élites, tendemos a frecuentar, sin saber que frecuentamos, el vulgar antro de los mediocres. El desánimo general aprovechado por esos que desean mostrar el escándalo. Es evidente el desprestigio de las humanidades y de la universidad, del estudio en general. Vivimos una crisis económica, pero también, y eso es mucho más flagrante, crisis moral; no soy el primero ni el último que lo descubra.

Necesitamos, ahora más que nunca, la rebeldía de los intelectuales. Todavía podrían opinar si se les diera espacio en los medios. No quiero pecar de ingenuo; sé de las enormes dificultades que debe afrontar cada uno de ellos, la marginación en la televisión, en los medios. Durante muchos años, sus espacios literarios o de divulgación se han programado a horas bien intempestivas. A los gobiernos ya les va bien: individuos que no piensen. Es verdad: no podemos repetir el pasado tal y como lo vivieron nuestros ancestros, pero podemos y debemos ser capaces de construir nuestro futuro; a falta de “gurús”, por nosotros mismos, a partir de nuestras opiniones y conclusiones. No deberíamos renunciar a nosotros mismos.

Para terminar, desearía abundar en la lógica y el sentido común. Sabemos que la educación se basa en el gusto, en el gesto, en la gesta intelectual de cada uno, que no se consigue sino con esfuerzo y perseverancia. Hay vida más allá de las nociones elementales con que desean recortar las clases en las aulas, de las cuatro reglas básicas con que nos insisten para borrar todo lo demás. El antólogo debería ampliar el margen de visión en pro del estudiante, del curioso y del sabio. Hay vida más allá de El grito de Edvard Munch; muchos otros cuadros. Vida más allá de El lago de Innisfree de Yeats; muchos otros poemas. Hemos de ampliar el horizonte, la luz con que percibimos la realidad, la capacidad de análisis, relación y discusión. A ver si escarmentamos de una vez.