Archivo de la etiqueta: nostalgia

LOGOMAQUIA Y FAMA BARATA

No hace falta ser muy inteligente para cerciorarse del estado cadavérico de la sociedad, vayamos donde vayamos. Es un muro, levantado piedra a piedra, en una espiración, más rápidamente de lo que creemos. Hasta aquí no he dicho nada nuevo: únicamente constato el empeoramiento de la cuestión.

sensacionalismo ¿Quiénes son esos monigotes, esos fantoches malvados que nos controlan o que dejamos que nos controlen? Pues la gente que pretende ganarse fama barata. Los charlatanes al uso, directamente. Nuestro pan de cada día son las fotografías y los titulares sensacionalistas, como si nadie se lo planteara, como si ya se hubiera superado el horror al vacío informativo. No sabemos muy bien en qué tiempo vivimos y, si alguno de nosotros lo sabe, aprovecha todo el cinismo y caradura de que es capaz para “venderse” o “alquilarse”. La posmodernidad ya está obsoleta, ya queda lejos, y vamos a la deriva, sin saber muy bien hacia dónde. Ese es nuestro pecado mayor.

Lo cual me lleva a una lectura reciente: el lingüista y filósofo francés Tzvetan Todorov, en su breve pero magnífico ensayo La literatura en peligro, se lamenta de los nuevos planes de estudio en las aulas universitarias y de bachillerato, en que las humanidades se han convertido en continentes y no en contenidos. Me explico: Todorov vuelve con cierta nostalgia a los años sesenta, cuando las aulas se llenaban de alumnos entregados y de profesores que iban al meollo, al fondo, en lugar de esta logomaquia: hablar de metáforas, de comparaciones y analogías y dejar de lado el mensaje, la tesis, o aquello que el autor de la obra deseaba y consiguió o bien se quedó a las puertas de conseguirlo. En definitiva, el debate, en torno, la discusión de valores, categorías, aciertos y desaciertos humanos. No: ahora la “entelequia”, la cortina de humo que nos sirven en bandeja, es contemplar y analizar el exterior, la “carcasa”, y así olvidar esos significados profundos que desvelan todas las grandes obras.

No sucede como mucho antes, con la   Modernidad, o aun antes, con el Romanticismo, cuando la soledad del artista era un espacio de reflexión y convivían entre sí lenguajes diversos, diversos mundos, todos a favor de la curiosidad, conscientes de su terrible ignorancia frente a la vastedad del Universo. Aquel era el arte al servicio de los hombres, no como el actual escaparate de aire viciado, vanidad y sinsubstancia.

La vida es un viaje, no solo físico o erótico, sino también intelectual, y eso parece que nadie lo recuerde, o lo recuerde mal, o ni siquiera se lo plantee. Ante la ausencia de unas élites, tendemos a frecuentar, sin saber que frecuentamos, el vulgar antro de los mediocres. El desánimo general aprovechado por esos que desean mostrar el escándalo. Es evidente el desprestigio de las humanidades y de la universidad, del estudio en general. Vivimos una crisis económica, pero también, y eso es mucho más flagrante, crisis moral; no soy el primero ni el último que lo descubra.

Necesitamos, ahora más que nunca, la rebeldía de los intelectuales. Todavía podrían opinar si se les diera espacio en los medios. No quiero pecar de ingenuo; sé de las enormes dificultades que debe afrontar cada uno de ellos, la marginación en la televisión, en los medios. Durante muchos años, sus espacios literarios o de divulgación se han programado a horas bien intempestivas. A los gobiernos ya les va bien: individuos que no piensen. Es verdad: no podemos repetir el pasado tal y como lo vivieron nuestros ancestros, pero podemos y debemos ser capaces de construir nuestro futuro; a falta de “gurús”, por nosotros mismos, a partir de nuestras opiniones y conclusiones. No deberíamos renunciar a nosotros mismos.

Para terminar, desearía abundar en la lógica y el sentido común. Sabemos que la educación se basa en el gusto, en el gesto, en la gesta intelectual de cada uno, que no se consigue sino con esfuerzo y perseverancia. Hay vida más allá de las nociones elementales con que desean recortar las clases en las aulas, de las cuatro reglas básicas con que nos insisten para borrar todo lo demás. El antólogo debería ampliar el margen de visión en pro del estudiante, del curioso y del sabio. Hay vida más allá de El grito de Edvard Munch; muchos otros cuadros. Vida más allá de El lago de Innisfree de Yeats; muchos otros poemas. Hemos de ampliar el horizonte, la luz con que percibimos la realidad, la capacidad de análisis, relación y discusión. A ver si escarmentamos de una vez.